Los líos del mercado de repos son un recordatorio de la crisis financiera

Las reformas posteriores a la crisis serán puestas pronto a prueba

Otto Dettmer

A cualquiera que haya vivido la crisis financiera mundial, los problemas en el mercado de operaciones con pacto de recompra, los activos conocidos como repos, le producen sudores fríos. En la semana del 16 de septiembre, el mercado de repos –que, hace doce años, fue el epicentro de la crisis– anduvo escaso de liquidez, lo que obligó a la Reserva Federal a intervenir súbitamente con varias inyecciones de fondos. A la semana siguiente, los temores a una repetición de la crisis global ya se estaban aplacando, si bien los bancos mantenían su actitud de ansiosos receptores de la liquidez de la Fed. El episodio sirvió para recordar que los peligros financieros acechan. En algún momento, alguno de estos peligros someterá a las reformas posteriores a la crisis a un test de estrés en el mundo real. Y no está nada claro cómo saldrán paradas.

La crisis financiera combinó varias tormentas en un único y caótico desastre. Gran parte de la culpa la tuvo la burbuja de los títulos de deuda. En Estados Unidos, la larga temporada de subida de precios de la vivienda llevó a un relajamiento del análisis de riesgos en la concesión de préstamos hipotecarios. Una temeridad aun mayor siguió empujando los precios al alza hasta que llegó un punto en que la obsesión compradora ya no pudo mantenerse. Los deudores empezaron a dejar de pagar y así cargaron a los acreedores con pérdidas que generaron una espiral creciente de insolvencia. La crisis del mercado inmobiliario americano era ya en sí misma muy complicada, pero lo que la convirtió en verdaderamente explosiva fue, como en los viejos tiempos, el pánico financiero.

 

 

En 2008, las dudas sobre la salud de las entidades financieras, así como de las hipotecas que avalaban las operaciones, desataron una huida de esos mercados.

Una interconexión fatídica

Los bancos se financian a corto plazo a través de depósitos y cuentas corrientes, pero también en mercados monetarios, como, por ejemplo, el de los repos. Muchos activos bancarios, en cambio, carecen de liquidez y tienen vencimientos a largo plazo; es lo que sucede con los préstamos que se conceden a empresas y compradores de vivienda. Este desfase convierte en vulnerables a las entidades financieras. Durante la Gran Depresión, muchos bancos quebraron porque el nerviosismo llevó a los depositantes a retirar su dinero todos a la vez. En la actualidad, los fondos de garantía de depósitos –entidades públicas que aseguran el dinero de los ahorradores– suponen una protección contra situaciones de este tipo, pero ese respaldo no se extiende a los mercados monetarios. Por eso, en 2008, las dudas sobre la salud de las entidades financieras, así como de las hipotecas que avalaban las operaciones, desataron una huida de esos mercados. Esto impidió que los bancos –tanto los sanos como los que arrastraban problemas– prorrogaran sus créditos a corto plazo. La falta de liquidez los puso en una situación de riesgo de quiebra inminente.

Estas dos desgracias gemelas –el aumento de la morosidad en el mercado hipotecario y la falta de liquidez en el de repos– resultaron amplificadas por la interconexión del sistema financiero mundial. En los años anteriores a la crisis, los flujos de capital transfronterizos se dispararon. De constituir el 5% del PIB mundial en 1990, pasaron al 20% en 2007, lo que extendió los excesos financieros y superó la capacidad de vigilancia de los reguladores. Al mercado hipotecario estadounidense llegó dinero de todo el mundo; en consecuencia, las pérdidas se hicieron también globales. De hecho, la primera intervención de la Fed en la crisis, en agosto de 2007, fue como respuesta a las perturbaciones del mercado monetario provocadas por las dificultades financieras de un banco francés, el BNP Paribas.

 

Los balances de los bancos parecen más sólidos que en 2007 y no se ha detectado ninguna burbuja clara alimentada por deudas

Medidas poco tranquilizadoras

Escarmentados por una experiencia casi letal, los gobiernos introdujeron test de estrés periódicos y obligaron a los bancos a elaborar “testamentos vitales”: planes en los que detallan cómo harían frente a una crisis y cómo pondrían fin a su actividad en caso de quiebra sin que esto suponga un peligro para todo el sistema. Los bancos centrales añadieron indicadores de riesgo de crédito a los cuadros de mando en los que describen sus políticas y los reguladores aumentaron sus exigencias en cuanto a capital y liquidez: mayores colchones contra las pérdidas y la falta de liquidez, respectivamente. En las economías avanzadas, los balances de los bancos parecen más sólidos que en 2007 y no se ha detectado ninguna burbuja clara alimentada por deudas.

