El futuro de la Iglesia católica y el momento crucial para el papa en la Amazonia

Se extienden las disputas ideológicas mientras los obispos católicos debaten sobre amenazas medioambientales y curas casados

El papa con indígenas en el Vaticano // Gtres

Tanto para sus admiradores como para sus críticos, este mes la autoridad personal y el legado moral del papa Francisco penderán de un hilo. El pasado 6 de octubre, el pontífice inauguró la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la región Panamazónica, a la que, además de los prelados, han sido invitados hombres y mujeres de distintas órdenes religiosas, pueblos indígenas y expertos seglares. El objetivo es pensar con audacia sobre lo que sucede en un remoto rincón de la Tierra de gran significación ecológica: las amenazadas selvas tropicales que cubren amplias zonas de Brasil y otros ocho países. Para una vocinglera facción del tradicionalismo, sin embargo, este espíritu audaz raya en la herejía.

Este sínodo de tres semanas es para el papa el resultado lógico de su apasionada creencia en la necesidad de darles protagonismo a pueblos y lugares que hasta ahora han sido considerados marginales. También refleja su convicción, expresada una y otra vez durante su gira africana del mes pasado, de que el cuidado del medio ambiente es inseparable de la lucha contra la desigualdad global. Tal como dijo en Madagascar, “no puede haber un planteamiento verdaderamente ecológico (...) si no se consigue la justicia social (...). No solo para las generaciones presentes, sino también para las venideras”.

La oposición interna a Francisco I

Un grupo de católicos conservadores, bajo el liderazgo de facto del cardenal americano Raymond Burke (en la foto de la izquierda, de Getty), ha pedido a los fieles que recen intensamente durante el sínodo amazónico; pero no para que tenga éxito, sino para evitar terribles errores pastorales y teológicos que, según dicen, advierten en el horizonte. El cardenal se ha referido al Instrumentum Laboris, un documento de trabajo preparado antes del sínodo, y lo ha calificado de “ataque directo contra el señorío de Cristo” debido a su apertura a formas de sabiduría y prácticas religiosas no cristianas. “Esto es apostasía”, declaró a la revista americana First Things.

Tanto Burke como uno de sus compañeros tradicionalistas, el cardenal alemán de 90 años Walter Brandmüller, se muestran especialmente preocupados por una propuesta que mentes más liberales que las suyas encuentran interesante y a la que dan la bienvenida: la idea de que hombres casados que han fundado familias y gozan del respeto de la comunidad pudieran ser ordenados sacerdotes. Aunque la iniciativa está específicamente ligada a la Amazonia, los conservadores la ven como un precedente que podría acabar con la milenaria tradición de que los curas se mantengan célibes. La crítica que el prelado alemán hace de Instrumentum Laboris es especialmente hiriente. Afirma detectar una “idolatría panteísta de la naturaleza” similar en tono a un himno escrito en 1913 para un movimiento obrero socialista que luego fue adoptado por las Juventudes Hitlerianas.

A medida que las diferencias entre el papa y sus extremados críticos suben de tono, el sínodo se ha ido convirtiendo en una suerte de hora de la verdad. El mismo diseño del encuentro, en el que prácticamente se ignoran las fronteras nacionales, resulta perturbador porque sitúa en primer plano a figuras progresistas, como el obispo Erwin Kräutler –misionero de origen austríaco que desarrolló su labor en la selva brasileña durante más de treinta años–, a expensas de figuras de la Iglesia más conocidas que ejercen el poder en las grandes ciudades. El gobierno derechista de Brasil ha dejado clara su oposición al sínodo porque teme un desafío a su soberanía. Es la misma reacción que mostró este año cuando, a raíz de una serie de incendios, se produjeron distintos llamamientos que pedían una acción internacional para salvar la selva amazónica.

Aunque la propuesta sobre curas casados es la más polémica de todas, los términos en que ha sido presentada son enormemente cautos. El documento sugiere que podría estudiarse “la posibilidad de la ordenación sacerdotal para personas ancianas, preferentemente indígenas, respetadas y aceptadas por su comunidad, aunque tengan ya una familia constituida y estable, con la finalidad de asegurar los sacramentos que acompañen y sostengan la vida cristiana”.

