Los yihadistas radicalizados, el poder destructivo de una minoría violenta

Los elementos fanáticos han hecho un daño irreparable a la imagen del Islam en el mundo.

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En ningún lugar de Europa se ha hecho tanto para alimentar a los yihadistas europeos como en el pintoresco barrio de Molenbeek, en Bruselas. De allí salieron los jóvenes que planearon los atentados de París de noviembre de 2015 y los atentados suicidas de la capital belga perpetrados cinco meses más tarde. Molenbeek se mantiene ahora tranquilo, pero para Johan Leman, un veterano asistente social que conocía a uno de los terroristas, esta calma es casi más preocupante que los propios atentados. Desde la aparición del yihadismo en los años noventa, dos veces pensó que el peligro había pasado, pero en ambas ocasiones los yihadistas volvieron a golpear años después, y con más violencia que antes. “Están incubando de nuevo”, dice.

La gran mayoría de los musulmanes respetan la ley y no quieren saber nada del Estado Islámico. De los treinta millones que viven en Occidente, solo 7.000 se unieron a las guerras que la organización terrorista ha librado en el exterior, e incluso menos participaron en actos violentos en Europa. A pesar de ello, la influencia de grupos terroristas como el Estado Islámico en la forma en que en Occidente se percibe a los musulmanes es desproporcionada. Según un sondeo realizado en 2017 por el Pew Research Centre, el Estado Islámico preocupa más en los países occidentales que cualquier otro asunto de ámbito internacional, por encima de la economía global y el cambio climático. Un minúsculo y radicalizado grupo marginal está ensuciando la imagen del islam en Occidente de forma injusta.

De los 30 millones de musulmanes que viven en Occidente solo 7.000 se unieron a las guerras

El origen del yihadismo se encuentra en las luchas contra el colonialismo occidental de Oriente Medio. En los siglos XIX y XX, los líderes religiosos de Argelia, Libia y Palestina libraron yihads contra los invasores franceses, italianos y británicos. La defensa del islam fue solo una de las razones para coger las armas y expulsar a los países occidentales. Una vez que los ejércitos extranjeros se hubieron marchado, esas hostilidades fueron desapareciendo. A partir de la década de los cincuenta, los gobiernos occidentales y los islamistas tuvieron un enemigo común: los regímenes nacionalistas prosoviéticos que se hicieron con el poder en Oriente Medio. En los años ochenta, unieron sus fuerzas para echar a los soviéticos de Afganistán.

De Al Qaeda al Estado Islámico

Fue entonces cuando Abdullah Azzam, fundador de Al Qaeda, un ejército compuesto principalmente por islamistas árabes voluntarios que combatían en Afganistán, recibió un visado de Estados Unidos para recorrer las mezquitas norteamericanas y recolectar fondos para la yihad. Ya con Osama Bin Laden al mando, muchos de sus seguidores encontraron asilo en Europa. Pero las relaciones se agriaron. Poco después de la salida de los soviéticos de Afganistán, las tropas americanas aterrizaron en Arabia Saudí para sacar a Irak de Kuwait. Los aliados volvieron a ser enemigos, lo que culminó con los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando Al Qaeda utilizó aviones secuestrados para hacer caer las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York y parte del Pentágono, en Washington D.C. Estados Unidos declaró la guerra contra el terrorismo, invadió Afganistán e Irak y reclutó a una nueva generación de soldados. Al Qaeda se extendió de forma clandestina.

En 2014, el Estado Islámico arrasó el corazón de Oriente Medio a tal velocidad y con tal grado de salvajismo que dejó sin palabras tanto a musulmanes como a no musulmanes. Al Qaeda se había concentrado en expulsar a Occidente del mundo islámico y en acabar con el apoyo que los países occidentales ofrecían a dictadores árabes que la organización consideraba apóstatas o títeres, pero lo que se propuso el Estado Islámico fue crear un “califato” que tendría como base los Estados fallidos de Oriente Medio, además de prepararse para una expansión global. Su visión del mundo, enraizada en textos clásicos, delataba una simplicidad pasmosa. Los lugares ya conquistados eran Dar al-Islam (territorio del islam), mientras que aquellos que quedaban por conquistar se consideraban Dar al-harb (territorio de guerra). A través de numerosas vías, desde los púlpitos a las redes sociales, el Estado Islámico lanzó una petición mundial de apoyo.

