Pasado, presente y futuro del cambio climático

Sustituir la tecnología basada en combustibles fósiles es una tarea colosal.

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A comienzos del siglo XIX, Joseph Fourier, científico francés pionero en el estudio del calor, demostró que la atmósfera mantenía a la Tierra más caliente de lo que estaría si se encontrase directamente expuesta al espacio exterior. Para 1860, el físico irlandés John Tyndall ya había descubierto que una de las claves del calentamiento residía en una interesante propiedad de algunos gases atmosféricos, entre los que se incluía el dióxido de carbono. Estos gases eran transparentes a la luz visible, pero absorbían la radiación infrarroja, lo que suponía que dejaban entrar la luz solar, pero impedían que saliera el calor. A comienzos del siglo XX, el químico suizo Svante Arrhenius especulaba con que el origen de las glaciaciones podía encontrarse en unos niveles bajos de dióxido de carbono y decía que el uso industrial del carbón podía calentar el planeta.

Lo que ninguno de ellos previó fue la rapidez y amplitud con que se extendería el uso de combustibles fósiles. En 1900, la quema deliberada de combustibles fósiles –por entonces, casi exclusivamente carbón– producía aproximadamente 2.000 millones de toneladas de dióxido de carbono. Para 1950, las emisiones industriales se habían multiplicado por tres. Hoy, están cerca de ser veinte veces las de comienzos de siglo.

A comienzos del siglo XX, el químico Svante Arrheinus ya decía que el uso industrial del carbón podía calentar el planeta

Esa explosión en el uso de combustibles fósiles es inseparable de todo lo que ha hecho que el siglo XX sea único en la historia humana. Además de proporcionar un acceso sin precedentes a la energía necesaria para la industria, el transporte y la calefacción, los combustibles fósiles han permitido que prácticamente todos los demás recursos de la Tierra sean mucho más accesibles. Los explosivos basados en nitrógeno y los fertilizantes, que los combustibles fósiles permitieron producir a bajo coste y en grandes cantidades, transformaron la minería, la guerra y la agricultura. Las refinerías de petróleo proporcionaron la materia prima para los plásticos. Los bosques se toparon con la sierra eléctrica.

En ningún siglo anterior, se había duplicado la población humana. En el siglo XX, se quedó a un milímetro de duplicarse dos veces. En ningún siglo anterior se había duplicado el PIB mundial. En el siglo XX, se duplicó cuatro veces y todavía un poco más.

La primera vez que el mundo de la política recibió una advertencia directa sobre el impacto que todo esto podía tener en el clima fue en 1965, en un apéndice de un informe preparado por el Comité Asesor Científico del presidente de los Estados Unidos. En la primera mitad del siglo, los científicos creían que prácticamente todo el dióxido de carbono producido por la industria sería absorbido por los océanos. El oceanógrafo Roger Revelle demostró en los años 50 que esto no era así. También tomó medidas para controlar año a año los cambios en el nivel de dióxido de carbono de la atmósfera. Para 1965, estaba claro que subía de forma continuada.

La descripción de lo que supone ese aumento, una novedad cuando se le envió al presidente, es ahora conocida. El carbón almacenado en la corteza terrestre a lo largo de cientos de millones de años estaba saliendo a la luz en unas pocas generaciones; si no se hacía nada, las temperaturas y el nivel de los mares subirían en una proporción para la que no había comparación histórica posible. La respuesta que se sugirió era aún más extraña: arrojar billones de pelotas de pimpón al océano para que reflejaran los rayos del sol, lo que produciría un enfriamiento.

En 1965, se sugirió arrojar billones de pelotas de pimpón al océano para que reflejaran los rayos del sol, lo que produciría un enfriamiento

La gran diferencia entre 1965 y la actualidad, sin embargo, es que lo que entonces era una predicción ahora es un problema acuciante. En 1965, el nivel de dióxido de carbono era de 320 partes por millón (ppm); una concentración sin precedentes, pero solo 40 ppm por encima de como estaba dos siglos antes. Las siguientes 40 ppm llevaron solo tres décadas. Y las 40 ppm que vinieron tras estas solo dos. El nivel de dióxido de carbono es en la actualidad de 408 ppm y avanza a un ritmo de 2 ppm al año.

