La parábola del enchufe: hegemonía regulatoria de la UE

De cómo un enchufe puede explicar el potencial y los límites de esa extraña superpotencia que es la Unión Europea.

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Peter Schrank / The Economist

El enchufe británico es una maravilla del diseño. Lleva aislamiento hasta la mitad de las patillas, lo que hace que sea prácticamente imposible recibir una descarga eléctrica, incluso si no está metido del todo en la toma de corriente. Los dos orificios que suministran la electricidad permanecen cerrados y no se abren hasta que no se ha conectado la toma de tierra. Así, un niño que esté aprendiendo a gatear no podrá electrocutarse por mucho que se esfuerce. También está pensado para que, si se pega un tirón, los dos cables que llevan energía eléctrica se desconecten antes que la toma de tierra. De este modo, la posibilidad de achicharrarse se reduce aún más. Es probablemente el enchufe más seguro del mundo, a menos que uno lo destroce a pisotones. Y, sin embargo, aparte del Reino Unido y unos pocos países antaño gobernados por el Imperio británico, el magnífico enchufe de las Islas ha sido desechado en favor de unos chismes endebles y a menudo peligrosos de dos patillas.

Aparte del Reino Unido y unos pocos países antaño gobernados por el Imperio británico, el magnífico enchufe ha sido desechado en favor de unos chismes endebles y a menudo peligrosos de dos patillas

Tal como sugieren las ventas de adaptadores eléctricos, hace falta más que un buen diseño si se quiere que determinados estándares se adopten a nivel global. Para contar con esa fuerza es necesaria una alquimia de influencia reguladora y poder de mercado que el Reino Unido no posee. Es una mezcla, sin embargo, que la Unión Europea ha llegado a dominar a la perfección. Todo, desde la producción de madera en Indonesia hasta la privacidad de Internet en América Latina, lo decide ahora una patulea de burócratas, diplomáticos, europarlamentarios y lobistas en el centro de Bélgica. Es lo que Anu Bradford, de la Columbia Law School, ha bautizado el “Efecto Bruselas” en un libro del mismo nombre en el que explica cómo, pasito a pasito, la Unión Europea se ha convertido en una superpotencia reguladora.

Hace falta más que un buen diseño si se quiere que determinados estándares se adopten a nivel global

La UE, que no es una superpotencia en el sentido tradicional de la palabra, consigue apuntarse este éxito de tres maneras. En primer lugar, el mercado del continente europeo es tan enorme –aproximadamente un quinto del Producto Interior Bruto global, según los tipos de cambio del mercado–, que los productores no pueden prescindir de él por muy onerosa que sea su legislación. Luego, a diferencia de Estados Unidos, cuyo objetivo es una regulación suave, Bruselas se regodea en la aprobación de normas muy estrictas. Parece haber un cierto orgullo en contar con las leyes más severas sobre cualquier tipo de asunto, desde la privacidad hasta el medio ambiente. Por eso, si una compañía quiere vender sus productos en todo el mundo, en lugar de perder dinero fabricando un montón de versiones distintas se ve obligada a atenerse a los estándares europeos. Estos dos factores combinados dan lugar a un tercer modo de influir en el mercado global, ya que muchas veces las empresas presionan a sus propios gobiernos para que endurezcan su regulación hasta adaptarla a los niveles europeos, no vaya a ser que algún competidor les tome la delantera produciendo artículos de poca calidad destinados solo al mercado nacional. De esta forma, el Efecto Bruselas ha convertido a la Unión Europea en una máquina legislativa que se autoperpetúa

Muchas veces las empresas presionan a sus propios gobiernos para que endurezcan su regulación hasta adaptarla a los niveles europeos

Mientras cada vez más naciones y negocios globales se ven abducidos por este rayo tractor sónico, hay un país que trata de escapar: el gobierno británico de Boris Johnson celebra la diversidad en un momento en el que lo que se lleva es la uniformización de la normativa europea. El Reino Unido quiere forjar relaciones con países que se encuentran fuera de Europa, pero a menudo estos países se mueven en la dirección opuesta. Globalización significa, cada vez más, europeización. Gran Bretaña puede tratar de seguir su camino sola dentro de su propia esfera regulatoria, pero probablemente tendrá tanto éxito como con el enchufe de tres patillas.

