Barreras crecientes

¿Por qué el mercado único europeo está en peligro?

La mejor opción para el renacimiento de Europa es revitalizar su gran proyecto económico

Cada cinco años, el nombramiento de un nuevo equipo en la Comisión Europea supone una oportunidad para encauzar a la Unión Europea (UE) hacia un nuevo rumbo. El pasado 10 de septiembre, Ursula von der Leyen, la presidenta entrante, expuso sus prioridades: encargarse de la transición de los combustibles fósiles, ración extra de azotes para las grandes tecnológicas americanas y “mejorar nuestra economía social de mercado, que es única”.

Las dos primeras ofrecen la ventaja de estar claras. Con respecto a la economía, sin embargo, Europa necesita bastante más que palabras. A lo largo de la pasada década, la tendencia a la integración económica que definió a la Europa de posguerra se ha revertido. El “mercado único”, antaño imponente en su ambición de eliminar todas las barreras internas de la UE entre bienes, servicios, capital y personas, no ha sido capaz de mantener el ritmo de las economías a las que estaba tratando de dar forma. Si Europa quiere crear prosperidad y empresas líderes, lo que necesita no es solo revitalizar el mercado único, sino también redescubrir aquel primer impulso en áreas hoy descuidadas, como el comercio y los servicios.

El mercado único todavía cuenta. Solo hay que observar el lío en el que se ha metido el Reino Unido en su intento de salirse de la UE. Pero la política diseñada originalmente para desmontar barreras comerciales en la época del carbón y el acero no se ha adaptado con suficiente rapidez a la era de los bits y los likes. En los últimos diez años, los bancos europeos se han retirado a sus mercados nacionales, y sus empresas han concentrado sus energías en expandirse fuera de la UE. El resultado es que Europa sigue teniendo el aspecto de una serie de economías de mediano tamaño puestas una junto a otra a toda prisa, no de un rival único para China y Estados Unidos.

Esa es una de las razones por las que, a pesar de que los bancos centrales administran poco a poco adrenalina monetaria, la economía europea pierde terreno frente a sus rivales internacionales. El riesgo es que, desde el punto de vista del comercio y los negocios, acabe convertida en un páramo. Hace una década, diez de las cuarenta mayores compañías por valor de mercado tenían su origen en la Unión Europea; hoy son solo dos, y están en los puestos 32 y 36. Y el número de  start–ups europeas de importancia mundial es irrisorio.

Los políticos que se lamentan de la ausencia de un éxito europeo de la magnitud de Google o Amazon hablan luego de la importancia del mercado único con palabras vacías, sin ningún efecto real. Es más, para Francia y Alemania la verdadera respuesta consiste en una política industrial dirigida desde el Estado. Por eso han pedido fusiones de compañías europeas que sirvan para crear “campeones” industriales a resguardo de las leyes antimonopolio y la competencia china.

Lo que deberían proponerse, en su lugar, es acabar de construir el mercado único. Un mercado único funcional ayuda a las empresas a conseguir economías de escala. Es más barato fabricar un producto que tiene que cumplir con un único conjunto de normas de la Unión Europea que tratar de seguir 28 legislaciones nacionales diferentes. Una mayor competencia entre empresas de todo el continente permite a los compradores acceder a productos mejores y más baratos. Imaginemos qué ocurriría si docenas de operadores de telefonía móvil europeos pudieran ofrecer sus tarifas de datos más allá de sus fronteras. En su lugar, los consumidores se ven obligados a aguantarse con los elevados precios de los oligopolios locales.

En un mercado unificado, las innovaciones se extienden más rápido y estimulan la productividad. Una red eléctrica adecuadamente integrada premiaría a los productores de energía más eficientes (y ecológicos). Los bancos que conceden préstamos por todo el continente se evitan problemas si sus mercados nacionales entran en recesión. Los mercados de capitales a escala continental pueden ayudar a distribuir los riesgos más allá del sector bancario. Unos bancos más seguros y unos mercados con más liquidez suponen capital más barato y menos rescates.

