Llegados para quedarse

Los 30 millones de musulmanes que viven en Europa están cada vez más integrados

Desde hace tres generaciones, los musulmanes tienen una importante presencia en Occidente, dice Nicolas Pelham. Y, aunque ambas partes se miran con recelo, se están acercando

The Economist

Todos los viernes a la hora de comer, la Iglesia de la Epifanía de Washington, cerca de la Casa Blanca, se convierte en mezquita. Cientos de musulmanes se arrodillan en dirección a La Meca sobre alfombras extendidas por el suelo. En la congregación hay agentes del Departamento de Seguridad Nacional y del FBI, burócratas del Departamento de Estado y un pelotón de abogados del Departamento de Justicia. El imán es un funcionario de Hacienda. En los sermones no se habla de política.

En Estados Unidos, los musulmanes han recorrido un largo camino desde la llegada de sus ancestros como esclavos procedentes del África occidental en el siglo XVI. Entre finales del siglo XIX y la década de los veinte, hubo una oleada de árabes adinerados que iban inicialmente a estudiar, pero se quedaron y acabaron formando parte de la clase media americana. A los musulmanes les resultó más fácil integrarse en un país de inmigrantes que en Europa, que contaba con una población más asentada. Exceptuando algunas ciudades como Dearborn, en el estado de Michigan, la presencia de musulmanes en Estados Unidos –unos 3,5 millones, el 1,1% de la población– es más bien escasa y está muy repartida.

Europa y el Islam, una relación intensa

En Europa, la relación con el islam es mucho más antigua y profunda; también más conflictiva. La fe islámica entró por primera vez en el continente europeo a través de España, en el siglo VIII, con el Califato Omeya, y volvió a introducirse a comienzos del siglo XIV por el sudeste con el Imperio otomano. En ambas ocasiones, llegó de la mano de campañas militares y se quedó más de quinientos años. También en el siglo XX los musulmanes de Europa han sido distintos a los de América. Tras la derrota de los ejércitos otomanos, millones de ellos se asentaron en el continente, y a estos se les sumaron los que fueron traídos como soldados y trabajadores. Las potencias europeas reclutaron a unos 3,5 millones de musulmanes de sus colonias para que combatieran en las dos guerras mundiales. De estos, muchos regresaron luego a sus países de origen, pero fueron sustituidos por otros que participaron en las tareas de reconstrucción.

En las dos décadas posteriores a 1945, los gobiernos de Europa occidental recurrieron a cientos de miles de trabajadores inmigrantes de los sitios más lejanos. El Reino Unido llevó a los pakistaníes del Valle de Cachemira y de las montañas de Sylhet, en Bangladesh, Francia utilizó a los habitantes de sus territorios del norte de África y Alemania importó trabajadores de las colinas turcas de Anatolia. Se suponía que todos ellos iban a marcharse cuando hubieran acabado el trabajo, pero, en su lugar, mandaron buscar a sus familias. Alemania tardó bastante tiempo en concederles la ciudadanía, tanto a ellos como a sus hijos, nacidos ya en suelo alemán. Más recientemente, el flujo de demandantes de asilo procedentes de los muchos conflictos que asolan el mundo musulmán ha cambiado la demografía. Solo entre 2014 y 2016, llegaron a Europa un millón de inmigrantes, la mayoría de países árabes, de los cuales la mitad fueron acogidos por Alemania.

En muchas ciudades europeas, el nombre Muhammad se ha convertido, en sus múltiples versiones, en el más común para los recién nacidos.

Pidieron trabajadores, y los trabajadores acudieron

Sin contar a Rusia y Turquía, en Europa hay en la actualidad 26 millones de musulmanes, lo que constituye el 5% de la población, y son en general mucho más jóvenes que los habitantes locales. En muchas ciudades europeas, el nombre Muhammad se ha convertido, en sus múltiples versiones,  en el más común para los recién nacidos.

Las cifras exactas son difíciles de determinar. Además, los musulmanes no constituyen un grupo homogéneo; son distintos en sus prácticas religiosas, en su cultura y en su origen étnico. Sus experiencias también varían de un país a otro. Mientras que las leyes británicas protegen la diversidad de religiones y ritos, Francia prohíbe la exhibición de símbolos religiosos, entre ellos el velo, en las instituciones públicas, lo que incluye los centros educativos. Y eso a pesar de que los musulmanes franceses son por norma menos religiosos que los británicos y de que, en Francia, a los no musulmanes les resulta menos problemático tenerles como vecinos. Hay también una mayor probabilidad de que miembros de ambos grupos contraigan matrimonio.

En algunos aspectos, a la oleada de musulmanes llegados a Occidente en el siglo XX le ha ido bastante bien. Muchos de ellos salieron de los confines más atrasados del mundo islámico, a menudo procedentes de familias muy numerosas, y se instalaron en ciudades industriales. Sus hijos han cerrado con notable éxito las brechas que les separaban de la población de sus países adoptivos en cuanto a educación, ingresos y estilo de vida.

Los yihadistas son una minoría pero acaparan las noticias

La presencia musulmana en la política occidental es también cada vez mayor. En las elecciones de mitad de mandato de noviembre, los americanos eligieron por primera vez para el congreso a dos mujeres musulmanas, Rashida Tlaib e Ilhan Omar. El alcalde de Londres, la mayor ciudad de Europa, es el musulmán Sadiq Khan. Y Rotterdam, el puerto más grande del continente, tiene un alcalde nacido en Marruecos, Ahmed Aboutaleb. Juegan, igualmente, un importante papel en la industria del entretenimiento, los deportes y la moda.