Los registros atmosféricos del pasado enmarcan esta vertiginosa subida en un contexto perturbador. Arrhenius acertó con su hipótesis de que la diferencia de temperatura entre las edades de hielo y los cálidos períodos interglaciares que las separaban se debía al dióxido de carbono. Las evidencias procedentes de testigos de hielo de la Antártida prueban esa relación con subidas y bajadas conjuntas a lo largo de cientos de miles de años. En los períodos interglaciares, el nivel de dióxido de carbono es 1,45 veces más alto que en lo más profundo de una glaciación. Hoy el nivel es 1,45 veces superior al de un típico periodo interglaciar. Y, en cuanto a gases de efecto invernadero, el mundo actual se encuentra tan alejado del nivel del siglo XVIII como este se encontraba del de la Edad de Hielo.

En cuanto a gases de efecto invernadero, el mundo actual se encuentra tan alejado del nivel del siglo XVIII como este del de la Edad de Hielo

No toda la diferencia de temperatura entre los periodos interglaciares y las glaciaciones fue producto del dióxido de carbono. El reflejo de la luz del sol en las capas de hielo que se extendieron durante las glaciaciones contribuyó al enfriamiento, igual que la sequedad de la atmósfera. Pero los testigos de hielo dejan claro que lo que está experimentando el planeta es un cambio súbito y dramático en algunos de sus parámetros fundamentales. La última vez que la Tierra tuvo un nivel de dióxido de carbono similar al actual, la temperatura era, de media, 3 ºC más alta. Las colinas de Groenlandia eran verdes y algunas zonas de la Antártida acababan en bosques. El agua que ahora se encuentra congelada bajo esos territorios era entonces parte de los océanos, por lo que el nivel de los mares era superior en veinte metros al actual.

No se sabe si el presidente Lyndon B. Johnson llegó a leer el informe de 1965. En cualquier caso, está claro que no hizo nada. La ocurrencia de modificar deliberadamente la reflectividad de la Tierra, bien con pelotas de pimpón, bien por otros medios, resultaba estrafalaria, y la idea de que hubiera que prescindir de los combustibles en que se basaban la economía americana y todas las del mundo lo habría parecido aún más. Por otra parte, no había, por entonces, ninguna evidencia concluyente de que el ser humano estuviera calentando la Tierra.

La idea de prescindir de los combustibles en que se basaban la economía americana era aún más estrafalaria que modificar la reflectividad de la Tierra

Esa prueba llevó tiempo. El dióxido de carbono no es el único gas de efecto invernadero. El metano y el óxido de nitrógeno también atrapan el calor. Lo mismo que el vapor de agua que, de esta forma, amplifica el efecto de los anteriores. Dado que el calor desencadena la evaporación, un mundo más caliente debido al dióxido de carbono tendrá una atmósfera más húmeda, lo que subirá aún más la temperatura. Pero el vapor de agua también se condensa en nubes, algunas de las cuales enfrían el planeta; otras, lo calientan. Por eso, tanto antes como ahora, las complejidades de estos procesos hacen que sea imposible precisar el calentamiento que puede esperarse para un determinado nivel de dióxido de carbono.

Pero hay más complejidades aún. Además de dióxido de carbono, la quema de combustibles fósiles libera partículas lo suficientemente pequeñas como para flotar en el aire. Estos “aerosoles” calientan la atmósfera, pero también dan sombra, por lo que enfrían la superficie que hay debajo; en los años sesenta y setenta, algunos pensaron que esta capacidad de refrigeración superaría el aumento de temperatura generado por el dióxido de carbono. Las erupciones volcánicas también producen aerosoles que enfrían la superficie y pueden tener efectos planetarios; el resplandor del sol varía también con el tiempo, de forma sutil. 

E incluso sin estos condicionantes externos, la dinámica interna del clima llevará a trasvases de calor entre los océanos y la atmósfera en distintos periodos de tiempo. El más conocido de estos cambios, el fenómeno llamado El Niño, irrumpe como un todo en la temperatura media de la Tierra varias veces cada década.

Debido a todas estas complejidades, durante un tiempo hubo dudas sobre el efecto invernadero, algo que el lobby de los combustibles fósiles se dedicó a alimentar de forma deliberada. Hoy en día, no hay ninguna duda legítima. Desde 1970, cada década ha sido más cálida que la anterior, lo que descarta las variaciones naturales. Dentro del siglo XX, se pueden comparar modelos climáticos que solo incluyen las causas naturales con otros que tienen en cuenta también las actividades humanas. Los efectos de la industria no son estadísticamente significativos hasta los años 80. Hoy son indiscutibles.

