La tercera generación de musulmanes de Occidente construye su propio islam

Mientras unos se radicalizan, otros abren paso a una versión más liberal de ejercer la religión

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“Hay, en relación a ti, dos tipos de personas”, se cuenta que dijo el imán Alí, yerno de Mahoma y uno de sus primeros califas o sucesores. “O bien esa persona es tu hermano en el islam, o bien es tu hermano en la humanidad”. La comunidad chiita de Mahfil Ali, al norte de Londres, trata de convertir las palabras en hechos. A menudo los servicios religiosos comienzan con plegarias dichas por mujeres. Los sermones son en inglés. A lo largo de la última década, todas las Nochebuenas, la comunidad ha asistido a la misa del gallo en la iglesia local. Y, como proyecto aún más ambicioso –supone una inversión de 20 millones de libras-, está convirtiendo los dos modestos edificios de su mezquita en un centro para la paz (Salaam) dotado de instalaciones deportivas, restaurante, teatro y biblioteca pública. También se habla de destinar un espacio para acoger las oraciones de cristianos y judíos. “Queremos apoyar a la comunidad que nos ha apoyado”, dice uno de los líderes locales.

Las mezquitas de Occidente han cambiado mucho desde que los primeros trabajadores inmigrantes desenrollaban sus esterillas de plástico en pequeñas habitaciones traseras. Una nueva generación de mezquitas del tamaño de catedrales ha sacado al islam de los distritos musulmanes y lo ha situado a la vista de todos. En lugar de las tradicionales estructuras con patio interior, los edificios cuentan ahora con amplias escaleras que dan a la calle. Las instalaciones deportivas atraen a musulmanes jóvenes que acaso hayan perdido interés en la fe, así como a no musulmanes. El centro islámico del área metropolitana de Cincinnati se extiende a lo largo de siete hectáreas y, como tantos otros de los que pueden verse en Estados Unidos, más que una mezquita parece un club de campo. En su liga de baloncesto compiten equipos tanto cristianos como judíos.

Para detener el avance del laicismo, los imanes salafistas mantienen contactos con representantes conservadores de otras religiones

En Occidente, las organizaciones islámicas extranjeras, los gobiernos de los países de acogida y los yihadistas han intentado repetidamente hablar en nombre del islam y moldearlo según sus intereses, pero, cuanto más se asienta la fe islámica en el mundo occidental, menos relación quieren tener sus seguidores con ninguno de estos agentes. De las tres generaciones que han crecido en Occidente desde la llegada de los musulmanes en el siglo XX, la tercera es la que se opone de forma más terminante a las interferencias de los gobiernos, sean estos islámicos u occidentales, así como a la propaganda yihadista. Y, a medida que pasa el tiempo, los lazos se van debilitando. A diferencia de lo que sucede en los países musulmanes, ahora mismo en gran parte de Occidente es posible convertirse en imán sin contar con autorización oficial de ningún tipo. En lugar de una fe a la que se ha dado forma desde el exterior, los musulmanes del siglo XXI están creando algo que no tiene precedentes: un islam hecho a medida.

El resultado es una religión mucho más compleja, lo que puede resultar frustrante, pero también más diversa, dinámica y fluida. De la fragmentación actual surge una miríada de interpretaciones, permutaciones y sectas que en sí mismas pueden ser pequeñas, pero que juntas forman una masa crítica que está llevando a la fe a explorar nuevos caminos. El islam occidental cubre todo el espectro de tradiciones musulmanas, desde las más conservadoras hasta aquellas que ya lo consideran más una cultura que una confesión religiosa.

Las cuatro escuelas del islam occidental

Visto desde fuera, el salafismo es una corriente profundamente tradicional y bastante antipática. Sus seguidores observan la indumentaria islámica y mandan a sus hijos a escuelas segregadas, a las que solo asisten musulmanes. Vestidos con túnicas blancas, los niños tiritan de frío. Los profesores se concentran en el Corán. Pero los salafistas insisten en que la mayor parte de su credo está en sintonía con la visión occidental de la fe. “Tiene el mismo atractivo que la reforma protestante para los cristianos”, dice Yasir Qadhi, el predicador musulmán más famoso de Estados Unidos, alumno de maestros salafistas. “Permite un contacto individual directo con el texto sin tener que pasar por un clérigo o un cura. Supone un empoderamiento intelectual”.

