El largo adiós de las monedas y los billetes

Ante el declive del 'cash', varios bancos ya han restringido la atención en ventanilla de sus sucursales para operaciones en metálico. Cuatro de cada diez empresas en España cree que en 2030 se habrá consumado la eliminación del dinero en metálico

dinero en metálico
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En el norte de Madrid, en el barrio nuevo de Las Tablas, se erige el estiloso rascacielos llamado “La Vela”, el centro de la Ciudad Financiera del BBVA. La torre está rodeada de plazas con empedrado donde se encuentran varios cafés y restaurantes para los empleados del segundo banco del país. Los comensales en estos locales no tienen que sacar billetes o una tarjeta para pagar la comida. Antes de salir, miran hacia las cámaras situadas dentro de unas cabinas junto a las cajas registradoras. El sistema, en ese momento, identifica el rostro del cliente (previamente registrado en el sistema) y realiza automáticamente el cargo en su tarjeta para hacer efectivo el pago.

Este sistema ha sido desarrollado por Veridas, una start-up de biometría. “De cara al cliente, el uso de estas tecnologías elimina la fricción en los pagos y acelera tanto el proceso de compra como la realización del pedido, y reduce las colas o la necesidad de liberar las manos para encontrar la tarjeta o efectivo para pagar”, explican en el BBVA. “El sistema —agregan— ayuda a los comercios a ahorrar tiempo y a incrementar las ventas al hacer el proceso de compra más rápido y más eficiente”.

BBVA no es el único banco español que está impulsando proyectos pilotopara analizar la implantación del pago por reconocimiento facial. CaixaBank, junto a Nestlé Market y el Payment Innovation Hub, también ha puesto en marcha un sistema que permite pagar compras únicamente con la cara, sin necesidad de tarjeta bancaria, móvil o dinero en efectivo. La tecnología de reconocimiento facial, según CaixaBank, “mejora la experiencia del cliente, al hacer más ágil el momento del pago en la caja, a la vez que se incrementa la seguridad de los pagos”. La iniciativa se ha llevado a cabo en Esplugues de Llobregat (Barcelona) y servirá al banco y a Nestlé para analizar cómo la nueva tecnología se adapta a las necesidades del comercio minorista.

El usuario solo tiene que descargar una aplicación y registrar en ella sus datos personales, su tarjeta y la imagen de su cara. En el momento de efectuar el pago, el cliente tiene que hacerse un selfiecon la tabletde caja. El sistema compara esa imagen con el patrón biométrico almacenado en la base de datos general a partir de la fotografía registrada en el momento del alta. Si hay coincidencia, se procede al pago.

De momento, se trata de pruebas en condiciones reales, pero marcan una tendencia hacia sistemas de pago digitales que están muy desarrollados en países como Suecia o China. Las formas de pago varían, pero está claro que cada vez se usa menos el dinero en metálico. En tiempos de la pandemia global del covid -19, puede parecer buena idea prescindir de monedas y billetes manoseados, que siempre han sido una fuente propicia de contagio de todo tipo de infecciones. Mientras las consecuencias del coronavirus para el futuro de la economía mundial aún son imprevisibles, no cabe duda de que la tecnología está revolucionando las finanzas en todos los aspectos. Sin embargo, el avance hacia una sociedad sin dinero en metálico, la “ cashless society ”, abre un amplio debate sobre sus indudables ventajas e innegables riesgos.

Las experiencias varían mucho de país en país. Lo más avanzado son los escandinavos. En Suecia únicamente el 1 % del valor de todos los pagos se hace en metálico. Allí, como en Países Bajos, casi ningún comercio acepta ya el pago en efectivo. Al contrario, en Alemania todavía los turistas se topan a menudo con la sopresa en los restaurantes donde solo se admite pagar en dinero contante y sonante. China, cómo no, es la vanguardia en el uso de la nueva tecnología. Los pagos con teléfono móvil o con los relojes inteligentes están arrasando a costa del dinero en efectivo y, ojo, también de las tarjetas bancarias.

