De aranceles, cañones, marines y transgénicos

Los conflictos económicos derivados del proteccionismo y de la utilización de armas aparentemente tan inofensivas han sido muchos en los últimos siglos, repasamos los más sonados

Fumadores de opio en China tras la segunda Guerra del Opio / Getty

Si para el general prusiano Carl von Clausewitz (1780 -1831) la guerra era “la continuación de la política por otros medios, el fracaso de la diplomacia y la política”, una guerra comercial bien podría definirse como el fracaso combinado de la política, la diplomacia y el libre comercio entre naciones; un conflicto económico derivado del proteccionismo y de la utilización de armas aparentemente tan inofensivas como los aranceles y las barreras comerciales.

En no pocas ocasiones a lo largo de la historia, las guerras comerciales han desembocado en enfrentamientos militares abiertos y sangrientos. Así sucedió, por ejemplo, en las paradisiacas islas Banda, en las Molucas, cuando en 1621 la Compañía Holandesa de las Indias Orientales empleó mercenarios japoneses para masacrar a la población local indonesia con el pretexto de pequeños desacuerdos comerciales en el mercadeo de especias. Apenas sobrevivieron mil bandaneses de la población de 15.000 personas que poblaba las entonces conocidas como Islas de las Especias, el único rincón del mundo donde crecía el árbol de la nuez moscada y el clavo de olor.

Veremos a continuación cuáles han sido las guerras comerciales más notables de los tiempos modernos. Disfrazadas casi siempre de motivaciones políticas, pseudopatrióticas y ultranacionalistas.

1. La guerras Anglo-Holandesas (1652 a 1784)

Durante los siglos XVII y XVIII, Inglaterra, las Provincias Unidas de los Países Bajos y España dominaban los mares. Pero mientras la Monarquía hispánica se dedicaba a la colonización y explotación de sus nuevos territorios americanos, ingleses y holandeses se enfrentaron militarmente en el Atlántico y el Pacífico por sus profundas rivalidades en el comercio colonial, mientras hacían equilibrios jurídico-diplomáticos entre las ideas del librecambismo y el mare liberum de los holandeses, por un lado, y el proteccionismo expansionista británico por otro.

Así comenzó en 1652 la Primera Guerra Angloholandesa, tras la entrada en vigor de las Actas de Navegación de Cromwell, con ataques ingleses a los mercantes holandeses que, inmediatamente, se complementaron con vastas acciones punitivas en el Canal de La Mancha. En la Segunda y Tercera Guerras Angloholandesas (1665-1674) Inglaterra intentó acabar con el dominio neerlandés de las rutas comerciales mundiales, mientras mantenía su presión militar hacia la flota española de Indias. De hecho, el Estado pasó a convertirse en fiel servidor de la industria nacional: la Royal Navy debía proteger los intereses británicos con la guerra externa, y garantizaba el orden interno protegiendo a su naciente burguesía. Declarada también por Inglaterra, la Cuarta Guerra Angloholandesa (1780) estalló a causa de la ayuda de Ámsterdam a las colonias rebeldes de Norteamérica, terminó desastrosamente para los holandeses y expuso la debilidad de las bases políticas y económicas de la República que inició su decadencia coincidiendo con el nacimiento y auge de la Francia napoleónica.

2. Las guerras del Opio (1839-1860)

El opio se conocía y toleraba en China desde el siglo XV. Al observar los problemas de salud y sociales vinculados con su creciente consumo, el gobierno imperial chino decidió prohibirlo en 1829.

Los británicos cultivaban adormidera en la India desde mediados del siglo XVIII y, cuando observaron que su comercio les reportaba ganancias del 400 por ciento, la Compañía Británica de las Indias Orientales, contraviniendo las estrictas leyes prohibicionistas del gobierno chino, comenzó a traficar e introducir opio indio de contrabando en China, convirtiéndose en su principal proveedor.