Los yihadistas forman solo una minúscula parte de la población pero en la mente de muchos occidentales esos atentados terroristas han convertido al islam en una amenaza constante

Sin embargo, las dos últimas décadas también se han visto enturbiadas por la violencia y el miedo. Desde el año 2000, más de 3.670 personas han sido asesinadas en Occidente en atentados yihadistas, 2.996 de ellas el 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. En el mismo período, los atentados antimusulmanes han dejado 119 muertos. Los yihadistas forman solo una minúscula parte de la población musulmana de Occidente, pero en la mente de muchos occidentales esos atentados terroristas han convertido al islam en una amenaza constante. Los partidos de extrema derecha han alimentado y acrecentado esos miedos. Incluso cuando no ha habido violencia, la relación entre los musulmanes y los países occidentales en los que vivían ha sido, como mínimo, de recelo.

Un cambio de actitud

Hasta hace bien poco, los musulmanes americanos se consideraban superiores a los europeos. Pertenecían más a la clase media, estaban mejor integrados y disfrutaban de unas relaciones más amistosas con el país que habían elegido. Pero esta armonía se ha visto perturbada por una combinación de factores: las intervenciones norteamericanas en Oriente Medio, la reacción yihadista que estas provocaron y, a la vez, el surgimiento de una corriente de nacionalismo blanco. Según un estudio de 2017, el 42% de los escolares musulmanes de Estados Unidos declaran haber sufrido acoso debido a sus creencias religiosas. Uno de cada cinco americanos es partidario de que a los musulmanes se les prive del derecho al voto. El presidente Donald Trump alentó esa hostilidad durante la campaña electoral con la promesa de “un cierre total y completo a la entrada de musulmanes a Estados Unidos”. Poco después de ser elegido, trató de imponer un veto migratorio a seis países musulmanes. Y el mes pasado volvió a agitar el miedo a la inmigración musulmana sugiriendo que, en la frontera con México –donde quiere construir el muro–, se habían encontrado alfombras de oración.

Esta serie de artículos analiza cómo la identidad musulmana se ha ido modificando por presiones externas e internas desde las migraciones masivas a Occidente de los años cincuenta. También se investiga el impacto de las políticas de laissez-faire adoptadas inicialmente por los gobiernos occidentales con respecto a la fe de los recién llegados y el cambio a medidas cada vez más intervencionistas según la población musulmana iba creciendo y las relaciones se volvían más tensas. Asimismo, se analiza la forma en que han respondido las comunidades musulmanas a las políticas destinadas a promover la integración o mejorar la seguridad.

Mientras que las leyes británicas protegen la diversidad, Francia prohíbe la exhibición de símbolos religiosos, entre ellos el velo

Tres generaciones, tres identidades

También se examinan los cambios generacionales dentro de las comunidades musulmanas según se han ido adaptando a la vida en Occidente. La flexibilidad y el pluralismo permitieron que el islam floreciera como religión global durante 1.400 años, pero en los últimos tiempos los musulmanes de Occidente han tenido que crear una teología que les permitiese vivir como minoría y rodeados de no musulmanes, no como gobernantes. Este proceso se encuentra aún en marcha. Al no saber a ciencia cierta cuánto tiempo se quedarían, los inmigrantes musulmanes de la primera generación aceptaron mayoritariamente a Occidente tal como era y mantuvieron un perfil bajo. Se trajeron sus ritos y tradiciones consigo y, para resolver sus necesidades espirituales, volvieron la vista a sus países de origen. Vinieron imanes de Turquía, del norte de África y del sur de Asia. Algunos países musulmanes financiaron la construcción y el funcionamiento de las mezquitas.

Bulgaria, Francia y Suecia son los países europeos con mayor porcentaje de población musulmana

A medida que los lazos con Occidente se iban fortaleciendo, aquellos que les unían a sus países de origen se debilitaron. La religión se convirtió en un signo de identidad más importante que la etnia. La segunda generación de musulmanes de Occidente rechazó la discreta y sumisa fe de sus padres y buscó predicadores que entendieran sus preocupaciones, a menudo por internet. Buscaban una religión que les diera poder, y unos pocos, pertenecientes a los sectores más extremos, abrazaron la violencia. El yihadismo se nutre de forma abrumadora de musulmanes de segunda generación o de conversos.

La tercera generación se encuentra más cómoda con su doble identidad

La tercera generación, formada por musulmanes milenials, se encuentra más a gusto tanto con su identidad occidental como con su pertenencia al islam. Posee las herramientas necesarias para lidiar con cuestiones políticas y con el sistema judicial, así como para relacionarse con el establishment. La religión es cada vez más un asunto de elección personal. Las más de 10.000 mezquitas de Occidente representan todo el espectro de creencias y prácticas islámicas, desde el deobandi hasta el rezo dirigido por mujeres. Muchos han abandonado la fe por completo.

Las experiencias pasadas y recientes han hecho que los musulmanes consideren su futuro en Occidente con una mayor prudencia. Pero si la tendencia mayoritaria se mantiene, se encuentran a punto de entrar en una nueva fase. A tres generaciones de su llegada, están construyendo una teología para sociedades muy distintas y sistemas de gobierno laicos en los que el Islam no tiene el poder. En resumen, están construyendo un islam occidental.

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

 * Este artículo salió publicado en Muy Negocios & Economía 1.

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