Nada como la supervivencia para pensar a nivel mundial

Los Estados insulares han tenido una enorme influencia en las políticas sobre el clima

Las islas pequeñas se encuentran en primera línea de la lucha contra el cambio climático. Sin embargo, muchas corren todavía el riesgo de desparecer

El pasado 1 de septiembre, el huracán Dorian atravesó las islas Ábaco con vientos de 300 kilómetros por hora, convertido en una de las tormentas atlánticas más fuertes que se recuerdan. Provocó subidas del nivel del mar de casi ocho metros, una destrucción devastadora y un número de muertos calificado de “abrumador”. Los estragos de Dorian han puesto en el punto de mira la vulnerabilidad de las islas de pequeño tamaño. Y esto, se lamenta James Cameron, responsable del Overseas Development Institute (ODI), “es una visión del futuro”.

El temor que existe es que el aumento de las temperaturas globales traiga más tormentas extremas y subidas del nivel del mar capaces de amenazar la misma existencia de pequeños Estados insulares y zonas costeras bajas. Estos sitios no son vulnerables solo a la violencia del clima, sino también a la pérdida de medios de vida, ya que los efectos del calentamiento los sufren campesinos y pescadores. Al final, podrían acabar sumergidas islas enteras. Más de la mitad del territorio de las Maldivas se encuentra a menos de un metro por encima del nivel del mar. “Somos los que más sufrimos el impacto y estamos constantemente abriendo camino con el ejemplo, haciendo campaña y convenciendo a otros de que sean más ambiciosos en su forma de afrontar el cambio climático”, dice Thilmeeza Hussain, embajadora de las Maldivas ante la ONU.

A nivel global, los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo (SIDS, en sus siglas en inglés) representan menos del 1% del PIB, el territorio, la población o la emisión de gases de efecto invernadero. En la mayoría de los asuntos, sus voces apenas se oyen en el escenario mundial, pero, a lo largo de las tres últimas décadas, se han convertido en un efectivo lobby en todo lo concerniente al cambio climático.

Una mirada a todas las medidas sobre el clima

Cameron formó parte del pequeño grupo de abogados británicos que les ayudaron a aunar esfuerzos. En 1988, escribió un informe legal para Greenpeace sobre la posibilidad de llevar a Estados Unidos ante el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya por no actuar contra el cambio climático. Su conclusión fue que sería difícil que se admitiera el caso por la negativa americana a aceptar la jurisdicción del tribunal, pero que los argumentos sobre la responsabilidad de los Estados podían y debían figurar en un tratado internacional. Cameron y otros se unieron a los países afectados en la búsqueda de un tratado de ese tipo y, en 1990, esto condujo a la fundación de la Alianza de Pequeños Estados insulares (AOSIS).

Cameron tuvo su tratado en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992: la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Para entonces, la AOSIS había crecido hasta contar con más de tres docenas de miembros y era reconocida como representante de un conjunto de intereses bien definidos. En la actualidad, sus 39 miembros de pleno derecho y cinco observadores se extienden por tres regiones (el Caribe, el Pacífico y un grupo que comprende los mares de África, el océano Índico y el mar de la China meridional); entre ellos se incluyen también algunos países con costas bajas, como Belice y Guyana. Individualmente, cuentan con medios limitados: cuando Fiyi ocupó la presidencia de la Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático, que se celebra anualmente, esta tuvo que organizarse en Bonn. Pero, de forma colectiva, han ejercido una gran influencia.

“La AOSIS puso la crisis climática en el mapa mucho antes de que nadie se la tomara en serio”, asegura Mark Lynas, autor y asesor del gobierno de las Maldivas. Los Estados insulares fueron los primeros en sentir el impacto de las subidas del nivel del mar. A lo que se arriesgan es a perecer ahogados por el efecto de las emisiones de gases de países más ricos, y de esta forma se lo han hecho saber a estos países. “Han tenido un enorme éxito porque han conseguido un cambio de tono y han ganado influencia política”, dice Lynas.

