Los impuestos sobre la riqueza se sitúan en el centro del debate político

Algunos economistas están reconsiderando su aversión a los gravámenes sobre las grandes fortunas

Sebastien Thibault

Hace cinco años, el libro de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI, un sesudo análisis de la creciente desigualdad, voló instantáneamente de las librerías y dio lugar a un encendido debate. Partidarios y detractores coincidieron, al menos, en una cosa: la propuesta para reducir la desigualdad –un impuesto sobre la riqueza– era un churro. Media década después, los ánimos han cambiado y varios candidatos a la nominación presidencial demócrata de Estados Unidos prometen gravar a los más ricos. Bernie Sanders acaba de anunciar un plan por el que a las fortunas superiores a 32 millones de dólares se les aplicaría un impuesto del 1% anual; para aquellos que tengan más de 10.000 millones, el tipo de gravamen sería del 8%. En su último mamotreto, Capital e ideología –unas 1.200 páginas, de momento solo disponible en francés–, Piketty sugiere gravar el patrimonio de los multimillonarios con tipos de hasta el 90%. Pocos economistas van tan lejos. Sin embargo, ya son más los que argumentan que los impuestos sobre la riqueza no entorpecen necesariamente el crecimiento.

Este cambiante clima político tiene su explicación: los impuestos sobre la riqueza son populares. Un análisis de datos de encuestas recientes, por ejemplo, concluyó que los americanos apoyan este tipo de gravámenes, especialmente si se aplican a herencias. Y así las razones para gravar las fortunas son ahora más fáciles de defender. Según Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, de la Universidad de California, en Berkeley, el 20% de la riqueza de Estados Unidos estaba en 2012 en manos del 0,1% de los contribuyentes, a gran distancia de lo que sucedía en 1978 –cuando ese sector de la población poseía solo el 7% de la riqueza–, y cerca ya de niveles que no se veían desde 1929 (la curva dibuja una u). Las enormes fortunas de los muy ricos –por ejemplo, los 100.000 millones de dólares del fundador y jefe de Amazon, Jeff Bezos– se convierten en un jugoso objetivo para políticos que buscan financiar más gastos.

Los economistas han sido durante mucho tiempo contrarios a los impuestos a la riqueza. Pero ese no es el caso de Piketty, Saez o Zucman. Piketty basa su argumento en que la concentración de riqueza lleva a una concentración de poder político, y eso socava la democracia. Saez y Zucman están de acuerdo y citan otras preocupaciones. En un reciente artículo, por ejemplo, señalan que la ratio de la riqueza de los hogares sobre la renta nacional prácticamente se ha duplicado en los últimos cuarenta años, sobre todo por el alza en el valor de los activos. Pero el hecho de que los activos valgan más puede significar que las empresas son más eficientes o puede reflejar también una esclerosis económica. El valor de la propiedad puede subir por las regulaciones que dificultan la construcción, por ejemplo, y un mayor precio de las acciones puede ser una señal de que los mercados son menos competitivos, de modo que es más fácil recoger beneficios. Gravar y redistribuir la riqueza puede ser entonces una respuesta justificada a un deficiente funcionamiento de los mercados.

Ya son más los que argumentan que los impuestos sobre la riqueza no entorpecen necesariamente el crecimiento

Poniendo en duda los argumentos en contra

Otros economistas van cogiéndole el gusto a la idea. En un nuevo artículo publicado por el National Bureau of Economic Research, un equipo de cinco economistas aborda directamente el argumento habitual contra los impuestos a la riqueza. La riqueza de hoy son los ingresos de ayer, dice ese razonamiento, por lo tanto los impuestos a la riqueza son malos porque desincentivan las actividades generadoras de ingresos, como el trabajo y la inversión. Los impuestos a las ganancias del capital deben ser especialmente evitados, porque la inversión contribuye al crecimiento futuro. Los impuestos que desincentivan la inversión suponen una menor producción hoy y una economía más pequeña mañana. En algunos modelos económicos, el tipo impositivo óptimo sobre el capital es un colosal 0%.