En la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992, celebrada en un momento en que la influencia humana sobre el clima empezaba a ser claramente discernible, las naciones del mundo firmaron una Convención Marco sobre el Cambio Climático (UNFCCC) en la que prometían “evitar interferencias antropogénicas peligrosas en el sistema climático”.

El 'lobby' de los combustibles fósiles se dedicó a alimentar de forma deliberada las dudas sobre el efecto invernadero

Desde entonces, el ser humano ha emitido 765.000 millones de toneladas más de dióxido de carbono; la década de 2010 ha sido, de media, 0,5 ºC más cálida que los años 80. Según estimaciones del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), la temperatura de la superficie terrestre es ahora superior en 1 ºC a la de la era preindustrial y aumenta 0,2 ºC por década. En latitudes septentrionales medias y altas –además de en otros sitios–, el calentamiento ha sido de 1,5 ºC o superior. En gran parte del Ártico ha aumentado más de 3 ºC.

La cifra de 1,5 ºc es importante debido al Acuerdo de París, firmado por los integrantes de la UNFCCC en 2015. El acuerdo añade nuevos objetivos al propósito original de evitar “interferencias peligrosas” en el clima: los firmantes prometieron mantener el calentamiento global “muy por debajo” de los 2 ºC de aumento sobre las temperaturas preindustriales y hacer “esfuerzos para limitar la subida de la temperatura a 1,5 ºC”.

En el Acuerdo de París en 2015, los firmantes se comprometieron a mantener el calentamiento global por debajo de los 2 ºC

Ni la cifra de 1,5 ºC ni la de 2 ºC tienen ningún significado particular más allá de estos compromisos. No marcan ningún umbral traspasado el cual el mundo vaya a convertirse en inhabitable o se llegue a un punto de no retorno. Por el contrario, no hay límites por debajo de los cuales el cambio climático no tenga efectos nocivos. Sin duda, en un mundo que se calienta, tiene que haber umbrales y puntos de no retorno, pero no han sido comprendidos lo suficientemente bien como para asociarlos a subidas concretas de la temperatura media.

El daño producido por el calentamiento –hacer que los fenómenos climáticos extremos sean más frecuentes o más intensos, cambiar los regímenes de lluvia y sequía, alterar los ecosistemas, subir el nivel de los mares– simplemente es mayor cuanto mayor sea el calentamiento. Y el resultado global puede ser de tal magnitud que las calamidades individuales añadan poco.

Lo que ahora mismo está claro es que nos espera un calentamiento mayor, con independencia de lo que haga el mundo para reducir sus emisiones. Esto sucede en parte porque, igual que una olla de agua en el fuego tarda en hervir desde que se enciende el gas, la temperatura media del planeta se toma igualmente su tiempo para responder al calor procedente del cielo. También porque lo que importa es la cantidad total de gases de efecto invernadero que hay en la atmósfera, no el ritmo al que aumenten. Lo que se consigue con la rebaja anual de emisiones es simplemente reducir el ritmo al que se incrementa el efecto calorífico del cielo, pero el calentamiento de la superficie terrestre no terminará hasta que el nivel de gases de efecto invernadero deje de aumentar por completo. Si lo que se quiere es mantener el calentamiento en 1,5 ºC, esto tiene que conseguirse para 2050. Si el objetivo es de 2 ºC, hay un par de décadas más de margen.

Lo que importa es la cantidad total de gases de efecto invernadero que hay en la atmósfera, no el ritmo al que aumenten

El desafío al que se enfrenta el siglo XXI es comparable al de un superpetrolero que debe dar un giro de 180 grados. En los términos más sencillos, implica lo siguiente: revertir el incremento de emisiones que puso en marcha el siglo XX –se multiplicaron por 20–, y hacerlo al doble de velocidad. Reemplazar todo lo que suponga quemar gas, carbón o combustible para calentar una casa, hacer que funcione un generador o mover una rueda. Reconstruir toda la siderurgia, remodelar las fábricas de cemento, reciclar o sustituir los plásticos; transformar las explotaciones agropecuarias de todos los continentes. Y todo esto debe hacerse mientras se consigue que la economía crezca lo suficiente para satisfacer las necesidades y deseos de una población que, para 2100, puede haber aumentado un 50 %.