Sin embargo, todo esto es menos tranquilizador de lo que cabría esperar. Tras la crisis, tanto los gobiernos como los mercados han mostrado una sorprendente tolerancia con los préstamos de riesgo. A pesar de que el endeudamiento de las familias se ha reducido, los créditos pedidos por las empresas mantienen la deuda privada alta; en Estados Unidos es del 150% del PIB, por ejemplo, aproximadamente el nivel de 2004. El mercado americano de préstamos sindicados a empresas se ha disparado hasta superar el billón de dólares en 2018, mientras la calidad de los préstamos se ha resentido. Muchos créditos van empaquetados en títulos de deuda, tal como fueron los activos hipotecarios tóxicos antes de la crisis. Los reguladores se han abstenido de intervenir, cosa notable si se considera el poco tiempo que ha pasado.

Igual que la amenaza de pánico bancario se ha trasladado desde los depositantes hasta el mercado monetario, el riesgo sistémico puede estar ahora anidando en instituciones no bancarias. Los fondos de inversión, los gestores de planes de pensiones y las compañías de seguros han sido entusiastas compradores de préstamos bancarios titulizados. Tal como señaló recientemente Brad Setser, miembro del think tank americano Council on Foreign Relations, algunas de estas entidades empiezan a sufrir un desfase en los vencimientos que recuerda ominosamente al experimentado por los bancos. En algunos países como Japón y Corea, las aseguradores han invertido cientos de miles de millones de dólares en bonos extranjeros y se han cubierto contra los riesgos del tipo de cambio con instrumentos prorrogables a corto plazo. Si en una crisis estos fondos no fueran capaces de renovar la cobertura, podrían quedar expuestos a pérdidas muy significativas. Las vulnerabilidades de empresas supuestamente sólidas pueden resultar una fuente de riesgos infravalorada para los grandes bancos.

Estos oscuros peligros surgen porque el mundo de las finanzas se encuentra extraordinariamente globalizado. Los activos financieros transfronterizos, aunque menores que antes de la crisis, siguen estando muy por encima de la norma. El dinero continúa desparramándose por toda la economía global y se esconde en grietas que quedan fuera de la vista o el alcance de los reguladores. Es imposible garantizar que unas turbulencias inesperadas en algún rincón del sistema financiero no vayan a convertirse en una espiral de la que resulte una catástrofe.

Las vulnerabilidades de empresas supuestamente sólidas pueden resultar una fuente de riesgos infravalorada para los grandes bancos

El próximo torbellino

Los problemas en el mercado de repos ilustran la amenaza que supone esta opacidad. Los observadores del mercado culpan de la crisis de liquidez al hecho de que las corporaciones tenían que pagar sus impuestos y, a la vez, estaban comprando nuevas emisiones de deuda pública a unos niveles superiores a los acostumbrados. Pero los bancos eran conscientes de estos factores desde mucho tiempo antes. Otras fuerzas, aún no muy bien comprendidas, parecen haber dado el empujón que sumió en el caos el mercado de repos.

En la actualidad, no hay ningún desastre evidente a la vista. Pero el mundo tampoco se dio cuenta del peligro al que se enfrentaba en 2007 hasta que fue demasiado tarde. Y, sin embargo, siempre hay formas de mantener estos riesgos bajo control. La Gran Depresión convenció a mucha gente de que el capitalismo financiero es en sí mismo peligroso, pero en los 40 años siguientes, caracterizados por los controles de capital y una regulación financiera draconiana, las crisis fueron escasas. Desde la desregulación de los años setenta y ochenta, en cambio, se han sucedido con dolorosa regularidad. Hasta dónde ha vuelto a moverse el péndulo, solo estará claro dentro de décadas, cuando sea posible mirar hacia atrás y hacer recuento de las desgracias acaecidas. Con la inquietud, una vez más, del torbellino de los repos, es tentador decir que no lo suficiente.

 

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

Es imposible garantizar que unas turbulencias inesperadas en algún rincón del sistema financiero no vayan a convertirse en una espiral de la que resulte una catástrofe

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