Entre sus logros se encuentra el que los acuerdos sobre el clima se formulen incluyendo específicamente sus preocupaciones; por ejemplo, sobre pérdidas y perjuicios derivados del cambio climático o sobre la necesidad de contar con apoyo financiero para adaptarse a la nueva situación. En el Acuerdo de París de 2015, la inclusión del objetivo de reducir el calentamiento global a 1,5 ºC sobre los niveles preindustriales (yendo así más allá del objetivo de 2 ºC) “fue casi por completo mérito de los SIDS y otros países en desarrollo”, explica Lynas. En términos más generales, los Estados insulares han dado ejemplo de cómo organizarse y presionar para conseguir la colaboración internacional en un área en la que la única forma de obtener resultados es la acción conjunta.

El 27 de septiembre, al final del período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, se dedicará un día entero a los SIDS. En él se analizarán los progresos del llamado Camino de SAMOA (acrónimo que, además de referirse a la isla, en inglés significa SIDS Accelerated Modalities of Action; Modalidades de Acción Acelerada para los SIDS), un programa de desarrollo sostenible acordado en la cumbre de Samoa de 2014.

¿Por qué este enorme impacto? Los SIDS tienen tres cosas a su favor. La primera es la concentración: la necesidad de supervivencia hace pensar con claridad. Thilmeeza Hussain calcula que emplea entre el setenta y el ochenta por ciento de su tiempo en asuntos relacionados con el cambio climático y el desarrollo sostenible.

En segundo lugar, el argumento moral tiene una enorme repercusión. Los isleños han mostrado una gran habilidad para destacar el peligro al que se enfrentan con eslóganes como “Salva Tuvalu, salva el mundo” o “1,5 para seguir vivos”. Poco después de la cumbre del clima de Copenhague de 2009, el gobierno de las Maldivas celebró un consejo de ministros bajo el agua.

Los líderes de las islas no tienen pelos en la lengua, como atestigua lo sucedido en la reciente cumbre del Foro de las Islas del Pacífico, que tuvo lugar en Tuvalu. Australia, uno de los dieciocho miembros del grupo, insistió en que en la declaración final se omitieran las referencias al carbón y se suavizara el lenguaje. Enele Sopoaga, primer ministro de Tuvalu, le espetó a su colega australiano, Scott Morrison: “Usted está preocupado por salvar la economía de Australia. A mí me preocupa salvar al pueblo de Tuvalu”. Sopoaga contó también que, durante una de las reuniones, el primer ministro de Tonga, Akilisi Pohiva, fallecido el pasado 12 de septiembre, “lloró de verdad”.

En tercer lugar, y de importancia crucial: los SIDS tienen la fuerza de los números. Juntos constituyen un tercio de los países en vías de desarrollo y una quinta parte de los miembros de la ONU. Esto les confiere mucho tiempo de uso de la palabra y poder en las votaciones.

Kevin Conrad, que se inició en el activismo después de ver cómo desaparecían playas en su Papúa Nueva Guinea natal y ahora dirige la Coalición de Países con Bosques Tropicales, recuerda la emoción de la cumbre de Montreal, en 2005. Más de veinte países abogaron por hacer mayores esfuerzos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, pero Estados Unidos se resistía. Al final, esa fuerza funcionó: “La forma de ganar es formar grandes coaliciones”, asegura.

Dos años más tarde, toda esa intensidad se repitió en la Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático celebrada en Bali. Una vez más, Estados Unidos se resistía al consenso, en esta ocasión sobre un proyecto de nuevo tratado sobre el clima. En su calidad de representante de Papúa Nueva Guinea, Conrad se dirigió a Estados Unidos: “Buscamos su liderazgo, pero si por alguna razón no están dispuestos a desempeñar ese papel, déjennoslo a los demás; por favor, no interfieran”. Recibió por ello una ovación. Poco después, en un momento que ha quedado registrado en la historia de la diplomacia del clima, Estados Unidos anunció que se sumaba al consenso.

No hay ninguna posibilidad de que se produzca un momento similar en la Cumbre de Acción Climática organizada por el secretario general de la ONU en Nueva York el 23 de septiembre. Donald Trump no está por la labor de dar marcha atrás en su decisión de sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París. Pero los Estados insulares mantienen la esperanza de montar un gran revuelo en Nueva York y han preparado un “paquete SIDS” para presentarlo allí.