Para 1828, el opio –ilegal en China– representaba el 16% de los ingresos comerciales británicos y suponía un grave problema de salud pública para los campesinos, militares y trabajadores chinos. La Primera Guerra del Opio comenzó cuando el gobierno de Qing interceptó y confiscó todos los cargamentos ilegales de adormidera, y encarceló a los muy respetables narcotraficantes británicos. La Royal Navy intervino, derrotó a los chinos en la Batalla de Kowloon y forzó un tratado de paz que desembocó en la cesión a Londres de la colonia de Hong Kong, hasta finales del siglo XX (1997).

En la Segunda Guerra del Opio (1856-1860), también conocida como la Guerra de las Flechas, Gran Bretaña se alió con Francia, también con intereses comerciales expansivos en Indochina y Extremo Oriente. Los tratados posteriores impusieron duras condiciones al gobierno de Pekín y debilitaron todavía más la dinastía Qing, obligando a China a aumentar sus compras e importaciones a Francia y Gran Bretaña. Como resultado, amplias capas de la población, cayeron en la adicción a los opiáceos.

3. Las guerras bananeras (1898-1934)

Otra página poco edificante de la historia económica reciente es la protagonizada por las llamadas “guerras bananeras”, de hecho una serie de invasiones, ocupaciones e intervenciones militares y pseudopoliciales protagonizadas por Estados Unidos en América Central y el Caribe, cual si de un vulgar abusón de patio de colegio se tratase.

Los historiadores coinciden en fechar el inicio de este periodo en la Guerra hispano-estadounidense, más conocida entre nosotros como La Guerra de Cuba (1898). Desencadenada de manera torticera por una tosca campaña mediática del Grupo Hearst –propiedad del famoso ‘Ciudadano Kane’, William Randolph Hearst– convenció a los norteamericanos de la culpabilidad de España y acabó confiriendo a Estados Unidos el control de Cuba, Puerto Rico, Nicaragua y las posesiones en el Pacífico.

Las motivaciones de casi todos estos conflictos fueron fundamentalmente económicas y militares, para preservar los intereses estadounidense en la región, tanto los políticos (mantener su esfera de influencia sobre el Canal de Panamá, de importancia crítica para el comercio global) como los económicos. De hecho, el término “guerras bananeras” (banana wars) es relativamente reciente: fue popularizado en 1983 por el profesor de la Universidad de Georgia Lester D. Langley para retratar a unos Estados Unidos como la fuerza policial de países tropicales y políticos corruptos que establecía, de hecho, un monopolio sin competencia sobre el comercio de la zona. La United Fruit Company fue la empresa más favorecida por los gobiernos de Washington de la época, con abusivos intereses financieros y comerciales en la producción de plátanos, tabaco y caña de azúcar. Y el famoso Cuerpo de Marines tuvo en Centroamérica y el Caribe sus bautismos de fuego previos a la Primera Guerra Mundial. México, Honduras y Haití también sufrieron los abusos del pintoresco presidente Theodore Roosevelt.

4. La guerra comercial anglo-irlandesa (1932-1938)

También llamada ‘La  Guerra Económica’, fue un conflicto comercial de represalia entre el Estado Libre de Irlanda y el Reino Unido. El gobierno irlandés se negó a continuar pagando a Gran Bretaña las anualidades de reembolso por los préstamos financieros otorgados a los arrendatarios irlandeses para la compra de tierras, una disposición que había sido parte del Tratado Angloirlandés de 1921. Esto dio lugar a la imposición de restricciones comerciales unilaterales por parte de ambos países, causando graves daños a las economías de ambos países, sobre todo al más débil, Irlanda.

Hacia 1935, las tensiones comenzaron a disminuir entre ambos países. Con el 20% de gravámenes e impuestos sobre las importaciones, el carbón y la carne dispararon su precio en Londres. En Irlanda, había tal excedente de cabezas de ganado que los granjeros tuvieron que comenzar a sacrificarlo, incapaces de venderlo a los británicos. El Pacto Carbón-Ganado fue el primer paso para poner fin a la ‘Guerra Económica’.

La resolución de la crisis se produjo tras una serie de conversaciones en Londres entre el primer ministro británico Neville Chamberlain y el irlandés Éamon de Valera. En 1938 se redactó el acuerdo, promulgado en Gran Bretaña como la Ley Eire.