El Estado Islámico arrasó el corazón de Oriente Medio a tal velocidad y con tal grado de salvajismo que dejó sin palabras tanto a musulmanes como a no musulmanes

Este viraje ideológico supuso un cambio fundamental en la forma de reclutar a sus miembros. Al Qaeda había aspirado a crear una élite intelectual; sus seguidores eran prácticamente todos árabes. El Estado Islámico, por el contrario, apeló al conjunto de la población musulmana y fijó como primer objetivo la consolidación del califato. Aquellos que tuvieran la posibilidad debían hacer la hégira, o viaje al nuevo Estado, emulando a los seguidores del profeta Mahoma, que dejaron La Meca, gobernada por paganos, por el nuevo Estado islámico de Medina. Los que no pudieran realizar el viaje debían luchar tras las líneas enemigas.

Radicalismo romántico

Para un segmento pequeño y radicalizado de la población musulmana, el Estado Islámico poseía un atractivo magnético. El número de militantes reclutados por la organización en Occidente es desproporcionadamente alto. Los musulmanes de Europa occidental representan solo el 1,5% de los 1.800 millones de musulmanes que hay en el mundo, pero de los 30.000 combatientes extranjeros que se unieron al Estado Islámico después de la proclamación del califato, en 2014, más de 5.000 eran europeos. Los expertos en terrorismo estiman que, de ellos, una tercera parte ha muerto, otra sigue aún en libertad y otra ha vuelto a sus países de origen, lo que constituye un motivo de preocupación. Aun así, la gran mayoría de los atentados cometidos en Europa y Estados Unidos han sido obra de musulmanes que nunca han viajado a Siria o Irak y que han elegido luchar desde casa. De 455 terroristas yihadistas, el 70% eran ciudadanos de los países en los que se habían cometido los atentados; y la mitad de ellos, nativos.

Las primeras yihads de los años noventa, en Argelia y Bosnia, tuvieron como escenario las fronteras de Europa. El número de combatientes que reclutaron fue más pequeño, pero para muchos jóvenes musulmanes la lucha prometía aventura y heroísmo, algo similar al romanticismo que en los años treinta atrajo a muchos extranjeros a la Guerra Civil española. “Yo no me veo a mí mismo como un extremista”, dice Ismail Royer, un estadounidense que se convirtió al islam y combatió en Bosnia y Cachemira. “Lo que pienso es que he sido ingenuo, romántico, una especie de don Quijote”. Encerrado en una cárcel americana, Royer renunció a la violencia y ahora trabaja para una ONG con sede en Washington dedicada a promover la libertad religiosa.

Royer se radicalizó por el contacto con predicadores yihadistas que habían nacido en Estados Unidos pero crecieron en Oriente Medio y regresaron con una ideología nueva. Otros sucumbieron a la influencia de veteranos árabes de la guerra de Afganistán que, en los años noventa, encontraron asilo en Occidente. También Francia contribuyó sin saberlo a diseminar la ideología yihadista. Esto ocurrió por temor a que la guerra civil que en la década de los noventa tuvo lugar en Argelia se contagiara a los musulmanes de raíces argelinas residentes en territorio francés. Después de dos atentados yihadistas, uno de ellos en París en 1994, muchos barbus ­–barbudos– fueron arrestados, lo que provocó un éxodo a Bélgica, Alemania y Gran Bretaña.