Para empezar, quieren destacar la necesidad de hacer caso a las advertencias del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) en relación a las medidas necesarias para que el calentamiento global quede reducido a 1,5 ºC. En un informe publicado en octubre del año pasado, el IPCC puso de relieve la diferencia, en términos de impacto, entre limitar el calentamiento a 1,5 ºC y dejarlo aumentar hasta los 2º C; para que haya alguna posibilidad de conseguirlo, se deberían tomar medidas drásticas a lo largo de la próxima década. Los isleños son partidarios de plantear objetivos ambiciosos y esperan que los grandes emisores de gases acepten públicamente el informe del IPCC.

También se proponen demostrar que actuar de forma decidida es posible. “Los SIDS no tenemos nada que ver con todo este desastre del cambio climático. Somos los que menos hemos contribuido y, sin embargo, queremos dar ejemplo”, dice Lois Young, embajador ante la ONU de Belice, que este año ha sustituido a las Maldivas en la dirección de AOSIS. A lo que aspiran es a hacer una transición hasta el 100% de energías renovables y también a diseñar una ruta hacia la huella de carbono cero (también llamada “neutralidad del carbono”). Las Islas Marshall han marcado el camino con la presentación de un programa para conseguir la neutralidad del carbono en 2050.

Ninguna isla es una isla

Este tipo de planes son caros porque, para adaptarse a los cambios climáticos que las islas ya están experimentando en la actualidad, se requiere inversión en cosas como puertos reforzados y plantas desalinizadoras. Una de las prioridades, por tanto, es conseguir financiación. Los SIDS se quejan de que el dinero asignado hasta ahora es insuficiente y de que a menudo viene muy condicionado por la burocracia. Lo que esperan de la cumbre de Nueva York es que las grandes potencias adquieran compromisos significativos.

Por muy impresionantes que sean estos esfuerzos diplomáticos, sin embargo, los Estados insulares tienen mucha lucha por delante. Mantener la atención mundial no es fácil. Belice se ha esforzado por conseguir que los líderes mundiales asistan el 27 de septiembre al día dedicado a los SIDS. La indignación por el cambio climático se ha extendido y a ella se han sumado multitud de países nuevos. Para los Estados insulares, la ampliación de la preocupación por el clima es bienvenida, pero también significa que la influencia de sus propios líderes se diluye.

La AOSIS se mantiene unida en cuanto al mensaje y la estrategia. Sin embargo, el cambio climático afecta a sus miembros de formas distintas, por lo que es posible que surjan discrepancias. Quienes apuestan por el radicalismo y los que quieren dar prioridad a las reformas encaminadas al desarrollo no siempre están de acuerdo.

Tampoco está claro que los Estados insulares estén ganando la batalla diplomática. Hay victorias aparentes en los foros públicos que pueden transformarse en derrotas en las peleas burocráticas subsiguientes. Como deja claro la disputa entre Australia y Tuvalu, y como sugieren también las discusiones previas a la revisión del Camino de SAMOA, los Estados insulares aún se ven en la necesidad de luchar por el uso de un lenguaje que refleje la verdadera dimensión de las acciones que hay que tomar.

Y, por encima de todo, la amenaza sigue existiendo. Dado que el mundo ha hecho demasiado poco para reducir las emisiones, la perspectiva, a largo plazo, sigue siendo la desaparición. “La adaptación tiene un recorrido limitado cuando tu país se está hundiendo en el agua”, dice Mark Lynas en referencia a los atolones. Si el argumento moral no funciona, argumentan algunos, ha llegado el momento de adoptar una nueva estrategia. Por ejemplo, la utilización de técnicas radicales, como la ingeniería climática.

Si esto no da resultado, para algunos pequeños Estados insulares el futuro puede consistir en negociar con países capaces de ofrecer tierras más altas a las que trasladar a sus habitantes, o en tratar de defender los derechos sobre aguas territoriales cuyos límites fueron trazados a partir de tierras ahora sumergidas. La AOSIS puede volver al punto de partida, a los abogados.

De aquí la urgencia con que se ha vivido el período previo a las sesiones de Nueva York. En juego se encuentra el futuro de las islas, y mucho más. En palabras de Janine Felson, número dos de Louis Young y responsable técnica de AOSIS, “tenemos una ventana de oportunidad muy pequeña para llevar a cabo un cambio muy grande”.

 

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

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