El 80 % de los chinos que usan smartphones realizan pagoscon el teléfono móvil: se aceptan en comercios callejeros, taxis… Y cuando viajan al extranjero, los turistas chinos tratan de pagar igualmente con sus móviles. De esta manera van exportando esa tendencia a costa del cashy de las tarjetas. Sistemas de pago como WeChat Pay (de la gigantesca empresa Tencent) o Alipay (del grupo Alibaba, el “Amazon chino”) son masivos en el país asiático. Los bancos y proveedores de las tarjetas de crédito y débito están desconcertados porque de momento están quedando al margen.

En España también se están abriendo paso sistemas de pago alternativos al cash. Según datos del Banco de España, el importe total de los pagos que se hicieron con tarjetas subió del 52,5 % en 2019 al 56,8 % en 2019. En el tercer trimestre de 2019 (último dato disponible), se contabilizaron en el país 84,9 millones de tarjetas, un 2,29 % más que en el mismo periodo del año anterior. De estas, 36,7 millones son tarjetas de crédito y 48,2 millones de débito. Estas últimas siguen causando furor en España pese a la comisión de hasta 60 euros que cobran algunas entidades bancarias (la comisión media son 22 euros anuales).

Según un estudio de Mastercard, el efectivo se mantiene como la opción preferida por los españoles para pagar: un 19 % de los encuestados afirma pagar siempre de esta manera frente a un 15 % que lo hace únicamentecon tarjeta.

No obstante, hay coincidencia entre los expertos en que las tarjetas bancarias están tocando techo en España. Según el economista Mario Cantalapiedra, “la aparición en el mercado de opciones alternativas como el pago a través del móvil, que poco a poco se va utilizando, sobre todo por parte de las generaciones más jóvenes, apunta a que dicho techo puede estar cerca. Como tantos otros segmentos de la economía, al negocio de tarjetas le toca reinventarse y ajustarse a un cliente que cada vez es más digital”.

Antonio Gallardo, experto financiero de iAhorro, una plataforma digital de comparación de productos financieros como las hipotecas, explica que las tarjetas de crédito crecen muy poco en los países donde ya tenían una cuota amplia y lo hacen en tasas superiores en regiones donde todavía llega la bancarización. “En el caso de España, su cuota no había penetrado de forma importante si lo comparamos con otros países de nuestro entorno, principalmente por uso. La mayoría de la gente acumulaba compras y las pagaba en su totalidad sin usar el ‘crédito’ para financiar”, recuerda. “Esto cambió radicalmente tras la crisis cuando crecimos a tasas de casi tres millones de tarjetas anuales de media y se disparó el uso de crédito. Ahora mismo el mercado ya denota una saturación y el crecimiento de las tarjetas está siendo menor, pero sigue aumentando a tasas mayores que la media de la Unión Europea”, asegura.

Los grandes bancos españoles suelen destacar en las presentaciones de sus resultadosel aumento imparable de su clientela que solo usa las vías digitales. El 31 % de clientes ya usa el móvil para hacer pagos, según el Barómetro de Pagos Digitales de Mastercard. Todas las instituciones de crédito en España sumaron fuerzas para lanzar Bizum, un sistema de pago sencillo entre usuarios. Por ejemplo, en la peluquería en vez de soltar un billete o una tarjeta puedes enviar el importe a pagar por el corte de pelo directamente desde tu móvil al del comerciante, siempre que tenga también el programa.

Ante el declive del cash, varios bancos ya han restringido la atención en ventanilla de sus sucursales para operaciones en metálico. Cuatro de cada diez empresas en España cree que en 2030 se habrá consumado la eliminación del dinero en metálico, según una encuesta internacional de Intrum, una empresa de prevención y gestión de impagos.