Además de condenar esa idea, los críticos se han centrado en partes del documento que, a su entender, originan problemas aún mayores. Alegan que la forma en la que se idealiza la creación raya en el paganismo y que el llamamiento a que los católicos aprendan de las tradiciones indígenas, su sabiduría y sus prácticas curativas supone abandonar las verdades cristianas; también, añaden, degrada a la especie humana al presentarla como un mero eslabón más en una cadena ecológica.

Muchos de los estadounidenses que han encontrado a su líder en el cardenal Burke se muestran en desacuerdo con la perspectiva económica radical en la que se fundamenta el sínodo, una visión que culpa a las codiciosas industrias extractivas y agrarias provenientes del hemisferio norte de la tala y la quema de unos árboles vitales para la existencia del planeta.

El gobierno derechista de Brasil ha dejado clara su oposición al sínodo porque teme un desafío a su soberanía

Sin miedo a un cisma

El Papa Francisco / Getty

A sus 82 años, el papa ha demostrado en las últimas semanas que conserva intacta su capacidad de defenderse con contundencia. En la gira africana del mes pasado, recibió el apoyo de los pueblos de Mozambique y Madagascar, una cálida acogida que le sirvió para contrarrestar el rechazo que sus ideas liberales suscitan entre algunos prelados africanos. En el viaje de vuelta, un periodista francés le regaló un libro en el que se documentan los intereses económicos y políticos que se han alineado contra él en Estados Unidos. El pontífice lo aceptó con una sonrisa y declaró: “Para mí es un honor que me ataquen los americanos”. También añadió que, si bien un cisma en la Iglesia sería extremadamente indeseable, esa perspectiva no le asusta.

El simple hecho de que el papa haya pronunciado la palabra cisma se interpreta como una señal de que las disputas dentro de la propia Iglesia se han adentrado en un territorio nuevo. En el escenario más extremo, los prelados conservadores podrían declarar formalmente que Francisco ha perdido toda autoridad moral y empezar a nombrar obispos de su cuerda ideológica sin la aprobación papal, tal como hizo el ultraconservador arzobispo francés Marcel Lefebvre en los años ochenta. Ese grupo disidente sería entonces excomulgado. Por ahora, sin embargo, ese horizonte parece aún inverosímil. Según el análisis del propio papa Francisco, "hoy, tenemos muchas escuelas de rigidez en la Iglesia que no son cismas, pero son caminos cristianos de tipo cismático que, al final, acabarán mal".

En otra dura réplica a sus detractores americanos, y en clara alusión a los escándalos de abusos que han afectado a religiosos de todas las tendencias, el papa afirmó que algunos usan una ideología “rígida” para enmascarar sus fracasos personales. En su posición de hombre que ya se ha despreocupado de lo que digan los conservadores, Francisco recibió recientemente en audiencia al jesuita norteamericano James Martin, que defiende una postura católica más amigable con los homosexuales.

El papa afirmó que algunos usan una ideología “rígida” para enmascarar sus fracasos personales

La importancia de los jesuitas

En la víspera del sínodo, el pontífice elevará al rango de cardenales a trece prelados que, a grandes rasgos, comparten su visión de la Iglesia: una institución que evita la confrontación con otras culturas y religiones y cuestiona lo que históricamente se ha percibido como arrogancia del mundo cristiano. Entre los nuevos purpurados se encuentra un compañero jesuita, Michael Czerny, que jugó un importante papel en la preparación del encuentro de la Amazonia. Tanto por la elección de los participantes como por su espíritu, el sínodo ha recibido una gran influencia de la Compañía de Jesús, la brillante orden cuyos miembros se sitúan en los límites tradicionales, bien físicos, bien teológicos, de la cristiandad (o incluso más allá). A menudo estos postulados acercan a los jesuitas a la izquierda política, y la elección de Francisco como el primer papa jesuita lo convirtió desde el inicio en sospechoso a ojos de los conservadores.