Aunque la Guerra Económica produjo sufrimiento social y grandes pérdidas financieras para Irlanda, su resultado fue finalmente favorable. Para proteger sus nuevas industrias, Irlanda conservó el derecho a imponer aranceles a las importaciones británicas. El tratado también resolvió la responsabilidad por las anualidades de tierras mediante un pago único a Gran Bretaña de 10 millones de libras y una exención por ambas partes de todas las reclamaciones y contrademandas.

También incluyó la devolución a Irlanda de sus puertos, que Gran Bretaña había retenido en virtud de una disposición del Tratado de 1921. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, el retorno de los puertos permitió a Irlanda permanecer neutral.

A largo plazo, el proteccionismo siguió siendo un elemento clave de la política económica irlandesa en la década de 1950, sofocando su comercio y forzando a la emigración de sus nacionales. Sólo tras su ingreso en la Comunidad Económica Europea (1961), la población de la República de Irlanda logró aumentar a fines de la década de 1960, por primera vez desde la formación del Estado Libre en 1922.

5. Las guerras de los transgénicos (2004 - …)

Aunque la controversia mundial sobre los alimentos genéticamente modificados (OGM) no llega a adquirir el carácter de una guerra comercial al uso, las discrepancias sobre este tema llevan camino de convertirse en una disputa económica seria entre Estados Unidos y Europa. Los desacuerdos involucran a agricultores y consumidores, compañías de biotecnología, agencias reguladoras gubernamentales, organizaciones no gubernamentales y comunidad científica. Las áreas clave de esta contienda se refieren etiquetado de dichos alimentos, al papel regulador de los gobiernos, a la objetividad de la investigación científica, al efecto de los cultivos genéticamente modificados en la salud y el medio ambiente, al impacto de tales cultivos para los agricultores y al papel de los OGM en la resolución del problema mundial del hambre.

Actualmente existe una amplia evidencia científica de que los alimentos transgénicos, básicamente el maíz, no representan un peligro diferente al de la comida convencional. Y tampoco hay evidencia alguna de que el consumo de transgénicos tenga ningún efecto perjudicial sobre la salud humana. Los detractores de su consumo argumentan que no se ha evaluado convenientemente su seguridad y ponen en cuestión la objetividad de las autoridades reguladoras y de los científicos. Aducen para ello extravagantes e indemostrables teorías conspiranoicas.

Sí puede decirse que existe un rechazo amplio entre el público hacia los OGM; y que este rechazo resulta especialmente intenso en Europa, en particular, en Francia. No así en Estados Unidos; razón por la cual, el asunto podría desembocar en una guerra comercial, incruenta pero de consecuencias indeseables para todos. Los movimientos organizados y grupos activistas que propugnan la prohibición o moratoria de transgénicos han conseguido crear una sensación de miedo entre el público general, aunque también ha provocado voces disidentes muy autorizadas.

Desde 2015, 64 países obligan al etiquetado de los alimentos biotecnológicos, entre ellos la Unión Europea, Australia, China e India. En Estados Unidos no se requiere dicho etiquetado. La AAAS (Asociación Americana para el Avance de la Ciencia) considera que el etiquetado obligatorio "solo sirve para confundir y alarmar infundadamente al consumidor”.

Las ventajas económicas derivadas de la producción de alimentos OGM, incluso para los agricultores de las naciones en desarrollo, ha sido fundamental en la expansión de esta tecnología. La producción mundial de maíz transgénico crecerá desde los cien millones de toneladas de 2015 hasta los 130 millones en 2021. Las empresas que lideran este boom son Bayer/Monsanto, BASF, Du Pont, Syngenta y Dow AgroScience.

José Pardina

José Pardina

José Pardina es periodista y licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad de Barcelona. Dirigió 'Muy Interesante' durante más de 25 años, hasta 2015 y fundó la cabecera 'Muy Historia' en 2005. Es asesor editorial de Zinet Media Group.

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