Los gobiernos occidentales quieren tener más influencia en las prácticas musulmanas dentro de sus fronteras

Varios países europeos intentan frenar la influencia de gobiernos extranjeros en sus comunidades

Getty

Horst Seehofer, ministro del Interior alemán y entonces líder de la Unión Social Cristiana de Baviera, se sentía conciliador. En el discurso de apertura de la Conferencia Alemana sobre el Islam que tuvo lugar en Berlín el pasado noviembre, rectificó públicamente su opinión, expresada ocho meses antes, de que el islam no formaba parte de Alemania. Eso podría ocurrir, dijo a la audiencia, si los valores que abrazara fueran alemanes y no extranjeros. Su apuesta por la asimilación quedó clara en el menú de la recepción oficial de la velada, que incluía vinos de Riesling y canapés de jamón. Si a los musulmanes no les gustaban ni el alcohol ni la forma en que en Alemania se enseña públicamente el cuerpo, comentó con desaprobación uno de los organizadores, se podían marchar a otra parte.

La idea de integrar al islam en términos marcados por la propia Alemania es un proyecto de Markus Kerber, secretario de Estado de Interior y promotor de la Conferencia sobre el Islam, una reunión de representantes musulmanes que viene celebrándose de forma intermitente desde 2006. Kerber quiere recuperar el control de las mezquitas del país, actualmente en manos extranjeras, una tarea que compara a la realizada en el siglo XIX por Otto von Bismarck, primer canciller de Alemania, que trató de liberar a la Iglesia católica de las garras del Vaticano. En vez de contar con ayuda extranjera, argumenta Kerber, las mezquitas de Alemania podrían financiarse igual que los lugares de culto cristianos y judíos: a través de un impuesto religioso voluntario que pagasen los fieles registrados de esa confesión. Los imanes extranjeros deberían ser sustituidos por alemanes, que se formarían en los nuevos departamentos de teología islámica instituidos por un puñado de universidades de distintos estados alemanes. En un plazo de diez años, espera Kerber, a los imanes se les exigirá un certificado alemán para poder oficiar.

Los gobiernos occidentales están intentando encontrar fórmulas para hacer frente a una inquietud creciente. La serie de atentados yihadistas –si bien perpetrados por un pequeño grupo de radicales– y la oposición general a una inmigración musulmana masiva han favorecido la llegada al poder de movimientos de extrema derecha en distintos países europeos. Las políticas destinadas inicialmente a tapar agujeros de seguridad se han ampliado, primero para reducir el apoyo al extremismo violento, así como el contacto con estos grupos, y luego para combatir cualquier clase de fundamentalismo. Muchos líderes occidentales que en el pasado apoyaron el multiculturalismo y la diversidad ahora se adhieren a la petición de Seehofer de que los musulmanes adapten su fe a las normas de Occidente.

¿Implicarse o no?

La seguridad sigue siendo un elemento clave. Los servicios de inteligencia controlan a los extremistas fichados. Los parlamentos han aprobado leyes que convierten en delito que sus ciudadanos luchen en conflictos bélicos en el extranjero. Algunos predicadores radicales han sido expulsados o encarcelados. Se han cerrado decenas de mezquitas. Pero también se está recurriendo a otras áreas del gobierno para abordar lo que un funcionario alemán califica como “la mayor influencia exógena sobre Occidente”. En lugar de dejar que países extranjeros atiendan las necesidades de los residentes musulmanes, muchos gobiernos occidentales prefieren diseñar sus propias estrategias. “Estamos hartos de sus predicadores”, dice un miembro de la seguridad belga. “Los sermones nunca hablan de cómo ser europeos, sino de cómo ser turcos. Convierten [a las comunidades musulmanas] en un gueto”. Y está incluso más preocupado por la influencia que ejerce Arabia Saudí.

Culpar al control extranjero sobre el islam resulta fácil; diseñar una alternativa viable no lo es tanto. Después de los atentados yihadistas cometidos en el sistema de transporte público de Londres en 2005, los sucesivos gobiernos británicos endurecieron su política de laissez–faire en relación al islam y adoptaron una línea más intervencionista. En 2007, el primer ministro laborista Tony Blair presentó un programa que pretendía establecer acuerdos de colaboración con islamistas no violentos, como los Hermanos Musulmanes o los grupos salafistas, para controlar a los que sí lo son. Pero los atentados yihadistas se extendieron por Europa y el gobierno conservador posterior amplió considerablemente la definición de extremismo y dejó claro que solo apoyaría a musulmanes liberales.

Alemania quiere sustituir los imanes extranjeros por alemanes y pedirles una licencia en el futuro

Francia lleva mucho tiempo luchando para hacer compatible su deseo de mantener al islam fuera de la esfera pública con una voluntad cada vez mayor de controlarlo. En 2016, el entonces primer ministro Manuel Valls consideró que la religión islámica constituía un problema, pero también dijo que el principio de laïcité (laicismo en los asuntos públicos) y una ley de 1905 que establece que “la república no reconocerá ni financiará ninguna religión” le impedían tomar cartas en el asunto. El presidente actual, Emmanuel Macron, está considerando la posibilidad de flexibilizar esa ley y apoya la creación de una fundación independiente para el gobierno de los asuntos musulmanes. La nueva organización, la Asociación Musulmana para el Islam de Francia (AMIF), se propone conseguir fondos otorgando licencias para el mercado francés de comida halal –actualmente no regulado– y permisos para que los musulmanes franceses acudan a la haj (peregrinación) anual a La Meca. Los beneficios se destinarán a pagar a los imanes y examinarlos con el objetivo de prevenir la radicalización y el antisemitismo. “Esto hará que el islam sea mejor aceptado en Francia”, afirma uno de los organizadores de AMIF.