Si hay un hombre que ha trabajado incansablemente para allanar el camino para el sínodo, este es Mauricio López, seglar educado en los jesuitas y secretario ejecutivo de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM), una organización fundada hace cinco años con el objetivo de responder a los desafíos a los que se enfrenta la Amazonia teniendo en cuenta la opinión de los pueblos que allí viven. Tal como López lo presenta, el trabajo preparatorio para el encuentro no ha sido teológicamente descuidado, como alegan sus críticos, ni se ha basado en el sentimentalismo. Se han tenido en cuenta las opiniones de unas 80.000 personas consultadas a lo largo de un proceso de dos años, un ejercicio que se sitúa de lleno dentro del espíritu del Concilio Vaticano II –la Iglesia reformista de los años sesenta– y la encíclica Laudato Si, de orientación ecologista, publicada por el papa Francisco en 2015. Basándose en ese documento, el sínodo desarrollará la idea de una “ecología integral”, que busca relaciones entre el deterioro del medio ambiente y las dificultades económicas y sociales.

Aunque el papa Francisco es quien ha catalizado el proceso, el sínodo no es sino la culminación de un movimiento de raíz popular que lleva existiendo décadas, explica López, quien añade que combatiendo el consumo innecesario y el exceso de residuos se sacan a la luz y se empiezan a corregir errores cometidos por la Iglesia católica durante siglos.

Al final, el sínodo tiene una función puramente consultiva y no posee capacidad de decisión. Quien decida cómo responder será el papa. Pero el documento que de allí salga será estudiado hasta el último detalle tanto por aquellos que olfatean la herejía como por quienes esperan con ansiedad innovaciones audaces. Hay, sobre el tapete, algunos asuntos inevitablemente complejos: cómo, por ejemplo, combinar la noción de que la naturaleza lleva la huella de su origen divino con la insistencia cristiana en la distinción entre creador y creado; cómo conciliar la idea de que el advenimiento de Jesucristo cambió por completo la relación entre Dios, el hombre y el mundo con la de que el Espíritu Santo, el poder inspirador de Dios, está presente en todas las culturas. Pero el mayor quebradero de cabeza probablemente sea el siguiente: si la llegada de Jesucristo reconcilió a la humanidad con su creador, ¿cómo interpretamos el hecho de que las culturas cristianas se hayan comportado históricamente de forma tan poco juiciosa –como asegura el documento– y de que ahora deban reaprender la sabiduría de pueblos que no han estado sometidos a la influencia de la cristiandad? Encontrar soluciones dentro de los límites de los principios católicos fundamentales, interpretándolos a la vez de forma creativa, puede ser crucial para el éxito o el fracaso del sínodo.

La elección de Francisco como el primer papa jesuita lo convirtió desde el inicio en sospechoso a ojos de los conservadores

Por el momento, el grupo que se opone abiertamente a Francisco, en el que se incluyen los cardenales Burke y Brandmüller, solo constituye una ruidosa minoría y no se encuentra en posición de erigirse en fuente alternativa de autoridad moral y espiritual. Pero su cuestionamiento de la compatibilidad entre el pensamiento ambientalista radical y los fundamentos del catolicismo ha tocado un punto sensible. Los católicos moderados –tanto los fieles laicos como los miembros del clero– pueden abandonar este camino si no se encuentran formas de asegurar esa compatibilidad.

A corto plazo, la mayoría de los titulares se centrarán en el tema de los curas casados. La Iglesia católica acepta a los curas casados en algunos sitios como concesión a una práctica preexistente (aquí se incluyen los conversos anglicanos y los miembros de iglesias católicas orientales), pero elegir a hombres casados para el sacerdocio sería una ruptura con el pasado mucho mayor. Francisco ha dejado claro que el ideal del celibato sacerdotal seguirá existiendo; el problema es que, si pueden hacerse excepciones en una región, eso sentará un precedente. Una declaración decidida a favor del matrimonio de los sacerdotes daría alas al grupo de obispos y seglares católicos alemanes que se han embarcado en un proceso de reflexión de dos años cuyo espíritu, en opinión de muchos católicos, desafía la doctrina y los procedimientos tradicionales tanto como el encuentro de la Amazonia. Los clérigos liberales alemanes aseguran que analizarán detenidamente los resultados del sínodo mientras continúan con su propio debate, en el que también se abordarán cuestiones como la sexualidad y el papel de las mujeres. Los católicos de base han empezado a expresar sus opiniones. Adónde puede llevar este camino, solo el tiempo lo dirá.

 

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

El grupo que se opone abiertamente a Francisco solo constituye una ruidosa minoría y no se encuentra en posición de erigirse en fuente alternativa de autoridad moral y espiritual

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