Globalización significa, cada vez más, europeización

La última manifestación del Efecto Bruselas ha llegado en forma de otro tipo de enchufe. La Comisión Europea está planteándose obligar a las compañías fabricantes de móviles a adoptar una clavija universal para todos los cargadores. A Apple, que usa sus propios diseños, este cambio no le hace ninguna gracia. Los detractores de la propuesta temen que las compañías tengan que seguir utilizando cargadores ya obsoletos hasta que se apruebe el cambio. Pero es muy probable que las quejas de Apple no vayan a ninguna parte y, al final, se vea obligada a decidir entre aceptar la norma solo en la Unión Europea o cambiar la clavija en todos los mercados. Esta última opción será seguramente la menos costosa y, a diferencia de lo sucedido con su pariente británico, la nueva clavija tiene muchas posibilidades de convertirse en global, con independencia de que sea o no una buena idea.

Bruselas puede torcer la voluntad de gigantes como Apple, pero ser una superpotencia solo en el aspecto regulatorio tiene también sus límites. Cuando, a principios de este año, Estados Unidos mató al comandante iraní Qasem Soleimani, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, convocó a su gabinete y, de forma bastante extraña, los comisarios responsables de asuntos tales como la demografía, la juventud y la salud tenían voz y voto en el tema de una posible guerra en Oriente Próximo. Cuando se trata de poder blando y de marear la perdiz con la clavija del cargador, a la Unión Europea no le gana nadie. Pero, si se habla de poder duro, la Unión Europea recuerda la descripción que hizo el guitarrista de Oasis, Noel Gallahger, de su hermano Liam: “Un hombre con un tenedor en un mundo de sopa”.

Cuando se trata de poder blando y de marear la perdiz con la clavija del cargador, a la Unión Europea no le gana nadie

Incluso en los sitios en los que Bruselas realmente parte el bacalao, los beneficios no son tan evidentes. La Unión Europea fija cada vez más las normas de Internet, pero las que hacen caja son principalmente las grandes compañías americanas (y el gobierno de Estados Unidos, que es el que recauda los impuestos). No cabe duda de que Facebook y Google son lo suficientemente grandes como para digerir cualquier regulación que se les imponga, pero a las compañías europeas más pequeñas esta normativa se les puede acabar atragantando. Aparte de producir lobistas con un nivel de vida estratosférico y mantener restaurantes de lujo en el barrio de negocios europeo de Bruselas, las ventajas de este estado de cosas no parecen a veces tan claras.

La ganancia no es solo limitada, sino también de corto vuelo. El dominio regulador de la Unión Europea es un asunto reciente. Y los cimientos sobre los que ha construido su poder se tambalean. La UE es todavía uno de los mayores mercados mundiales, pero es muy probable que la cuota que mantiene en la economía global disminuya en las próximas décadas. Y, a medida que se reduzca, decrecerán también los incentivos para seguir los dictados de Bruselas.

De Bruselas a Pekín

Los avances tecnológicos pueden debilitar aún más ese poder. Fabricar un aparato complejo adaptado a diferentes estándares cuesta mucho dinero porque exige reorganizar toda la producción. Si la impresión 3D se generaliza, es posible que los costes de cumplir al mismo tiempo con la normativa europea y con otras distintas se reduzcan. En algunas áreas, los estándares elevados tienen visos de convertirse en una maldición, más que en una virtud. Con la inteligencia artificial, las compañías sometidas a regímenes regulatorios menos estrictos pueden acabar haciéndose con un liderazgo inalcanzable por la vía de una experimentación poco ética. “Lo que hoy se conoce como el Efecto Bruselas puede acabar siendo el Efecto Pekín”, advierte Bradford. Cabe imaginar que estos cambios quedan aún lejos. Los países se ven cada vez más obligados a elegir una esfera de influencia. Cuando las otras opciones son un Estados Unidos errático y una China no democrática, la Unión Europea tiene algo que ofrecer. Pero la hegemonía pocas veces dura y no es probable que la supremacía regulatoria europea vaya a ser una excepción. Hasta los más altos estándares pueden acabar siendo ignorados. Y si no, veamos lo que pasó con el enchufe británico.

© 2020 The Economist Newspaper Limited. Todos los derechos reservados. Perteneciente a Economist.com, traducido por Rodrigo Brunori, publicado bajo licencia. El artículo original, en inglés, se puede encontrar en www.economist.com