10 frases de Montesquieu sobre ética y comercio

Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu, (1689-1755) fue un filósofo y jurista francés que propugnó las bases del liberalismo clásico durante la época de la Ilustración. Además del modelo de organización social, el comercio y la igualdad de bienes fueron puntos clave de sus reflexiones.

Montesquieu
El filósofo francés Charles de Montesquieu.

El filósofo y jurista francés Charles de Montesquieu (1689-1755) fue uno de los grandes teóricos de la era de la Ilustración. Sus reflexiones se han convertido en la piedra angular del liberalismo europeo, pero también han calado fuertemente en textos constitucionales como el de los Estados Unidos. 

En su obra El espíritu de las leyes, Montesquieu plantea la necesidad de que exista separación de poderes entre los ámbitos legislativo, ejecutivo y judicial en cualquier forma de gobierno. Para explicarlo, analiza tres posibilidades del mismo: la monarquía, la república y el gobierno despótico

El filósofo considera que las dos primeras formas de organización son legítimas en tanto que se rigen por las leyes, y que no es implícitamente una más deseable que la otra, sino que dicha deseabilidad tendrá que ver con cuál es la más indicada para un grupo de población y un estado concreto. La diferencia principal entre ambas radicaría en dónde reside el grueso del poder, si en el conjunto de los ciudadanos (la república) o en el monarca. Sin embargo, el despotismo es para Montesquieu la peor de las opciones, ya que cree que desposee completamente a la ciudadanía de ese poder.

De este modo, el francés introduce a lo largo de la obra múltiples reflexiones vinculadas a lo que tiene que ver con la riqueza y el comercio. En general, llama a que la riqueza esté lo suficientemente repartida como para posibilitar que todos los individuos puedan desarrollarse en sí mismos y no haya esclavos. Porque para Montesquieu, defensor inquebrantable de la libertad individual, esta tiene que ir enfocada, si se pretende realmente su desarrollo, a lo colectivo. De no ser así, solo unos pocos podrían disfrutar de la misma, por lo que no se estaría propugnando por implantarla en el centro de las ideas.

Os dejamos algunas de sus reflexiones sobre cómo se relaciona el comercio con cada una de estas posibles formas de gobierno, sobre riqueza y desigualdad y sobre cómo la libertad es libertad y no otra cosa que solo se le parezca:

  1. Así como la igualdad de bienes mantiene la frugalidad, de la misma manera la frugalidad mantiene la igualdad de bienes.

  2. Es cierto que si la democracia se funda en el comercio, puede muy bien acontecer que haya particulares muy ricos sin que las costumbres se corrompan. Sucede esto porque el espíritu de comercio lleva consigo el de la frugalidad, economía, moderación, trabajo, prudencia, sosiego, orden y método; en tanto subsiste ese espíritu, no causan malos efectos las riquezas que produce. El daño sobreviene cuando el exceso de riquezas destruye el espíritu de comercio; se ven presentarse entonces de repente los desórdenes de la desigualdad que antes no se habían dejado sentir.

  3. Para sostener tal espíritu se necesita que los ciudadanos principales ejerzan el comercio; que aquél reine sólo y no le entorpezca ningún otro; que todas las leyes lo favorezcan y que esas mismas leyes, dividiendo con sus disposiciones las fortunas á medida que el comercio las acumula, den á los ciudadanos pobres bastantes medios para que puedan trabajar como los demás y reduzcan á los ricos á una especie de medianía al intento de que necesiten trabajar para conservar ó adquirir.

  4. En las repúblicas mercantiles es ley excelente la que asigna á todos los hijos igual parte en la herencia de los padres. De este modo, por grande que haya sido la fortuna reunida por el padre, sus hijos, siempre menos ricos, propenden á huir del lujo y á trabajar corno su progenitor.

  5. El lujo es, pues, necesario en los Estados monárquicos, y lo es más todavía en los despóticos. En los primeros se usa con él de la parte de libertad que se posee; en los segundos constituye un abuso de las ventajas de la servidumbre, puesto que un esclavo, elegido por su amo para tiranizar á los demás, incierto todos los días de la suerte que le espera al siguiente, no tiene más felicidad que saciar el orgullo, los deseos y la sensualidad del momento.

  6. Para saber si es preciso alentar el lujo ó proscribirlo, lo primero es fijarse en la relación que hay entre el número de habitantes y los medios de subsistencia.

  7. El comercio se relaciona estrechamente con la constitución. En el gobierno de uno solo se funda de ordinario en el lujo; y aunque también lo esté en las necesidades reales, su objeto principal es procurar á la nación que lo ejerce todo lo que puede servir á su orgullo, sus delicias y sus antojos. En el gobierno de muchos se funda más comúnmente en la economía. Los negociantes, tendiendo la vista por todas las naciones de la tierra, llevan á una lo que sacan de otra.

  8. (Sobre Marsella) La esterilidad de su territorio movió á sus habitantes á dedicarse al comercio de economía. Tuvieron que ser laboriosos, para suplir los escasos rendimientos de la naturaleza; que ser justos, por vivir entre pueblos bárbaros que habían de contribuir á su prosperidad; que usar de moderación, para que su gobierno fuese siempre tranquilo, y que tener costumbres frugales, para poder vivir de un comercio tanto más fácil de conservar cuantas menos ventajas ofreciera.

  9. No consiste la libertad del comercio en la facultad concedida á los negociantes de hacer lo que quieran, lo que constituiría más bien su servidumbre. Las reglas que sujetan al comerciante no son por sí mismas trabas puestas al comercio. En los países libres es donde el negociante tropieza con más obstáculos.

  10. El negociante debe conocer siempre cuáles son sus obligaciones y conducirse en toda circunstancia según el estado de su fortuna.

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