Aunque Alemania, igual que otros países, ha cortado el diálogo con esta rama de la confesión islámica, una nueva generación de salafistas está experimentando con una mayor apertura. Con la intención de buscar aliados para detener el avance del laicismo, los imanes salafistas mantienen contactos interconfesionales con representantes igualmente conservadores de otras religiones. Además, la continua llegada de conversos les ha obligado a encontrar fórmulas para abordar el problema de los parientes no musulmanes. Los modelos de comportamiento se buscan retrocediendo 1 400 años y mirando hacia los primeros musulmanes de La Meca. También estos eran conversos que mantenían lazos con sus familias paganas. Y, cuando fueron perseguidos, iniciaron la primera hégira, o emigración, y encontraron refugio en la cristiana Abisinia. En su casa de Memphis, Tennessee, Qadhi prepara un nuevo seminario sobre el islam que tendrá lugar a finales de este año y en el que solo participarán profesores occidentales. La materia que se imparta, dice, será “postsalafista” y se concentrará en lo esencial. “Mientras los salafistas de la vieja escuela discuten sobre las minucias de la ley islámica, sus hijos incluso se plantean si Dios existe o no”, añade.

La mitad de los estudiantes musulmanes americanos, hombres y mujeres, han tenido relaciones prematrimoniales

La segunda corriente, el islam político, lleva mucho tiempo abogando por mantener relaciones con la sociedad no musulmana, sobre todo para defender los intereses de la umma, o comunidad islámica. La principal organización de esta escuela, los Hermanos Musulmanes, nació en Oriente Medio como movimiento armado anticolonialista. Una vez enviados al exilio, sin embargo, sus líderes fundaron una serie de ramas que profesan lealtad a Occidente y, para escándalo de los gobiernos islámicos de los que huyeron, elogian sus sistemas democráticos. Los Hermanos Musulmanes pueden mostrar un gran nivel de pragmatismo. En una clase del Institut Européen des Sciences Humaines de París, la mayor universidad islámica de Europa y un bastión de la ortodoxia de la Hermandad, una profesora destaca la flexibilidad de la sharía –ley islámica– y su principio fundamental, la maslaha, o interés común.

Otra de las instituciones de los Hermanos Musulmanes, el Consejo Europeo para la Fetua y la Investigación, con sede en Dublín, está revisando ciertos preceptos ortodoxos. Sus juristas han dado el visto bueno a las hipotecas, a pesar de la prohibición islámica de aplicar tipos de interés. También han establecido que las mujeres que se conviertan al islam pueden conservar a sus maridos no musulmanes. Y algunos hacen cada vez más la vista gorda con formas de vida que hasta ahora se consideraban desviadas. “No soy Dios. Es asunto suyo. No me meto”, dice Taha Sabri, imán de una mezquita de Berlín.

Si los Hermanos Musulmanes le dan al islam un matiz occidental, los liberales –la tercera corriente– llevan un estilo de vida occidental con un toque islámico. Desde hace más de una generación, Bassam Tibi, un devoto académico de origen sirio que enseña en la Universidad de Gotinga, lucha por el “euroislam”, que, según su definición, hunde sus raíces en los principios del Renacimiento, la Ilustración y la Revolución Francesa. La fe, dice, debe adaptarse al nuevo entorno, tal como ocurrió cuando se extendió por el mundo. “Los africanos crearon un islam africano; y los indonesios, un islam indonesio”, apunta. “El islam es flexible y puede ser europeo”.

El “euroislam” hunde sus raíces en los principios del Renacimiento, la Ilustración y la Revolución Francesa

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Más allá de las torres de marfil de la comunidad académica, en Occidente han surgido varias congregaciones con mezquitas dirigidas por mujeres. Algunas son solo femeninas, otras mixtas. Las plegarias semanales tienen lugar a menudo los domingos, ya que los viernes los fieles no pueden abandonar el trabajo. En 2008, Rabeya Mueller, exmonja católica convertida al islam, formó la Liga Liberal Islámica, que sigue de cerca el modelo del judaísmo liberal, y ha empezado a dirigir las oraciones. Junto a Lamya Kaddor, alemana de origen sirio, está sustituyendo el bagaje patriarcal islámico por la igualdad de género y el compromiso con los derechos de los homosexuales. Gran parte de su trabajo, explica, consiste en casar a musulmanes con no musulmanes, sin distinción de sexos. En Twitter, @queermuslims anuncia encuentros para rezar a los que asisten musulmanes homosexuales. En Francia, se ha abierto un centro de formación para imanes gais.

