Las fuerzas espaciales de Trump, un proyecto que tardará en ser una realidad

Estados Unidos reorganiza su sistema de defensa con la creación de una nueva rama militar, la primera desde 1947, cuando se creó la Fuerza Aérea

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A la sombra de las Montañas Rocosas, en la base de la Fuerza Aérea de Peterson, en Colorado Springs, un oficial del Mando Espacial de la Fuerza Aérea sujeta un objeto metálico de tamaño apenas superior al de un cubo de Rubik. “Si perdemos en la órbita este CubeSat -explica–, podría convertirse en el vehículo de ataque de cualquiera”. En el pasado, los controladores de satélites –como los que operan los satélites GPS en la cercana base de Schriever– atribuían cualquier posible problema a las condiciones meteorológicas del espacio o a fallos de transmisión. Ahora piensan inmediatamente en hackers, interferencias maliciosas y colisiones deliberadas. Por eso, el pasado 29 de agosto, tras una orden aprobada hace un año por el Congreso, el presidente Donald Trump anunció un nuevo Mando Espacial que tendrá el control de prácticamente todos los activos espaciales americanos. También prometió que lo siguiente sería una Fuerza Espacial, la primera rama militar de nueva creación desde el establecimiento de la Fuerza Aérea en 1947.

La diferencia entre mando y rama militar es importante. Desde la Ley Goldwater-Nichols de 1986, las Fuerzas Armadas norteamericanas han estado divididas en dos partes. Están, por un lado, las ramas militares individuales –Ejército, Armada, Fuerza Aérea, Cuerpo de Marines y Guardia Costera–, que entrenan y equipan a sus respectivas fuerzas, pero no las envían a la batalla. Por otro, hay once Mandos de Combate Unificados que dividen el mundo en seis regiones geográficas y cinco áreas funcionales –dentro de estas, hay un mando dedicado a Internet y otro a operaciones especiales, por ejemplo–, a las que ahora se suma el espacio. La dirección de cada uno de estos mandos tiene autoridad sobre las fuerzas que se encuentran dentro de su ámbito de competencia, con independencia de la rama militar a la que  pertenezcan. De esta forma, el almirante que dirige desde Hawái el Mando del Pacífico da órdenes a los soldados de infantería que están en Corea del Sur, los pilotos de la Fuerza Aérea que se encuentran en Japón y los marines destacados en Australia. Este sistema fue especialmente diseñado para evitar conflictos entre ramas militares como los que echaron a perder la operación de rescate de rehenes de la embajada iraní en 1980.

Durante años, el espacio no tuvo una posición muy clara dentro de esta estructura. Entre 1985 y 2002, hubo un Mando Espacial específico, pero tras los atentados del 11 de septiembre el foco de interés se trasladó a la defensa del territorio nacional, lo que llevó a la creación del Mando del Norte, que abarca toda Norteamérica.  El espacio quedó metido dentro del Mando Estratégico, que se ocupa principalmente de armas nucleares. Esto tenía cierta lógica: los satélites americanos más importantes son lo que vigilan los lanzamientos de misiles, detectan explosiones nucleares y transmiten las órdenes del presidente a las fuerzas nucleares.

Las nuevas amenazas espaciales

Casa Blanca

Pero, a medida que crecieron las amenazas espaciales -en 2007, China llevó a cabo unas pruebas de misiles antisatélite que fueron las primeras realizadas por un Estado desde 1985–, esta solución empezó a revelar sus inconvenientes. En 2014, un análisis de la administración Obama sobre política espacial concluyó que para Estados Unidos era “crucial” contar con la capacidad de identificar amenazas procedentes del espacio y hacer frente a las armas antisatélite de otros países. La administración Trump ha intensificado las advertencias públicas sobre estas vulnerabilidades.

En febrero, el general John Hyten, comandante del Mando Estratégico, declaró que su tercera prioridad, tras la modernización y el manejo y control de armas nucleares, era el espacio. “Es realmente importante contar con alguien que venga a trabajar cada día y piense solo en eso: operaciones espaciales, amenazas espaciales y defensa de nuestros activos espaciales”, dice Matthew Donovan, secretario interino de la Fuerza Aérea. Esa tarea recae ahora sobre el general John “Jay” Raymond (en la foto con Trump). De suma importancia es que, en tiempo de guerra, Raymond tendrá el control de la flota de satélites espía de la Oficina Nacional de Reconocimiento, a los que muy pocas personas tienen acceso, si estos reciben ataques.

Pero no todo el mundo está convencido de que esta reorganización sea tan urgente. En un artículo publicado en julio en la web War on the Rocks, Brian Weeden, exofi cial de operaciones del espacio de la Fuerza Aérea, integrado ahora en el think–tank Secure World Foundation, advertía de que el general Raymond podía acabar chocando con los comandantes de las áreas geográficas. Si, por ejemplo, China interfiere en las señales americanas de GPS en el curso de una guerra por Taiwán, el Mando Espacial y el Mando del Pacífico pueden estar en desacuerdo sobre la mejor forma de responder. El Pentágono está examinando cómo funcionaría esa coordinación.

A Weeden también le preocupa que un mando específico pueda dar alas a aquellos obsesionados con las “futuras batallas en el espacio” –combates de satélites contra satélites– en lugar de concentrarse en la más urgente tarea de utilizar los aparatos que ya están en órbita para ayudar en las guerras que se libran en la superficie terrestre, por ejemplo mejorando las señales GPS o redirigiendo satélites espía.

La Casa Blanca ha propuesto una rama militar con un presupuesto de 500 millones de dólares anuales

Apoyo mayoritario, pero pocos detalles

Antes de que el Mando Espacial pueda embarcarse en batallas cósmicas, se librará una guerra más convencional sobre los dólares del gobierno federal, ya que Trump no ha revelado en cuál de las seis bases seleccionadas, situadas en tres estados distintos (Alabama, California y Colorado), se establecería el Mando Espacial. Es probable entonces que el debate gire hacia la Fuerza Espacial de Trump, que, como otras ramas militares, entrenaría y equiparía a los “guerreros del espacio” (así es como los llama el propio Pentágono) del mando del general Raymond. La Casa Blanca ha propuesto una rama militar con un presupuesto de 500 millones de dólares anuales que encontraría un discreto acomodo en la Fuerza Aérea, del mismo modo que el Cuerpo de Marines forma parte de la Armada. Weeden dice que la prioridad debería ser esta y no el Mando Espacial, y señala que hay una apremiante necesidad de entrenar a más expertos en el espacio; más de un tercio de los puestos relacionados con el espacio del Mando Estratégico no se cubren.

La Fuerza Espacial cuenta con el apoyo mayoritario del Congreso, aunque el Senado y la Cámara de Representantes regatean los detalles. El Senado quiere retrasar la puesta en marcha de una rama militar con todas sus atribuciones durante al menos un año para que la burocracia no crezca en exceso. La Cámara, en manos de los demócratas, prefiere un nombre menos belicoso: Cuerpo Espacial. Con independencia de cómo se llame, el objetivo es inculcar un espíritu de cuerpo galáctico. “Cuando alguien se apunta a los marines, no está pensando en entrar en la Armada”, dice Stephen Kitay, asistente adjunto del secretario de Defensa para Política Espacial; “alguien se apunta a los marines porque está en su cultura, en su ADN y en su ethos. Y eso es lo que estamos tratando de crear para el espacio”.

 

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

 

* Este artículo salió publicado en Muy Negocios & Economía 1.

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