Los “modelos de evaluación integrada”, que combinan la dinámica económica con el conocimiento relativo al clima, indican que, para conseguir un nivel de emisiones cero en 2050, las emisiones actuales deben reducirse a la mitad para 2030. Ningún país va camino de lograrlo. Si las promesas realizadas cuando se firmó el Acuerdo de París se cumplieran, en 2030 las emisiones serían aproximadamente las mismas que en la actualidad. E, incluso, si posteriormente se reducen, las posibilidades de llegar a los 3 ºC serían muchas.

Las emisiones de algunos países ya están por debajo de la mitad de la media global. Pero hay otros en los que la gente quiere desesperadamente acceder a la energía, al transporte y a los recursos que los combustibles fósiles proporcionaron a las naciones ricas a lo largo del siglo pasado. Algunos de estos países ricos han prometido regresar a las filas de los bajos emisores de gases. El Reino Unido ha aprobado leyes que suponen masivos recortes de emisiones para 2050. Pero el hecho de que la legislación obligue a algo no significa que esto suceda. E, incluso, si fuera así, a nivel global la contribución seguiría siendo pequeña.

Este es uno de los problemas de tratar de frenar el calentamiento con políticas relativas a las emisiones. Si uno reduce sus emisiones, pero nadie más hace lo mismo, sigue corriendo el mismo riesgo climático que antes. Si todos los demás las reducen y uno no, uno obtiene los mismos beneficios que si lo hubiera hecho. Es un problema que requiere una acción colectiva, y esta se vuelve cada vez más difícil a medida que los objetivos son más ambiciosos. Es más, los costes y beneficios son radicalmente inciertos y se distribuyen de forma desigual. Los mayores beneficiarios de frenar el cambio climático serán, con toda seguridad, los países en vías de desarrollo; la mayor parte del coste corresponderá a otros. Y la mayor parte de los beneficios no se notarán hoy, sino dentro de 50 o 100 años.

Los mayores beneficiarios de frenar el cambio climático serán los países en vías de desarrollo, mientras que la mayor parte del coste corresponderá a otros

Por eso tiene todo el sentido que, en las políticas sobre el cambio climático, el suceso reciente de mayor impacto haya sido el crecimiento del activismo entre los jóvenes. Para personas nacidas, como la mayoría de los líderes mundiales, bastante antes de los años 80, la segunda mitad del siglo XXI aparece como una realidad en gran medida hipotética. Para gente nacida después del año 2000, como la activista sueca Greta Thunberg y otros 2.600 millones de personas, es la mitad de la vida. Esta realidad otorga peso moral a sus demandas de que se cumplan los objetivos del Acuerdo de París de reducir las emisiones a la mitad para 2030. Pero la creencia de que eso puede conseguirse con una dosis masiva de “voluntad política” subestima seriamente el desafío.

Es cierto que, tras un desarrollo espectacular de las instalaciones de energía renovable, la electricidad procedente de las energías solar y eólica supone actualmente el 7 % del total mundial. El precio de estas instalaciones ha caído en picado. Ahora son a menudo más baratas que la generación de energía con combustibles fósiles, aunque la capacidad de almacenamiento y las necesarias modificaciones de la red moderan esta ventaja en el conjunto de todo el sistema eléctrico.

Un paso importante para reducir a la mitad las emisiones para 2030 sería aumentar la producción de electricidad por medios renovables hasta la mitad del total, lo que supondría un incremento de esa capacidad de entre cinco y diez veces. Ampliar la producción hidroeléctrica y nuclear reduciría el desafío al que se enfrentan todos esos kilómetros cuadrados de paneles solares y millones de aerogeneradores. Pero está el problema del aumento de la demanda.

En 2018, la demanda mundial de energía eléctrica subió un 3,7 %. Otros 11 años de un crecimiento similar supondrían un 50 % adicional, y toda esa nueva producción debería estar libre de combustibles fósiles.

Y la electricidad es la parte fácil. Las emisiones de las plantas generadoras representan menos del 40 % del total de los gases de efecto invernadero industriales. Pero el progreso en la reducción de emisiones correspondientes a procesos industriales y al transporte va mucho más despacio. Según la consultora especializada BloombergNEF, solo el 0,5 % de los vehículos del mundo son eléctricos. Si ese porcentaje tuviera que aumentar hasta el 50 % sin subir las emisiones, la producción de electricidad no dependiente de combustibles fósiles debería crecer mucho más.

Para llevar a cabo todo esto, sería necesaria una inversión sin precedentes, e igualmente importante sería el daño infligido a partes del sector de los combustibles fósiles. Según el think tank Carbon Tracker, más de la mitad del dinero que las grandes compañías petrolíferas planean invertir en nuevas explotaciones perdería todo su valor en un mundo que redujera a la mitad las emisiones en 2030. Las consecuencias se extienden a la geopolítica. Un mundo en el que el precio del petróleo ya no tuviera interés sería muy distinto al del siglo pasado.

