¿Cuándo se considera que un país es un paraíso fiscal?

Los territorios con niveles de tributación anormalmente bajos o inexistentes se han visto señalados en los últimos años, pero todavía no hay un criterio internacional para describirlos

Marina de Dubái
Panorámica de la Marina de Dubái, en Emiratos Árabes Unidos

¿Suiza es un paraíso fiscal? ¿O Panamá? ¿Y qué decir de Irlanda, Andorra y Malta? Las respuestas varían porque no existe una lista universal sobre este tema. Es cada Estado y cada organización supranacional –como la Unión Europea– quien decide dónde se encuentra situada la línea roja. Hoy por hoy, la UE, que actualiza su lista con cierta regularidad, considera paraísos fiscales a doce territorios –ninguno de ellos situado en el Viejo Continente–, entre los cuales destacan Omán y los Emiratos Árabes Unidos. En España están legisladas por un Real Decreto desde 1991 y aunque se empezó con una lista de 48 territorios, en los últimos años la lista se ha reducido a 33 (pese a que no se ha actualizado el Real Decreto).

¿Qué es un paraíso fiscal?

Es aquel Estado o territorio cuyos niveles de tributación son bajos o inexistentes. Además, suele ser común que quienes operan en ellos cuenten con ciertas garantías de privacidad como, por ejemplo, el secreto bancario, el mercantil o el profesional. En estos territorios proliferan las llamadas sociedades offshore; empresas establecidas en lugares específicos pero propiedad de extranjeros que posibilitan a estos ciudadanos de otros países defraudar a sus respectivos ministerios de Hacienda.

Los paraísos fiscales suelen ser estados, territorios o regiones, pequeños y con pocos recursos naturales pero que tienen una potente industria bancaria.

El secreto los ampara

Según un informe presentado recientemente en la Eurocámara, los países del euro dejan de ingresar más de 800.000 millones anuales por culpa de estos lugares. Por supuesto, un paraíso fiscal es tremendamente reticente a firmar ningún acuerdo de intercambio de información porque, precisamente, su negocio reside en la opacidad y en mantener el anonimato de la gente que lleva hasta allí su dinero.

En un paraíso fiscal se hacen muy pocas preguntas y se exigen muy pocas respuestas. De hecho, uno de los requisitos para abandonar las listas negras establecidas por otros países o los organismos supranacionales es la firma de un acuerdo de intercambio de información que permita saber quién tiene su dinero ahí. ­

¿Porqué son un problema?

Es verdad, como afirman los gobiernos de los paraísos fiscales, que ello no hacen nada ilegal. Simplemente se limitan a guardar el dinero de todo aquel que quiera (y pueda). El principal problema es que, al contrario de lo que ocurre en la mayoría de los países del mundo, no preguntan de dónde viene el dinero ni cuánto se guarda en sus bancos.

Poniendo un ejemplos gráficos, tú no podrías entrar en una sucursal bancaria en España con una maletín con 6.000 € (o un cheque) sin que Hacienda te pregunte de dónde lo has sacado. En una paraíso fiscal sí.  Si las autoridades competentes le piden a un banco europeo que les diga cuántas cuentas y cuánto dinero tiene una persona en su banco se lo tienen que dar inmediatamente, cosa que no ocurre en lugares opacos.

Estas prácticas, siendo legales, permiten por un lado que dinero obtenido de manera ilícita pase a poder ser usado sin problema por por parte de sus dueños. Además, el dinero que se lleva a una cuenta en un paraíso fiscal no paga impuestos directos en el país del que sale.

Además, es común que los requisitos impositivos de estos países sean muy pocos. Su gran negocio es que por llevar el dinero a allí te exigen el pago de tasas desorbitadas, lo que además lo hace una práctica al alcance de muy pocos

 

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