Europa: un caldo de cultivo propicio

Aunque Al Qaeda tenía poco interés en los musulmanes occidentales, otros grupos islamistas sí se dedicaron a cortejarlos. Hizb ut-Tahrir, el Partido de la Liberación, nació en los años cincuenta en Palestina, pero consiguió un seguimiento masivo en el Reino Unido y Dinamarca gracias a su llamada a restablecer un califato mundial. De esta organización salió Al-Muhajiroun, una rama que defendía la violencia de forma mucho más abierta. Sus carismáticos predicadores consiguieron llenar 8.000 localidades del Wembley Arena de Londres, desde donde animaron a sus seguidores a boicotear las democracias occidentales y renunciar a los estilos de vida laicos, que no eran sino manifestaciones del kufr (descreimiento, falta de fe). Otras escuelas conservadoras, como el salafismo, entraban menos en política y rechazaban en general la violencia, pero a la vez abogaban por mantenerse alejados de los no musulmanes. Algunos eruditos salafistas promovían el odio contra los no musulmanes de toda clase.

En determinados lugares de Europa, estos mensajes encontraron eco en una sociedad ya dividida. Pero el alcance que mostraron fue también mayor. A diferencia de lo que ocurría en las mezquitas dirigidas desde el extranjero de la primera generación, ahora el islam se ofrecía en lengua vernácula. Igualmente, con el pretexto de recuperar la fe original del profeta, los salafistas realizaron una purga de las costumbres tradicionales de la primera generación de musulmanes que tan extrañas les resultaban a la segunda generación y a los conversos educados en Occidente.

“Ofrecieron un islam para aquellos que carecían de tradición”, afirma Azhar Majothi, británico musulmán y experto en salafismo de la Universidad de Nottingham. Con él coincide la escritora musulmana alemana Kubra Gumusay: “La identidad religiosa ha sido a menudo utilizada por muchos musulmanes nacidos en Europa para diferenciarse de las identidades étnicas de sus padres”. Esto sirvió, en particular, para liberar a muchachas adolescentes de las limitaciones familiares tradicionales. Muchas jóvenes viajaron al califato del Estado Islámico impulsadas por sueños de activismo femenino, así como por el deseo de escapar a matrimonios forzados. Alrededor de un 17% de los combatientes procedentes de Europa eran mujeres.

Muchas jóvenes viajaron al califato del Estado Islámico impulsadas por sueños de activismo femenino, así como por el deseo de escapar a matrimonios forzados

Esta afirmación de la identidad islámica resultaba especialmente atractiva para una segunda generación de musulmanes que no se encontraba a gusto con las costumbres de Occidente. “Se estaban rebelando a la vez contra sus padres y contra la sociedad”, dice M’hammed Henniche, líder comunitario del suburbio parisino de Saint Denis.

Los predicadores que abogaron de forma abierta por la violencia no fueron demasiados, y muchos salafistas se opusieron a transgredir la ley. Pero, cuando apareció el Estado Islámico, encontró una población receptiva a su mensaje. La segunda generación de inmigrantes es responsable ya de varios atentados. En 2004, Mohammad Bouyeri, islamista bereber nacido en Holanda, asesinó a Theo van Gogh, director y productor cinematográfico que realizaba documentales críticos con el islam. Sobre el cuerpo, dejó una nota en la que decía: “Europa, eres la siguiente”. En 2005, tres musulmanes británicos de segunda generación y un converso se inmolaron en el sistema público de transportes de Londres haciendo estallar las bombas que llevaban encima, con un resultado de 52 muertos.

Internet y patios de colegio como lugares de radicalización

Según el think tank New America, con sede en Washington, la mitad de los yihadistas que han cometido atentados en Occidente desde el 11 de septiembre se radicalizaron por internet. Algunos predicadores emitían por Snapchat charlas que se borraban de forma automática, unos mensajes que en Estados Unidos, donde la disponibilidad de armas es inmediata, resultaban especialmente letales. Desde 2013, han muerto en este país 87 personas en atentados terroristas. “Nunca hemos sido tan grandes”, insiste un organizador danés de Hizb ut-Tahrir. “Simplemente, no pueden vernos”. Los servicios de inteligencia alemanes asienten. Según sus cálculos, el número de salafistas que actúan como reclutadores para la yihad se ha incrementado de menos de 4.000 en 2013 a más de 10.000 en la actualidad.