Por todas esas razones, en el centro del debate sobre cómo estimular la economía europea debería estar la revitalización del mercado único. Pero no lo está. Desde su elección, hace dos meses, Von der Leyen ha mencionado el mercado único solo de pasada. A la comisaria encargada del área, la francesa Sylvie Goulard, la precede su buena fama, pero se verá obligada a repartir su tiempo entre asuntos relacionados con el mercado único, la regulación de la inteligencia artificial y una nueva área dedicada a la industria armamentística y el espacio.

Eso sería comprensible si el mercado único fuera un caso perdido. Pero la realidad es que puede revitalizarse de tres formas. La primera es garantizar que sus leyes se apliquen en toda su extensión. Demasiado a menudo, los gobiernos de los distintos países se saltan las normas que regulan el mercado único para proteger a una industria con conexiones políticas. Cada país europeo regula de media el funcionamiento de cerca de 200 profesiones, lo que hace que para los europeos sea innecesariamente complicado desplazarse hasta donde se encuentran los empleos. No es extraño que partes del continente tengan todavía cifras de desempleo de dos dígitos. El nuevo equipo de Bruselas debería establecer y reforzar mecanismos que sirvan para obligar a cumplir la ley a aquellos gobiernos que no lo hacen.

La segunda vía es concentrarse en el euro. La moneda única es, en cierto sentido, una extensión del mercado único –aunque en la unión monetaria participen menos países–, y sería más estable si hubiese un fondo central que garantizase los depósitos bancarios. Un mayor presupuesto para la Eurozona centrado –por ejemplo– en las prestaciones por desempleo ayudaría a integrar las distintas economías. Como beneficio añadido, esto reforzaría los vínculos transfronterizos, sobre todo porque ayudaría a los bancos a ser de verdad europeos. Es un asunto en el que a Von der Leyen le espera una ardua tarea. Su Alemania natal se encargará de que los progresos se hagan a paso de tortuga.

Más ambicioso sería dar un nuevo empuje al desmantelamiento de las barreras estructurales que puedan quedar en el comercio entre países europeos. Reclamar el IVA en un Estado vecino sería una perspectiva menos sobrecogedora para las pequeñas empresas si el impuesto estuviera estructurado del mismo modo en toda Europa, por ejemplo. Los bancos ofrecerían sus productos de forma más amplia si estuvieran armonizadas las leyes que rigen la quiebra y se crease una verdadera unión de mercados de capitales. La existencia de contratos estándar para determinados servicios (de responsabilidad profesional, por ejemplo) haría que fuese más fácil para los contables alemanes hacer negocios en Italia, o para los arquitectos españoles presentar proyectos más allá de los Pirineos.

Un gran acuerdo con medidas de reforma fiscal, liberalización de servicios y robustecimiento del euro se enfrentaría sin duda a un montón de líneas rojas nacionales. Pero todos los países tienen mucho que ganar. Europa debe protegerse contra las consecuencias que podría acarrear una guerra comercial. Necesita igualmente un objetivo para después de la salida del Reino Unido, el defensor más fiable del mercado único en Bruselas, pero también un freno para proyectos más ambiciosos. Mientras tantos, los británicos tentados de pensar que están mejor sin las frustraciones del mercado único deberían reflexionar sobre cuánto puede costarles no tener voz en ese grupo.

Jacques Delors, expresidente de la Comisión Europea y gran defensor de una mayor integración, señaló con acierto: “Nadie se enamora del mercado único”. Reformar las leyes de quiebra o los regímenes fiscales no es una labor muy llamativa ni que permita gran lucimiento, pero el mayor proyecto económico de Europa está a medio hacer y los beneficios que de él se derivan son solo la mitad de los que podría proporcionar. Europa tiene pocas palancas tan obvias para reactivar su economía. Ha llegado el momento de tirar de esta.

 

© 2019 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com

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