La obsolescencia programada no es nueva: así nació y así se puede combatir

Aunque perjudica claramente a los consumidores, no existe ninguna ley que la prohíba.

lavadora
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Al igual que ocurre con los alimentos, los aparatos electrónicos y la tecnología que compramos tiene fecha de caducidad. Esto se llama obsolescencia programada, y consiste en que los fabricantes le ponen una fecha límite a los dispositivos para que, pasado ese tiempo, dejen de funcionar y tengamos que comprar uno nuevo.

El concepto es puramente comercial, y está pensado para que la rueda del consumo nunca deje de girar. Si la tecnología está programada para morir, la demanda será constante y dará beneficios continuos. Sin embargo, la obsolescencia programada genera cantidades ingentes de residuos electrónicos que son muy difíciles de reciclar, por lo que el impacto medioambiental es tremendo.

Hay varios tipos

Lo más habitual es que los componentes de nuestros aparatos que fallan son los más complicados de reparar, por lo que en la mayoría de las ocasiones sale más barato comprar uno nuevo que intentar arreglarlo.

Hay tres tipos de obsolescencia programada: la de función, que es cuando compramos un modelo más avanzado del mismo producto que ya tenemos. La de calidad, que es cuando nuestro producto empieza a dar fallos por el funcionamiento y lo sustituimos por otro. Finalmente está la obsolescencia de deseo, que se produce cuando compramos el mismo producto que ya tenemos, pero al que le han introducido algún cambio estético, aunque la funcionalidad sea exactamente la misma.

Desde los años 20

Aunque este es un concepto del que se lleva relativamente pocos años hablando, no es algo nuevo. La obsolescencia programada la idearon, allá por los años 20 del pasado siglo, gigantes de la electrónica como Philips o General Electric. Estos fabricantes se pusieron de acuerdo para reducir intencionadamente la vida útil de sus bombillas para aumentar las ventas. Así, una bombilla que duraba de media 2500 horas, pasó a durar solamente 1000, una cifra que aún se mantiene.

Unos años más tarde, la mayoría de fabricantes de productos relacionados con la electrónica incluyeron la obsolescencia en el proceso de producción, y la práctica se ha ido manteniendo y evolucionando al mismo tiempo que lo ha estado haciendo la tecnología.

Hoy en día casi todos los aparatos y dispositivos electrónicos están programados para morir, pero la tendencia también se ha extendido a otro tipo de productos, como los cartuchos de impresora que pasado un tiempo son inservibles, o las sillas de oficina, que también se rompen cuando acumulan un determinado tiempo de uso.

La ley lo permite

Aunque la obsolescencia programada perjudica totalmente a los consumidores, y al medio ambiente, no existe ninguna ley que la prohíba. La cultura del consumo, y del “usar y tirar” es imposible de prolongar a lo largo del tiempo sin costes ambientales, ya que la generación de residuos contaminantes es inmensa.

Combatir la obsolescencia programada es prácticamente imposible, aunque hay pequeños gestos que pueden ayudar a plantarle cara. Los diseñadores de tecnología, además de utilizar materiales ecológicos y eliminar los más contaminantes, también deberían redefinir el significado del uso de los productos, intentando crear conciencia fuera de la espiral del “usar y tirar”.

Otra alternativa, la más asequible, es la de intentar reparar el producto que se rompe antes de tirarlo y comprar uno nuevo. Estos pequeños gestos pueden hacer que ahorremos dinero y que la vida de los aparatos se alargue hasta mucho más allá de lo programado. Además, el medio ambiente nos lo agradecerá.

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