Sin embargo, el anuncio de la muerte de las monedas y billetes de euro puede resultar prematuro. “Más allá de que la tecnología permita realizar los intercambios solamente a través de dinero digital, hay parte de la población que desea seguir utilizando el efectivo por motivos tales como la seguridad o la privacidad”, afirma el economista Cantalapiedra. Estos dos aspectos no son baladíes, como muestra el debate acerca de la tecnología de reconocimiento facial. Mientras aquí se hacen pruebas piloto para poder pagar con la cara, en China está ya bastante extendido su uso. Sin embargo, en una dictadura esta forma de detectar e identificar a cada persona en la vía pública adquiere otra dimensión porque otorga al Estado un poder tremendo.

Los gigantes tecnológicos como Google, Apple, Facebook o Amazon, los llamados“ gafa” , levan a cabo una carrera continúa para incorporar el análisis de rostros a los nuevos dispositivos. “La tecnología digital nos está permitiendo realizar cosas difícilmente imaginables hace tan solo unos años, pero es cierto que muchas de ellas se consiguen a base de renunciar a aspectos que muchos consideran fundamentales como es el respeto a la privacidad de las personas”, dice Cantalapiedra. En su opinión, “el debate no es ya si puede hacerse, sino si debe hacerse. Particularmente este tipo de iniciativas como la apuntada de China me crean muchas dudas, y estimo que en una Europa preocupada por la protección de los datos personales generarán un fuerte debate antes de que las veamos implantadas de una forma masiva”.

Gallardo, sin embargo, no ve problema: “Sistemas como Apple Pay en teléfonos de esta compañía ya nos permiten pagar con la tarjeta asociada verificando con nuestra huella dactilar o cara. En el fondo estamos cambiando un sistema de mayor seguridad, ya que el pinnos lo pueden robar o averiguarlo, mientras nuestra huella dactilar o la cara no, por lo que se acabará generalizando”.

Es cierto que en la actualidad la mayoría de aparatos tecnológicos que utilizamos ya invaden nuestra intimidad y privacidad, y casi siempre con nuestro consentimiento. Se puede saber exactamente dónde estamos a través de la geolocalización del gps y prácticamente qué hacemos y con quién ya que millones de personas muestran su vida subiendo fotos e historias en Instagram, Facebook, TikTok u otras redes sociales. Pero el pago con reconocimiento facial es un paso más en la cesión de la privacidad, una renuncia más a nuestro derecho a la intimidad. De hecho, la inteligencia artificial pasa a convertir cada distintivo facial, cada rasgo humano, en un algoritmo.

Brad Smith, presidente de Microsoft, admitió que “la tecnología de reconocimiento facial plantea problemas que van al corazón de las protecciones de los derechos humanos fundamentales como la privacidad y la libertad de expresión”. Por ello, considera “importante que los gobiernos comiencen a adoptar leyes para regular esta tecnología”.

“El genio del reconocimiento facial acaba de salir de la botella. A menos que actuemos, corremos el riesgo de despertarnos dentro de cinco años para descubrir que los servicios de reconocimiento facial se han extendido de una manera que exacerba los problemas sociales. Entonces será mucho más difícil volver a embotellar”, advirtió el ejecutivo del gigante americano.

El riesgo para la privacidad es uno de los principales argumentosde los detractores de una sociedad sin cash . Pero en el mismo sentido, sus defensores destacan las ventajas que supone una mayor transparencia, sobre todo en la lucha contra la economía sumergida o el fraude. Durante el boom del ladrillo, en España circulaba la mitad de los billetes de 500 euros de toda la unión monetaria, probablemente debido a que se pagaban sobreprecios en la compraventa de inmuebles al margen de Hacienda. Hoy el Banco Central Europeo ha dejado de emitir estos billetes de color lila y en España se ha limitado el importe máximo para hacer operaciones en metálico a 2500 euros. Otra ventaja del fin del cash para el Estado y las entidades bancarias tiene que ver con el coste. Imprimir, almacenar, distribuir y vigilar los euros sale bastante caro, aunque suponen un buen negocio suculento para las empresas de seguridad.

