Populismo

La corrupción de la democracia

El cinismo actual degrada las democracias occidentales

Se piensa normalmente que las democracias mueren a punta de pistola, en golpes de Estado y revoluciones. En la actualidad, sin embargo, es mucho más probable que perezcan estranguladas en nombre del pueblo.

Pensemos en Hungría, donde Fidesz, el partido en el poder, ha usado su mayoría parlamentaria para controlar a los reguladores, comprar a los medios y manipular la legislación electoral. El primer ministro, Viktor Orbán, no tiene que transgredir la ley porque puede hacer que el Parlamento la cambie. No necesita que la policía secreta secuestre a sus enemigos en mitad de la noche; puede ponerles en su sitio sin violencia recurriendo a una prensa complaciente o a los inspectores de Hacienda. En sus aspectos formales, Hungría es una floreciente democracia; en espíritu, es un Estado de partido único.

Las mismas fuerzas que operan actualmente en Hungría están menoscabando también otros sistemas políticos del siglo XXI. Esto no solo ocurre en democracias jóvenes como Polonia, donde el partido Ley y Justicia se ha propuesto imitar a Fidesz, sino en otras muy asentadas, como Gran Bretaña y Estados Unidos. No es que estas sociedades, de larga tradición democrática, vayan a convertirse en Estados de partido único, pero ya dan muestras de deterioro. Y una vez que la podredumbre se instala, es increíblemente difícil detenerla.

En el centro de la degradación de la democracia húngara se encuentra el cinismo. Después de que el jefe de un gobierno socialista considerado corrupto por la población admitiera que había mentido al electorado en 2006, los votantes aprendieron a esperar lo peor de sus políticos. Orbán ha explotado esta tendencia con entusiasmo. En vez de apelar a lo mejor de sus compatriotas, siembra división, aviva el resentimiento y se aprovecha de sus prejuicios, en especial en lo relativo a la inmigración. Esta farsa política está diseñada para distraer de sus verdaderos objetivos, la artera manipulación de oscuras leyes e instituciones para asegurarse el poder.

A lo largo de la pasada década, aunque en menor medida, hemos visto la misma historia desarrollarse en otros sitios. La crisis financiera convenció a los votantes de que estaban gobernados por élites distantes e incompetentes, que se guiaban solo por sus propios intereses. Wall Street y la City de Londres eran rescatadas mientras los ciudadanos corrientes perdían sus trabajos, sus casas y a sus hijos e hijas en los campos de batalla de Irak y Afganistán. En el Reino Unido, los gastos de los diputados causaron escándalo. A Estados Unidos se le han atragantado los lobbies que canalizan el flujo de dinero que va de las corporaciones a la política.

En una encuesta realizada el año pasado, más de la mitad de los votantes de ocho países de Europa y América del Norte declararon al Pew Research Centre que estaban insatisfechos con el funcionamiento de la democracia. Casi el 70 por ciento de los americanos y franceses piensan que sus políticos son corruptos.

Los populistas han aprovechado este océano de resentimiento. Hablan con desprecio de las élites, incluso si ellos mismos son ricos y poderosos; prosperan gracias a la rabia y la división, y las fomentan. En Estados Unidos, el presidente Donald Trump instó a cuatro parlamentarias progresistas a “volver (..) a los países rotos e infestados de crimen de los que vinieron”. En Israel, Benjamín Netanyahu, experto en el uso de información privilegiada, asegura que las investigaciones oficiales sobre su supuesta corrupción forman parte de una conspiración del establishment contra su mandato de primer ministro. En el Reino Unido, Boris Johnson, que carece de apoyo suficiente entre los diputados para un Brexit sin acuerdo, ha indignado a sus adversarios con la manipulación del procedimiento para suspender el Parlamento durante cinco semanas cruciales.

Pero ¿qué mal hace, podría preguntarse uno, un poco de cinismo? La política siempre ha sido un asunto turbio y los ciudadanos de las democracias más dinámicas profesan desde hace mucho tiempo una saludable falta de respeto por sus gobernantes.

Sin embargo, demasiado cinismo mina la legitimidad. Donald Trump respalda el desprecio de sus votantes por Washington tratando a sus adversarios como tontos o, si se atreven a actuar de acuerdo a su honor o sus principios, como mentirosos hipócritas, una actitud cada vez más imitada por la izquierda. En el Reino Unido, los partidarios y enemigos del Brexit se denigran mutuamente con acusaciones de inmoralidad y llevan sus actitudes políticas hasta los extremos con el argumento de que pactar con el enemigo equivale a una traición. Matteo Salvini, líder de la Liga Norte italiana, responde a las quejas contra la inmigración reduciendo las plazas de los albergues, cuando sabe que el espectáculo de los inmigrantes viviendo en la calle agravará el malestar. Viktor Orbán tiene menos de la mitad de los votos, pero todo el poder, y actúa en consecuencia. Por el método de asegurarse de que quienes se le oponen no tengan ninguna participación efectiva en la democracia, les anima a expresar su ira por medios no democráticos.

Con su cinismo, algunos políticos primero menosprecian las instituciones y luego las destrozan. En Estados Unidos, el sistema permite que el poder esté en manos de una minoría de votantes. En el Senado esto sucede porque ha sido diseñado así, pero en la Cámara de Representantes se consigue por la habitual alteración de las circunscripciones electorales –práctica conocida como gerrymandering– y la deliberada búsqueda de la abstención de determinados sectores de votantes. Cuanto más politizados están los tribunales, más contestación hay al nombramiento de jueces. En el Reino Unido, las tretas parlamentarias de Boris Johnson están ocasionándole a la Constitución un daño permanente. Johnson se está preparando ahora mismo para presentar las siguientes elecciones como una lucha entre el Parlamento y el pueblo.

La política funcionaba antes como un péndulo. Cuando la derecha cometía errores, venía el turno de la izquierda, hasta que el poder volvía a girar hacia la derecha otra vez. Ahora se parece más al tobogán en espiral de una feria. El cinismo echa abajo la democracia. Los partidos se rompen y enfilan hacia los extremos. Los populistas convencen a los votantes de que el sistema no les beneficia, y así lo degradan aún más. Lo que está mal pasa a estar peor.

Afortunadamente, no es tan fácil acabar con una democracia. Ni Londres ni Washington se van a convertir en Budapest. El poder está más repartido y las instituciones tienen más historia a sus espaldas, lo que hará que sean más difíciles de controlar que las instituciones nuevas de un país de diez millones de habitantes. Además, las democracias pueden renovarse. La política americana estaba desintegrándose en la época de los Weathermen y el Watergate, pero en los ochenta volvió a gozar de buena salud.

Escarbando en la tinaja de Diógenes

La respuesta al cinismo empieza con los políticos que son capaces de transformar la indignación en esperanza. En la pugna por la alcaldía de Estambul, el hombre fuerte de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, sufrió una derrota histórica a manos de Ekrem Imamoglu, que hizo una campaña caracterizada por un incansable optimismo. Los antipopulistas de todas las tendencias deberían unirse en apoyo de políticos comprometidos con el respeto a la ley, como Zuzana Caputova, la nueva presidenta de Eslovaquia. En Rumanía, Moldavia y la República Checa, los votantes se han alzado contra líderes que han tomado el camino de Orbán.

La valentía de los jóvenes que protestan en las calles de Moscú y Hong Kong es una poderosa muestra de algo que en Occidente muchos parecen haber olvidado: la democracia es un bien precioso, y aquellos con la fortuna de haberlo heredado deben esforzarse en protegerlo.

 

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

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