En el extremo del espectro, hay una cuarta corriente que quiere prescindir de la religión por completo. En noviembre, seis académicos alemanes, uno de ellos no musulmán, crearon la Iniciativa Islam Secular, que, según Hamed Abdel-Samad, hijo de un imán egipcio autor de una biografía crítica del profeta Mahoma, tiene como objetivo promover una “relación folclórica con el islam”. La organización solo está empezando, pero puede representar la posición de un sorprendente número de musulmanes nacidos en Occidente. Según una encuesta del gobierno alemán, solo el 20% de los musulmanes del país pertenecen a alguna organización religiosa. Los demás viven, en gran medida, como laicos.

El número de musulmanes no practicantes probablemente sea incluso mayor en Francia que en Alemania, especialmente entre descendientes de los bereberes del norte de África, muchos de los cuales consideran al islam un mero disfraz para la arabización. La mitad de los hombres de origen argelino que viven en Francia se casan al margen de la religión, y el 60% de los descendientes de argelinos declara no tener filiación religiosa. En Estados Unidos, el Pew Research Centre calcula que el 23% de los musulmanes ya no se identifican con la fe. “Nos enfrentamos al mismo problema de asimilación que los judíos”, dice un imán de Dearborn, Michigan.

Pensar lo impensable

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Las mezquitas que buscan un rejuvenecimiento de su grey tienen que adaptarse también a los cambios en las costumbres sexuales. Según un estudio de 2014, la mitad de los estudiantes musulmanes americanos, tanto hombres como mujeres, admiten haber tenido relaciones prematrimoniales. “Cuando empecé a enseñar, en 2013, ninguna chica habría reconocido tener novio”, dice Lamya Kaddor, que hasta hace poco daba clase de estudios islámicos para musulmanes en un centro educativo de secundaria de Renania. “Ahora algunos dicen abiertamente que son bisexuales”. Las aplicaciones para ligar entre musulmanes abundan. “Encuentra una chica guapa árabe o musulmana en muzmatch”, promete una de ellas, que asegura tener millones de usuarios y ofrece un servicio opcional de carabina para los encuentros.

De forma también cada vez más frecuente, las mujeres exigen que se tenga en cuenta su opinión, entre otras cosas porque, en general, ahora tienen un nivel educativo más alto que los hombres. El número de mujeres en las juntas directivas de las mezquitas es todavía pequeño, pero está creciendo, incluso en las comunidades ortodoxas. En el pabellón de oraciones, las mujeres, tradicionalmente confinadas a las galerías superiores, están situándose en la parte trasera de la planta baja y, a veces, en los laterales. En muchas mezquitas afroamericanas de Estados Unidos, hombres y mujeres comparten la misma sala. El prejuicio contra la homosexualidad es todavía fuerte, pero se encuentra en retroceso. El 76% de los musulmanes británicos mayores de 65 años quieren que se prohíba esta práctica, pero la proporción baja al 40% si se pregunta a los que tienen entre 18 y 24 años.

Las conversiones son habituales entre los fieles de las cuatro corrientes. Abdel-Samad perteneció brevemente a los Hermanos Musulmanes antes de hacerse laico. Muchos predicadores salafistas eran originalmente cristianos y recorrieron el camino hasta el islam. De estos cruces no siempre surge un mejor entendimiento. Los imanes que se apartan de la ortodoxia se arriesgan a ser expulsados de sus mezquitas. A Abdel Adhim Kamouss, predicador salafista de Berlín, lo echaron de dos mezquitas distintas por asegurar que el profeta no condenó ni la homosexualidad ni estrecharle la mano a una mujer. Kamouss es solo uno de los varios entrevistados para este informe contra los que se han emitido fetuas en la que se les condena a muerte por apostasía. En los suburbios de algunas ciudades británicas, los tenderos musulmanes se ven obligados a cerrar antes de que comiencen las oraciones de los viernes. Y en enclaves conservadores como Dewsbury, en el norte de Inglaterra, las mujeres todavía pueden ser víctimas de crímenes de honor.

En todo Occidente, los musulmanes votan en una proporción mayor a la del resto de la población

Los optimistas dicen que esa violencia es una muestra de desesperación. En Francia, el último crimen de honor conocido se cometió hace dos décadas y, en todo Occidente, los musulmanes votan en una proporción mayor a la del resto de la población y se relacionan cada vez más con no musulmanes. Para muchos de los más jóvenes, las cuestiones relativas a las sectas, las etnias y el cumplimiento de las obligaciones religiosas van perdiendo progresivamente importancia. Al final, puestos a elegir entre distintas opciones, los musulmanes de Occidente ven cada vez más al islam como un asunto de elección personal y no como un credo impuesto por el gobierno, sea este nacional o extranjero. “La generación más joven ha ganado la partida”, dice Olivier Roy, autor francés que escribe sobre el islam en Occidente.