Pero estos modelos normalmente dan por sentado que todas las inversiones son igualmente positivas. En la práctica, dicen los autores del artículo, esto está lejos de ser verdad. Algunas personas colocan su dinero en bonos del Estado a largo plazo y con bajo rendimiento; otras fundan startups que se convierten en empresas valoradas en un billón de dólares. Trasladar la carga impositiva de las ganancias del capital a la riqueza, argumentan, recompensaría a los inversores capaces de conseguir grandes retornos para sus inversiones y reduciría las fortunas de quienes no son capaces de usar su dinero de forma productiva o no están dispuestos a ello. Los herederos sentirían la presión de tener que poner a trabajar su dinero o perderlo, mientras que para los emprendedores acostumbrados a conseguir beneficios de dos dígitos un pequeño impuesto sobre la riqueza apenas tendría efecto alguno. Bien diseñado, estiman los autores, este impuesto podría reducir la desigualdad y aumentar la productividad al mismo tiempo.

Los autores del enfoque de “usar o perder” sobre el impuesto a la riqueza comparten algunos de los argumentos a favor de las tasas sobre el valor del suelo (que The Economist apoya). El periodista americano Henry George fue el Thomas Piketty del siglo XIX por su defensa de esos gravámenes. Las rentas que perciben los terratenientes ricos provienen en parte de las mejoras que han hecho sobre el suelo, argumentaba, pero también de que este es un bien escaso. Un impuesto sobre el suelo grava, en nombre de toda la sociedad, el valor que se atribuye al suelo en sí mismo, mientras que deja a los propietarios recoger los beneficios de la inversión que han hecho –en edificios, por ejemplo–, que no está gravada. Una vez más, se premia al esfuerzo por utilizar bien el dinero.

A los economistas les gustan los impuestos sobre el valor del suelo porque son eficientes. Pero tienen también un cierto atractivo moral. La sociedad decide los términos en que los individuos pueden acumular riqueza, por lo que es de sentido común estructurar esa regulación de forma que beneficie a la sociedad en su conjunto. Los impuestos sobre la riqueza son presentados a menudo como punitivos, una impresión a la que contribuyen algunos de sus defensores, como Sanders, que opina que “los multimillonarios no deberían existir”. Pero un impuesto sobre la riqueza bien pensado podría dar una mayor legitimidad moral a las grandes fortunas. Supondría que simplemente el hecho de que estas se mantuvieran indicaría que el dinero se está empleando de manera productiva.

Se premia al esfuerzo por utilizar bien el dinero

Bien está lo que bien acaba

Los impuestos sobre la riqueza tienen sus complicaciones. Definir qué tipos de inversiones son más productivas que otras es difícil. En lugar de estimular la asunción de riesgos, pueden favorecer la evasión fiscal; y también la emigración, puesto que los ricos a menudo gozan de gran movilidad. En Europa, donde los ciudadanos pueden trasladarse fácilmente de un país a otro y la evasión de capitales se persigue de forma laxa, los tributos sobre la riqueza han sido difíciles de plantear y llevar a la práctica. Pero algunos políticos sostienen que estos problemas pueden superarse. Elizabeth Warren, otra de las contendientes en la carrera por la nominación demócrata, castigaría a los estadounidenses que renunciasen a su nacionalidad por razones fiscales con un “impuesto de salida”. Este consistiría en un tipo del 40% aplicable a aquella parte de la riqueza neta que superase los 50 millones de dólares. Las entidades financieras mantienen información detallada sobre el patrimonio de sus clientes; las autoridades podrían hacer que compartieran esta información con Hacienda. La paciencia de los gobiernos con los paraísos fiscales ya se está reduciendo y podría acabarse por completo si se generalizaran los impuestos sobre la riqueza.

Uno de los riesgos es, claramente, pasarse de la raya. Si la izquierda americana más decidida llega al poder, las cosas podrían ir fácilmente demasiado lejos. Pero los impuestos sobre la riqueza no son necesariamente una afrenta a las ciencias económicas. Y merece la pena debatir sobre ellos.

 

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

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