Entre los riesgos destaca, como hemos dicho, la preocupación por la privacidad, el peligro de que alguien —el Estado, Hacienda, servicios secretos extranjeros o hackers— puedan acceder a los datos que muestran dónde y cuándo una persona se tomó una caña, dónde cenó, qué compró exactamente en el super o a qué hora volvió a casa en taxi. El riesgo de ciberataques y fraude puede crecer.

En plan apocalíptico —muy conforme a estos tiempos de crisis pandémica—, hay que preguntarse también qué pasaría si se colapsara la red de telecomunicaciones en la que se basa todo este nuevo mundo de pago digital, bien sea por un fallo mecánico, un sabotaje o una guerra. La gente tendría que volver al sistema de trueque que precedía a la creación del dinero como unidad de pago.

Todas estas dudas son relevantes también para otro fenómeno de transformación del dinero tal y como lo conocemos: el auge de las criptomonedas. Todavía estas divisas digitales son algo minoritario en el mundo, pero no faltan expertos que ven el Bitcoin y otras monedas virtuales como serias competencias para el euro, el dólar o el franco suizo.

Las criptomonedas son un tipo de monedas digitales, de divisas alternativas, que funcionan a través de una base de datos descentralizada, la llamada cadena de bloques o blockchain. La primera que comenzó a operar fue el Bitcoin, en 2009. Desde entonces han aparecido otras muchas criptomonedas, con mayor o menor impacto. Las principales ventajas son, por un lado, que no hay intermediarios (no intervienen bancos ni redes privadas), por lo que se reduce el coste de la transacción entre los usuarios.

Las criptomonedas, obviamente, despiertan muchas dudas, como su posible uso para el lavado de dinero o la financiación de terrorismo. Sobre todo está la preocupación por su control, ya que se trata de dinero que no está sometido a ninguna autoridad monetaria. El temor y el debate por una posible regulación se intensificó a partir del anuncio de Facebook de lanzar su propia moneda digital, llamada Libra. El fundador y presidente del gigante tecnológico, Mark Zuckerberg, contaba con socios fuertes, como Visa, Mastercard y algún banco, y prometía que la Libra estaría respaldada por activos financieros reales.

“Dado el volumen de usuarios de Facebook, una elevada aceptación de esta nueva criptomoneda podría convertirla en sistémica en poco tiempo y reducir la eficacia de la política monetaria”, advirtió Ana Martínez-Pina, vicepresidenta de la cnmv , el supervisor de los mercados de valores, en noviembre en una conferencia organizada por el diario Expansión .

Facebook, de momento, no ha recibido luz verde para Libra por parte de las autoridades de Suiza, donde radica el proyecto, y varios socios, como PayPal, se han descolgado de la iniciativa de Zuckerberg. No en vano, existe una fuerte controversia respecto a si las criptodivisas deben tener un control descentralizado o, en cambio, deben estar regulados por los bancos centrales. Sus defensores tienen claro que los Bitcoins y demás son las monedas del futuro, mientras sus detractores reclaman que estén sometidas a una regulación bancaria.

Miguel Ángel Fernández Ordóñez, exgobernador del Banco de España, explica que la aparición del bitcoin permitió que la gente se diera cuenta de que “el sistema de dinero actual podría ser sustituido por otro distinto”. El rechazo de los bancos tradicionales a este nuevo mundo de divisas virtuales, en su opinión, se debe al “miedo” porque no fueron las entidades financieras las que habían creado este dinero ni las que lo gestionaban. En su opinión, en un futuro próximo aparecerán otras muchas iniciativas ligadas al dinero digital porque “hay millones de personas que no tienen una cuenta bancaria pero sí un móvil”.

El teléfono móvil, ese smartphone cada vez más potente, no solo amenaza con provocar el ocaso del dinero en metálico. Incluso podría aumentar la selección de divisas con las que pagamos las compras y transacciones. Ya no es ciencia ficción.

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