A veces los gobiernos árabes critican a sus colegas occidentales por no hacer lo suficiente para combatir el extremismo, cosa que con frecuencia entienden como la represión de disidentes exiliados. En realidad, los gobiernos occidentales sí controlan los discursos de odio y el apoyo al terrorismo. Pero considerar el islam solo a través del prisma de la seguridad distorsiona las relaciones entre musulmanes y no musulmanes.

La inclusión de musulmanes en la toma de decisiones locales puede servir para acabar con los prejuicios, pero a menudo se encuentra con una fuerte oposición. Jennifer Eggert, musulmana experta en terrorismo, recorre las mezquitas de Londres argumentando a favor de que los musulmanes participen de forma más activa en la prevención de actos terroristas. El departamento de policía de Nueva York superó la desconfianza de la comunidad con la creación de una Sociedad de Oficiales Musulmanes, la primera de Estados Unidos. Tal como explica su fundador, Adeel Rana, esto ha contribuido a que el reclutamiento de agentes entre musulmanes haya pasado de menos de una docena en 2001 a más de 1.000 en la actualidad. La elección, en noviembre de 2018, de las dos primeras representantes musulmanas al Congreso puede ayudar también a normalizar la participación de la comunidad islámica en todos los niveles sociales.

La congresista demócrata Ilhan Omar durante una sesión del Congreso de Estados Unidos / Getty

Una mayor integración del islam en la historia nacional de cada país también podría jugar un papel relevante. En algunas mezquitas británicas, los imanes se colocan amapolas unos a otros para conmemorar el centenario de la Primera Guerra Mundial y homenajear a los cientos de miles de musulmanes que murieron en el campo de batalla. Pero este sacrificio rara vez se recuerda a nivel nacional, lo que contribuye a ese sentimiento de no pertenencia a la sociedad que experimenta la comunidad islámica. Tal como dice Khalid Chaouki, exparlamentario italiano y responsable de la mezquita más grande de Roma, “estamos creando una generación no de combatientes extranjeros, sino de ciudadanos extranjeros”.

Los programas culturales son otra forma de traspasar las fronteras entre comunidades. Cuando el Museo Benaki de Atenas empezó a ofrecer a colegios la oportunidad de visitar su colección de arte islámico, un diputado lo acusó de estar difundiendo la cultura del terror. Una década más tarde, el museo ha ampliado ese programa para incluir sesiones interactivas sobre la vida de la Atenas otomana. “Estamos cubriendo una gran parte de nuestra historia que la mayoría de las escuelas se saltan”, explica Maria-Christina Yannoulatou, responsable del departamento de educación del museo refiriéndose a los 450 años de dominio musulmán que Grecia no incluye en su currículo. “Queremos poner en cuestión los tabúes y reflejar las vidas normales que quedan oscurecidas por la visión heroica de la historia”.

En Reino Unido, algunos imanes llevan amapolas para conmemorar los musulmanes caídos en la Primera Guerra Mundial

Los líderes religiosos también intentan tender puentes. Muchos curas se esfuerzan por contrarrestar los discursos de la ultraderecha y acusan a los políticos contrarios a la inmigración de traicionar la ética cristiana. Muchas iglesias sirven de refugio para los que han tenido que huir de sus países de origen. Algunas sinagogas e iglesias norteamericanas ofrecen a comunidades musulmanas que carecen de espacio para el rezo un lugar donde celebrar las oraciones de los viernes. Del mismo modo, tras el atentado ultraderechista de Pittsburgh del pasado mes de octubre contra una sinagoga, los musulmanes acudieron en masa a las vigilias, enviaron tuits de condolencias e intervinieron en actos contra el antisemitismo. En las elecciones alemanas de 2017, los fieles que acuden regularmente a la iglesia votaron tres veces menos por el partido ultraderechista Alternativa para Alemania que los laicos.

Instalado en Occidente por tercera vez en la historia, ahora con un papel distinto, el islam parece destinado a quedarse. El viaje hasta aquí no ha sido fácil. Pero esta tercera generación de musulmanes parece decidida a convertirse en parte integrante de una sociedad occidental más tolerante y diversa. Siempre que esa sociedad se mantenga fiel a sus valores.

 

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

 * Este artículo salió publicado en Muy Negocios & Economía 1.

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