Aung San Suu Kyi: de heroína a villana

Sin embargo, no ha cambiado demasiado

Till Lauer / The Economist

El comité que en 1991 concedió el Premio Nobel de la Paz a Aung San Suu Kyi la describió como “un importante símbolo en la lucha contra la opresión” y una fuente de inspiración para aquellos que “se esfuerzan por alcanzar la democracia, los derechos humanos y la conciliación étnica por medios pacíficos”. Pero, para la masa de manifestantes que se reunió esta semana en La Haya frente al Tribunal Internacional de Justicia de la ONU (TIJ), es justo lo contrario: una defensora de la brutalidad militar, opresora de minorías étnicas y cooperadora necesaria en un genocidio. “¡Vergüenza, Aung San Suu Kyi!”, coreaban. Cuando la caravana de vehículos con cristales tintados en la que iba la líder birmana pasó a toda velocidad, los abucheos y silbidos subieron en un marcado crescendo.

Aung San Suu Kyi, que desde 2016 es presidenta de Myanmar a todos los efectos menos en el nombre –su cargo oficial es el de consejera de Estado–, se encontraba en el TIJ para defender a su país contra las acusaciones de genocidio por una denuncia presentada por Gambia en representación de la Organización para la Cooperación Islámica, un organismo que agrupa a 57 países de confesión musulmana. Los cargos se refieren a los rohinyás, una minoría islámica que, desde la independencia de Myanmar, en 1948, se ha visto sometida a distintos niveles de persecución. En 2017, el ejército birmano arrasó las áreas en las que vivían los rohinyás, en el extremo oeste del país, como respuesta a una serie de ataques contra puestos militares perpetrados por un pequeño grupo de guerrilleros de esta etnia. El tribunal escuchó horripilantes descripciones de ejecuciones en masa, degollamientos, bebés arrojados dentro de viviendas en llamas y mujeres violadas en grupo o acuchilladas en la vagina. Suu Kyi asistió a todos estos relatos compuesta y serena, con el cabello adornado por flores recién cortadas: la misma imagen que ofreció durante décadas de tenaz oposición al gobierno militar.

Anunció su viaje a bombo y platillo, consciente de que pocos birmanos sienten simpatías por los rohinyás, a los que equivocadamente ven como emigrantes ilegales de Bangladés

El hecho de que esta mujer haya recorrido medio mundo para defender al mismo Ejército birmano que la tuvo encerrada durante quince años ha causado asombro. Pero, en cierto sentido, su batalla contra los generales continúa. Pese a estar al frente de un gobierno civil, Suu Kyi no manda sobre los militares. La constitución que estos impusieron antes de permitir elecciones democráticas en 2015 les coloca por encima de la ley y les asigna una cuarta parte de los escaños del Parlamento, suficiente para vetar cualquier reforma constitucional. Muchos partidarios de Suu Kyi han tratado de exonerarla de responsabilidad en el pogromo contra los rohinyás con el argumento de que no tenía poder para impedirlo y de que, si se hubiera dedicado a protestar inútilmente, solo habría conseguido colocarse en una situación de debilidad.

El viaje de Suu Kyi a La Haya desmiente esas razones. Una cosa es mantener un pragmático –si bien censurable- silencio y otra muy distinta realizar una defensa tan llamativa del Ejército. Después de todo, Suu Kyi podía haber enviado a algún oscuro funcionario para que representase a su país. En su lugar, anunció su viaje a bombo y platillo, consciente de que pocos birmanos sienten simpatías por los rohinyás, a los que equivocadamente ven como emigrantes ilegales de Bangladés que amenazan la condición budista de Myanmar. Por todo el país ha habido concentraciones en las que Suu Kyi ha sido aclamada como acérrima defensora del orgullo nacional. Se hace difícil no llegar a la conclusión de que la líder está aprovechando la desgracia de los rohinyás para mejorar las perspectivas de su partido en las elecciones que tendrán lugar en 2020.

No fue ni una defensa a ultranza del Ejército ni una admisión de culpa de ningún tipo. Esta ambigüedad probablemente refleje a la auténtica Suu Kyi.

Cuando le llegó el momento de exponer sus argumentos, Suu Kyi se mostró extrañamente comedida. Fue una decepción para todos aquellos que pensaban que se revelaría, de una vez por todas, como una villana sin remordimientos negando que los rohinyás hubieran sufrido maltrato alguno, tal como habían hecho varios miembros de su Gobierno. Pero tampoco admitió la dimensión de las atrocidades o el destacado protagonismo que tuvo en ellas el Ejército. En su lugar, arguyó que la quema de aldeas y la huida de casi un millón de rohinyás al vecino Bangladés debían considerarse desafortunados efectos colaterales de la guerra que en la actualidad libra el Ejército contra varios grupos terroristas. En los casos en los que había evidencias claras de delitos cometidos por soldados, aseguró, las autoridades estaban intentando que rindiesen cuentas por ellos, pero también dejó entrever que el Gobierno no tenía ninguna influencia sobre la justicia militar. Y el mismo hecho de que se estuvieran llevando a cabo consejos de guerra, argumentó también, probaba que el Gobierno no tenía intención de cometer un genocidio.

No fue ni una defensa a ultranza del Ejército ni una admisión de culpa de ningún tipo. Esta ambigüedad probablemente refleje a la auténtica Suu Kyi. Es una política claramente nacionalista, a la que no le gusta ver cómo se vitupera a su país. Obviamente, preferiría que las instituciones funcionasen mejor, pero no está dispuesta a permitir interferencias exteriores para compensar esas deficiencias. No es una apologista declarada del Ejército, pero tampoco se fía de quienes atacan a los altos mandos. En otras palabras, la misma obstinada confianza en sí misma que le sirvió para liberar a Myanmar de la dictadura militar ahora se interpone en el camino de la justicia para los habitantes más vulnerables del país.

 

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

Continúa leyendo