El giro Austriaco

El país europeo con más experiencia en la supervisión estatal del islam es Austria. Cuando en 1878 el Imperio austrohúngaro expulsó a los otomanos de los Balcanes, una parte importante de la población musulmana se quedó atrás, fundamentalmente en Bosnia. Siguiendo la costumbre, los soldados victoriosos arrasaron las mezquitas, y la Iglesia católica construyó una catedral sobre las ruinas de los barracones otomanos de Sarajevo. Pero, en lugar de expulsar a los musulmanes de Bosnia, el emperador Francisco José I los aceptó formalmente como súbditos. Además, creó un nuevo organismo, la Comunidad Islámica, que se encargaría de gestionar los asuntos musulmanes, y nombró a un muftí para dirigirlo. En 1912, una ley convirtió al islam en religión oficial y lo situó en una posición de igualdad en relación al cristianismo. Esta situación se mantuvo con gobiernos austríacos de distintos colores hasta 2015, cuando un nuevo gabinete de derechas reformó la norma para atajar la influencia turca y prohibir la financiación extranjera de las mezquitas. El pasado mes de junio, fueron expulsados 40 imanes turcos y clausuradas siete mezquitas dirigidas desde el exterior.

Francia se propone conseguir fondos para financiar a través de expedir licencias para la carne halal e ir a La Meca

Los refugiados que llegan ahora al país deben hacer un curso obligatorio sobre valores austríacos, y el currículo religioso que estudian los niños musulmanes en las escuelas también ha sido revisado. La responsable de estas reformas en el Ministerio de Educación es la viva imagen de la ortodoxia musulmana. Ni un solo mechón de pelo se escapa del pañuelo con que se cubre la cabeza, pero es una ardiente defensora de que se tomen medidas efectivas para acabar con el “autoaislamiento musulmán”. Está a favor de que se cierren las guarderías musulmanas, de prohibir el uso del pañuelo en niñas de menos de diez años y de animar a las chicas a que se apunten a clases de natación y participen en excursiones escolares. En lugar de hacerles aprenderse textos religiosos de memoria, el nuevo currículo exige a los alumnos que escriban redacciones contra los matrimonios forzados y la demonización de la homosexualidad. “Si no contextualizamos nuestra religión, perderemos a nuestros niños”, afirma.

Muchos musulmanes responden positivamente a los esfuerzos para incluirles. En el centro que el gobierno austríaco tiene en el corazón de Viena para promover la integración se exponen viejas fotografías de mujeres egipcias en bikini y estudiantes afganas sin velo de la época en que los islamistas aún no dominaban el espacio público. Los alumnos de un curso de un día sobre valores austríacos, en el que se mezclan jóvenes iraníes y afganos, escuchan con atención. El traductor retransmite clases sobre sonatas de Mozart y pinturas de Gustav Klimt, así como sobre la caída de Austria en el nazismo y su recuperación después de la guerra, pero la mayor parte de los participantes habla el idioma con la suficiente fluidez como para no necesitarle. Algunos se ofrecen voluntarios para hacer presentaciones en alemán sobre la democracia, los peligros del antisemitismo y los derechos de los homosexuales. “Ojalá todos los austríacos tuviesen que pasarlo”, dice el monitor, refiriéndose al examen.

“Si optas por un Islam patrocinado por el Estado, no eres mejor que Irán”, afirma Muddassar Ahmen, responsable de un foro internacional de jóvenes musulmanes

De alcohol y burkas

Austria se ha sumado a Francia, Holanda, Dinamarca, Bélgica, Hungría y Bulgaria en la prohibición del burka, igual que muchas otras ciudades y regiones. El país que ha ido más lejos es Dinamarca, que antes tenía una de las proporciones más bajas de atentados yihadistas y ahora padece un miedo generalizado al islam. El año pasado, el gobierno de derechas aprobó una norma que obliga a los niños de distritos considerados pobres y habitados fundamentalmente por inmigrantes –que el gobierno califica de guetos– a asistir 25 horas semanales a guarderías a partir de un año de edad (igual que prácticamente todos los niños daneses). Otra ley reciente obliga a todos los nuevos ciudadanos a estrechar la mano en la ceremonia de concesión de la nacionalidad, por más que algunos musulmanes se oponen a tocar a miembros del sexo opuesto por motivos religiosos. Las subvenciones a escuelas musulmanas –pero no a las judías o cristianas– se han recortado, y algunas han cerrado. En opinión de muchos musulmanes, así como de progresistas occidentales, tales políticas son contraproducentes.  Los musulmanes se sienten estigmatizados y alienados, y adoptan una actitud defensiva. A diferencia de lo que sucede en otros países occidentales, en Dinamarca los jóvenes musulmanes son más religiosos que sus mayores.

Tras un siglo de separación Iglesia–Estado, a muchos les preocupa también la intervención estatal en asuntos religiosos. Algunos musulmanes temen que los esfuerzos del gobierno para crear instituciones representativas estén dominados por las grandes organizaciones que operan en la comunidad. Otros advierten contra el intento de imitar controles gubernamentales del islam que en otros países del mundo musulmán han resultado sofocantes. “Si optas por un islam patrocinado por el Estado, no eres mejor que Irán”, afirma Muddassar Ahmed, responsable de Concordia, un foro internacional de jóvenes líderes musulmanes. Dejar que el islam se desarrolle orgánicamente como una cuestión de fe individual, dice, sería más acorde con las normas de la modernidad occidental.

 

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

 * Este artículo salió publicado en Muy Negocios & Economía 1.

También te puede interesar:

Continúa leyendo