Más de la mitad del dinero que las grandes petrolíferas planean invertir en nuevas explotaciones perdería todo su valor, según Carbon Tracker

Para emprender una transformación de semejantes dimensiones, tendría que existir una amenaza tal como la de un gigantesco asteroide que fuera a caer sobre Estados Unidos el 1 de enero de 1931. Es mucho más difícil imaginar un cambio así cuando las víctimas no resultan tan claramente identificables y la devastación es menos cósmicamente segura, incluso si al final los daños son de magnitud comparable.

Conscientes de esto, los negociadores mundiales sobre el cambio climático han recurrido cada vez más, a lo largo de la última década, a la idea de “emisiones negativas”: en lugar de no poner dióxido de carbono en la atmósfera, ponerlo y luego quitarlo. Si se piensa en grandes emisiones negativas a lo largo del siglo, es posible concebir que se produzca un pico y luego un lento descenso que permita mantenerse entre los límites de 1,5 ºC y 2 ºC. Por desgracia, las tecnologías capaces de enviar miles de millones de toneladas de emisiones negativas al año a precios razonables durante décadas no existen. Hay, sin embargo, ideas sobre cómo podrían crearse.

La estrategia de las “emisiones negativas” consiste en que,en lugar de no poner dióxido de carbono en la atmósfera, se ponga y se quite con posterioridad

Para quienes estudian los modelos climáticos, una de las favoritas consiste en, primero, cultivar plantas que absorberían el dióxido de carbono de la atmósfera a través de la fotosíntesis y, luego, quemarlas en centrales eléctricas que almacenan bajo tierra el dióxido de carbono que producen. Un problema –si bien puede resolverse– es que esos sistemas todavía no existen a semejante escala. Otro mucho más complicado es que la extensión de tierra que se requeriría para que crecieran todos esos cultivos sería inmensa.

Esto plantea un dilema. Puesto que es evidente que los beneficios de reducir las emisiones no se verán a corto plazo, resulta absurdo no hacer mayores esfuerzos para desarrollar mejores formas de conseguir emisiones negativas. Pero cuanto mejor parece el panorama creado por la I+D para las emisiones negativas, más flaquea la determinación de reducir los gases de efecto invernadero con rapidez. Lo mismo sucede con una posible respuesta mucho más radical, la gestión de la radiación solar a través de la geoingeniería. Igual que con las pelotas de pimpón de 1965, se mandaría la luz del sol de vuelta al espacio antes de que pudiera calentar la Tierra. La opinión de los investigadores sobre el asunto es tajante: estos sistemas deberían utilizarse para reducir el daño que ocasiona el dióxido de carbono ya emitido y no servir de excusa para emitir más. Pero la tentación siempre estará ahí.

Estos sistemas deberían utilizarse para reducir el daño que ocasiona el dióxido de carbono ya emitido y no servir de excusa para emitir más

Incluso si la humanidad estuviera haciendo esfuerzos suficientes para limitar el calentamiento a 2º C, todavía sería necesario adaptarse. Muchas comunidades ni siquiera están bien adaptadas al clima de hoy y, en cierto modo, la adaptación es una política mucho más fácil de llevar a cabo que la reducción de emisiones. Pero tiene sus desventajas. Resulta más difícil a medida que la situación empeora y tiende a ser reactiva. Además, es mucho más fácil de poner en práctica para aquellos que cuentan con recursos. Los grupos de población que están marginados y excluidos que, según el IPCC, tienden a sufrir más el cambio climático, son los que tienen más dificultades para adaptarse a él. También pueden ser víctimas del problema del “riesgo moral” planteado por las emisiones negativas y la geoingeniería solar.

Nada de esto significa que la adaptación no merezca la pena. Por el contrario, es vital, y los países desarrollados –que se han desarrollado gracias a los combustibles fósiles– tienen el deber de ayudar a los más pobres a conseguirlo, un deber reconocido en París, si bien hasta ahora poco se ha hecho al respecto. No obstante, esto no estabilizará el clima que el ser humano, en su carrera por el progreso, ha desestabilizado, así como tampoco evitará el sufrimiento generado por esa inestabilidad.

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

 * Este artículo salió publicado en Muy Negocios & Economía 2.

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