En las oraciones de los viernes, los predicadores que habían sido apartados del púlpito susurraban invitaciones a los fieles para mantener encuentros privados. Los gimnasios y las escuelas se convirtieron cada vez más en centros de reclutamiento. En los patios de los colegios, la hégira se planeaba entre amigos para huir de barrios conflictivos y del agobiante control de los padres. Durante las vacaciones de verano, una docena de jóvenes partieron del centro de enseñanza secundaria Campus de Brug, en una localidad cercana a Bruselas. En Dinslaken, ciudad obrera de Renania (Alemania), Lamya Kaddor, profesora de estudios islámicos de un instituto público descubrió un día que cinco de sus alumnos se habían marchado a la yihad en Siria. “No sabían nada del islam”, dice. “Tomaban drogas, iban a fiestas, tenían novias...”.

“Islamismo gánster”: la delincuencia como causa religiosa

Otro importante lugar de reclutamiento han sido las cárceles europeas, donde cumplían condena gran número de internos musulmanes con amplia experiencia en delitos como el contrabando y el tráfico de armas. De los combatientes extranjeros salidos de Alemania y Holanda, dos tercios tenían un pasado delictivo a sus espaldas. Tan entremezclados estaban el yihadismo y la pequeña delincuencia, que de esa confluencia ha surgido un nuevo término: “islamismo gánster”. Los capellanes musulmanes de las cárceles se encontraron con que los presos de su propia confesión les expulsaban cuando querían visitarles.

La retirada de la financiación saudí, debido a presiones occidentales, también animó a algunos grupos salafistas a buscar recursos económicos por vías menos legítimas. El Estado Islámico ha mostrado una habilidad especial para penetrar en el submundo y convertir la actividad criminal en una causa. Los bienes de los infieles, explicaba su líder en Alemania, eran ghanima, botín de guerra. Khalid Zerkani, reclutador marroquí del Estado Islámico, fue siguiendo el rastro del hachís desde las granjas de las profundidades de las montañas del Rif, y a lo largo de los distintos puntos de Europa donde vivían la mayor parte de los rifeños, para terminar asentándose en Molenbeek (Bélgica). “Era una figura paternal”, dice un asistente social de esa localidad. “Te preguntaba por tu futuro y te contaba que podrías encontrar un mejor trabajo, con un mejor sueldo y una sociedad justa bajo la sharía. Y que te serían perdonados tus pecados”. Zerkani fue detenido en 2014.

Otro importante lugar de reclutamiento han sido las cárceles europeas

Uno de sus seguidores, Ibrahim Abdeslam, tenía en Molenbeek un local gay, Les Béguines, donde la policía encontró droga en distintos registros. Abdeslam vendió el establecimiento y, seis semanas más tarde, se puso un chaleco bomba y lo hizo estallar en un bar durante los atentados parisinos de noviembre de 2015, en los que murieron 130 personas. Cuando su hermano Salah, que consiguió huir, fue detenido en marzo de 2016, sus amigos respondieron cuatro días después con atentados en el metro y el aeropuerto de Bruselas. Atrás quedó un reguero de 32 muertos.

Les Béguines fue clausurado tras los atentados de Bruselas, pero los aspirantes a yihadistas lo tienen fácil para encontrar otro lugar en el que reunirse. Muchos siguen admirando la imagen dura de los gánsteres. En L’Epicerie, un almacén de Molenbeek convertido en teatro por habitantes de origen marroquí, un grupo de adolescentes representa una obra para padres. “¿Has estado haciendo pellas? ¿Por qué?”, pregunta el profesor. “He ido a Afganistán”, responde el chico, encogiéndose de hombros. El público se ríe.

La mayoría de los musulmanes de Occidente ve con alivio cómo, al cabo de dos generaciones, el atractivo del yihadismo se va desvaneciendo. Solo el 7% de los atentados perpetrados en el mundo occidental es obra de nietos de inmigrantes. Pero la policía teme que, cuando la cosecha de presos radicalizados salga en libertad, se produzca una nueva ola de violencia. Para que lugares como Molenbeek rompan el ciclo de la yihad, los jóvenes musulmanes tienen que sentirse realmente en casa en Occidente.

 

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

 * Este artículo salió publicado en Muy Negocios & Economía 1.

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