La bolsa o la vida ¿economía o salud pública?

Mientras la tasa de infectados asciende en todo el mundo, varios países han decidido poner la economía por delante de las cuarentenas, aunque cueste vidas.

El profundo impacto económico causado por los confinamientos para combatir el coronavirus supone un precio que muchos países no quieren, o no se pueden permitir pagar.
 
De hecho, el producto interior bruto (PIB) del G20 registró en el primer trimestre del año un desplome récord del 3,4% respecto de los tres meses anteriores, cuando había crecido un 0,6%, lo que representa la mayor caída de la actividad entre las principales economías mundiales de toda la serie histórica, superando ampliamente la contracción del 1,5% en el primer trimestre de 2009, el peor momento de la crisis financiera mundial, según los datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Los gobernantes se enfrentan ahora a un dilema, ¿qué es peor? ¿Afrontar una crisis económica sin precedentes, pero protegiendo la salud de la población o mantener la actividad económica a toda costa, aún sabiendo que puede suponer la muerte de decenas o de cientos de miles de personas?

“Lo siento mucho por los muertos, pero a todos nos llega"

En Brasil, donde el número de casos y de muertes no deja de ascender, el presidente Jair Bolsonaro, lo tiene tan claro que ha realizado las siguientes declaraciones: “Lo siento mucho por los muertos, pero a todos nos llega, antes o después”. La crudeza de las palabras de Bolsonaro puede tener que ver con que gran parte de la economía de Brasil depende de mano de obra presencial que, directamente, no tiene medios para soportar un confinamiento prolongado. Ni medios, ni voluntad para implementar medidas de alivio que implican un gran gasto público y una decidida apuesta por establecer préstamos, subsidios y ayudas para que la población pueda soportar un parón de estas características.
 
Tal es parece ser el caso de México, donde no hay puesta en marcha ninguna medida de alivio como en otros países y la cuarentena se ha levantado antes de lo que recomiendan los epidemiólogos. “Tenemos que afrontar la nueva normalidad porque la economía nacional y el bienestar de la gente dependen de ello”, declaró el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador. Si bien es cierto que el dirigente mexicano lleva desde el principio de la pandemia minimizando su importancia y que la curva de contagios en México no baja, sino que sigue en ascenso. Pero lo cierto es que el confinamiento está provocando situaciones donde hay hogares que no tienen absolutamente ningún ingreso, ninguna ayuda y que están -literalmente- pasando hambre.
 
Lo mismo ocurre en otros países de Iberoamérica, donde la gente pide por la calle que les lancen comida desde los balcones o cuelgan en sus ventanas banderas rojas o blancas para indicar que no tienen nada que comer. En algunos casos las fuerzas de seguridad y los servicios sociales les pueden ayudar, en otros sus vecinos; en muchos, absolutamente nadie.

Cruzando los dedos por un tratamiento

En Asia, países como India, Pakistán, Bangladesh o Irán han reconocido directamente que no pueden permitirse seguir cerrados y que se ven obligados a reabrir. Y aunque la catástrofe humanitaria también tendrá devastadoras consecuencias económicas, estas se prevén a un plazo mayor que el de las de implantar y mantener el confinamiento de la población. Muchos países están apostando a la desesperada por evitar el colapso económico y que surja pronto un tratamiento o vacuna antes de que el colapso humanitario sea también insostenible.
 
Otra apuesta es la de dejar que la enfermedad se expanda hasta que haya suficientes personas que se hayan inmunizado, de tal manera que el virus no pueda transmitirse tan rápidamente. Lo que se conoce como “inmunidad de grupo”. Pero los países que han tratado de ponerlo en marcha, como Reino Unido y Suecia, han comprobado cómo no sólo no daba el resultado deseado, sino que el colapso de su sistema sanitario se aceleró.
 
Y, sin embargo, países que pueden permitirse periodos de cuarentena o confinamiento han decidido reabrir, pese a ser conscientes del enorme coste humano que puede suponer, como es el caso de Rusia, en el que las autoridades afirman que ya ha pasado lo peor, pese a los datos que dicen lo contario, o los Estados Unidos, donde la curva de contagios, lejos de bajar, tiene forma de meseta. Aún así, su presidente, Donald Trump, ha afirmado que: “Los habitantes de este país son guerreros, echando un vistazo [a la situación] y sin decir que haya nada perfecto. ¿Qué habrá gente afectada? Sí. ¿Qué habrá gente muy afectada? Sí. Pero debemos tener el país abierto y tenemos que abrirlo pronto”. Estados Unidos tiene más dos millones de personas contagiadas y, al menos, 113.000 muertos. 

Carlos Hidalgo

Carlos Hidalgo

Ansioso por aprender. Intento ser periodista. Subproducto cultural del cuñadismo New Age. Antes ha pasado por las redacciones de 'El Plural' y en 'El País'.

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