El nuevo coronavirus mató a los expertos tal y como los conocíamos

Investigadora en un laboratorio
Arnold Jerocki / Getty

¿Sabía usted que los expertos también se equivocan y cambian de opinión? Seguro que sí, y en el caso de que no lo supiera, varios meses de pandemia se lo habrán dejado claro. En marzo, se pensaba que los niños eran supertransmisores del coronavirus y ahora creemos que no lo son. Al inicio de la pandemia, la OMS aconsejaba usar mascarillas solo a las personas vulnerables y al personal sanitario; poco después, su uso en interiores se recomendaba para todos en zonas de alta transmisión. Llevamos meses de intenso debate técnico sobre si la vía principal de transmisión son gotículas o aerosoles. Efectivamente, vemos cómo los expertos cambian de opinión, y más aún cuando estamos asistiendo en directo a sus diatribas.

La ciencia no ofrece certezas absolutas e inmutables porque en su propia definición está lo que el filósofo Karl Popper llamaba «falsabilidad»: que una idea sea científica implica que pueda refutarse sometiéndose a pruebas. Así, la visión del mundo de Newton estuvo muy bien hasta que llegaron Einstein y los cuánticos, y gracias a ellos tenemos electrónica de silicio y llevamos ordenadores con gps en nuestros bolsillos. La gente moría a mansalva en los hospitales hasta que la pionera de la enfermería profesional Florence Nightingale convenció a las autoridades de que las medidas de higiene eran fundamentales en una época en la que ni siquiera se aceptaba aún la idea del contagio por gérmenes. En ciencia, toda verdad es provisional. Los investigadores no son un oráculo y su palabra no es verdad revelada. Precisamente gracias a eso, es la mejor herramienta que tenemos para conocer el mundo y formarnos un criterio con el que tomar decisiones. No habrán visto a muchos gurús pseudocientíficos ni a muchos vendedores de remedios milagrosos superando sus propias teorías.

Todo esto lo tenemos claro quienes conocemos los entresijos del quehacer científico, pero en esta pandemia estamos comprobando que son nociones difíciles de comunicar y entender. Si antes este déficit en la cultura científica y mediática era un obstáculo para la comunicación de la ciencia, ahora es un problema urgente en un mundo en el que hará falta convencer a la población para que se vacune contra la covid-19.

La desconfianza en políticos, médicos, industria y científicos se cuela de la mano de las teorías de la conspiración.

Hay algunas causas para un posible repunte de la desconfianza. En primer lugar, el miedo. Vivimos una incertidumbre sin precedentes y contemplamos una ciencia hecha en directo que no nos ofrece una solución al problema con la premura que soñaríamos. La desconfianza en políticos, médicos, industria y científicos se cuela de la mano de las teorías de la conspiración que, como explica el sociólogo de la Universidad Autónoma de Madrid Pep Lobera, "cubren una necesidad urgente en un momento en que la vida está dando un vuelco: comprender. Porque si comprendo (o creo comprender) tengo la sensación de tener un mayor control sobre la situación".

En segundo lugar, ha habido deficiencias en la comunicación de las medidas que se han ido anunciando por parte de gobiernos, instituciones y agencias de salud. Las mascarillas son un ejemplo claro: desde el inicio se podría haber transmitido que necesitábamos reservar el abastecimiento para los profesionales sanitarios; y que el resto de población podía fabricar sus propios tapabocas caseros. Sin embargo, se tardó varias semanas en lanzar ese mensaje. Otro ejemplo es la polémica gotitas-aerosoles; muy importante, sí, pero el modo en que se está comunicando, como una pugna entre dos posiciones polarizadas, confunde a una población que no necesita batallitas técnicas, sino recomendaciones claras.

¿Datos? Yo opino que no.

Es esta situación de incertidumbre declarada, a muchas personas les cuesta asumir que su opinión no es tan útil o de tanta calidad como la de una de esas personas expertas a las que vemos cambiar la suya. El efecto es mayor al hablar de ciencias sociales, esenciales en esta crisis. Un ejemplo prepandémico lo contaba con mucha gracia la profesora de Sociología de la Universidad de Extremadura Beatriz Muñoz en su artículo "Opino que no", publicado en 2019 en Hoy . Durante una de sus clases, mostró cierta colección de datos extraídos del Instituto Nacional de Estadística, a lo que un alumno le replicó: "Opino que no". La profesora le respondió: "No puedes opinar que no, puedes contradecir los datos aportando otros y citando las fuentes, pero los datos son evidencias que no entran en la categoría de opinables". El alumno le espetó: "Tengo derecho a opinar, tú nos dices que participemos en clase pero no me dejas expresarme". Aprender a valorar la calidad de las opiniones es importante. Todos tenemos simples impresiones personales sobre cómo arreglar algún aspecto del mundo, y algunos profesionales experimentados emiten opiniones basadas en evidencias, que dan como fruto reflexiones de otro tipo. Yo me atrevería a decir que de mejor calidad, en el sentido práctico.

Hay gente muy cabreada con esta desconfianza. Uno de ellos es el científico social estadounidense Tom Nichols, que publicó en 2017 un libro titulado ‘The Death of Expertise’ en el que analiza cómo "cualquier muestra de experticia produce una explosión de ira en ciertos sectores del público, que se quejan de que tales afirmaciones no son más que falacias de autoridad, signos de un espantoso elitismo". Para Nichols, sus compatriotas "se han convertido en sabelotodos insufribles, encerrados en constantes debates con otros sobre temas de los que en realidad lo ignoran casi todo".

El efecto del experto universal se ha exacerbado durante la crisis de la covid-19 en Twitter, en televisión y en periódicos. Personas que jamás se han dedicado a la epidemiología, la salud pública o la virología hablan con aplomo sobre matices específicos del nuevo coronavirus o hacen predicciones precisas sobre la evolución de la pandemia, mientras que los verdaderos expertos responden a los periodistas «eso no lo sé, porque no se sabe aún».

La ciencia es un proceso de ensayo y error

Cuesta aceptar esta respuesta, y en gran parte tiene que ver con el relato falso y dañino de una ciencia monolítica, subida en el pedestal de las certezas, que no ha ayudado a contarla tal y como es: un proceso en el que el error no es una anécdota, sino parte central de la actividad. Una actividad cuyos trabajadores no suelen autopercibirse como genios abnegados, sino como especialistas con carreras inestables, valorados por la ciudadanía pero poco apoyados socialmente. Y para mucha gente es frustrante darse cuenta de que los médicos y los científicos no son genios que ofrecen respuestas definitivas. Lobera, que ha coordinado el estudio de percepción social de la covid-19 en España, cree que el periodismo científico es crucial en este sentido, "ya que puede influir en cómo evoluciona un rango amplio de actitudes ambivalentes hacia la ciencia y la tecnología en la crisis sanitaria, y sabemos que estas actitudes influirán en los comportamientos futuros, como la predisposición a la vacunación". Es el momento de cambiar el relato si queremos mantener la confianza social.

En el otro extremo están algunos fans que creen que "de esto nos sacará la ciencia". No es verdad; nos sacarán medidas políticas que se apoyen en la ciencia. Los expertos no deben ser quienes tomen las decisiones, para eso están los políticos que hemos elegido. Ni siquiera deben ser los únicos cuya opinión se tenga en cuenta en la toma de decisiones, porque existen otros factores y voces que escuchar en el debate social; existe la ciudadanía y sus necesidades. Como dice Nichols, «en un mundo ideal, los expertos son los sirvientes, no los amos, de una democracia».

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