Liderazgo femenino: virtudes de las mujeres en altos cargos, ¿son iguales a los hombres?

Tal vez te sorprenda, pero la sociedad prehistórica era más igualitaria que la de nuestros días

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No fue hasta el Neolítico, con el desarrollo de la agricultura, cuando se inició una brecha que ha durado miles de años. Y si bien es cierto que en el último siglo y medio se han alcanzado grandes logros para que la mujer recupere la posición que le corresponde –en muchos países hemos logrado la igualdad legal–, aún nos queda a todos mucho camino por recorrer para acabar con la discriminación de género.

Los antropólogos creemos que en la prehistoria existía igualdad de género. La educación de las crías era asumida por el grupo, porque apenas era conocida la paternidad: las relaciones sexuales no eran controladas por la comunidad y las mujeres eran más o menos libres. Se implicaban emocionalmente como seres humanos que eran, pero las relaciones no eran duraderas. Debemos tener en cuenta que en esta época las hembras copulaban con varios machos y no se era consciente de la relación que existe entre el coito y el embarazo. Por lo tanto, el único parentesco conocido para los seres humanos durante muchos miles de años fue la maternidad, lo que convirtió a este sexo en una figura fundamental de su cosmovisión. En esta, las mujeres tenían un gran poder y los dioses eran femeninos, algo que sabemos gracias al descubrimiento de los primeros poblados que fundaron cazadores-recolectores del Neolítico en Turquía, en Göbekli Tepe y Çatalhöyük, hace 12.000 y 7.500 años, respectivamente. En ellos se han encontrado representaciones de mujeres y una diosa madre sentada en un trono, mirando al frente y desnuda. Pero, según se desarrollaba la agricultura y aquellos hombres y mujeres se adentraron aún más en el Neolítico, comenzó una era de decadencia de lo femenino y de su poder.

Historia del liderazgo femenino

Una de las creencias clásicas de los antropólogos sobre la “superioridad masculina” es que, a diferencia de las mujeres, los hombres sí pueden defender a la comunidad y cazar; mientras que ellas, por su menor fuerza y condición biológica, se dedicaban a recolectar y mantener el fuego. Los embarazos, periodos de lactancia y cuidado de las crías supuestamente les impedían participar en estas otras actividades, que eran las que procuraban una dieta rica en proteínas y calorías. 


Pero existen muchas excepciones que ponen en duda esta hipótesis. Así, por ejemplo, el papel de las mujeres en algunas tribus como los agtas, en Filipinas, es equiparable al masculino: ellas participan de la caza y en otras actividades típicas de sus compañeros, incluso durante los primeros meses de embarazo; y no solo cazan pequeñas presas, sino también monos, cerdos y venados, como cualquier hombre. Asimismo, las mujeres son parte importante de la vida política y tienen igual poder de decisión que ellos.

La desigualdad no depende exclusivamente de la división del trabajo o la contribución de la mujer a la subsistencia como pensaba el filósofo alemán Friedrich Engels (1820-1895). Sin embargo, sí se da una correlación entre el poder político que ellas tienen y el grado en que controlan los recursos distribuidos o gestionados fuera de la familia; o sea, su participación en el comercio, ya que se trata de un asunto público. Este factor puede ser más certero, ya que las mujeres agtas también están involucradas en el comercio y no hay una autoridad formal. Las decisiones se toman en asambleas por medio del consenso.

En las comunidades donde las mujeres gestionan los mercados y el tráfico de las mercancías, su estatus social y capacidad para maniobrar son mayores. En el caso de algunos países andinos, la antropóloga Linda Seligmann, de la Universidad George Mason (EE. UU), detectó que la economía informal de las mujeres que trabajan en mercados al aire libre, como los de Cuzco (Perú), las unió y dio poder de influencia política. A veces, la economía invisible y las redes sociales que establecen las previenen de Gobiernos e instituciones corruptas que empeoran su situación. Precisamente fueron estas vendedoras de Cuzco quienes estuvieron políticamente activas y presionaron al presidente Alberto Fujimori durante su mandato para que llevara a cabo reformas.

En cuanto a las fuentes de poder formales, una de ellas es el estrato social familiar, porque se hereda. También afectan al poder de las mujeres los patrones o las normas sobre lo que debe hacer una persona cuando llega a la madurez o cuando se casa. Las sociedades tradicionales suelen tener reglas sobre quién debe irse de la aldea o el pueblo una vez la pareja ha contraído matrimonio. Por ejemplo, en las patriarcales, las mujeres pasan a formar parte del linaje del marido después del matrimonio, de manera que abandonan su condición de hijas y hermanas, así como el estatus y la protección que su familia les proporciona, para asumir la condición de esposa y pasar a ser dominada por los hombres de su familia política. Es el caso de los samburus, que viven en Kenia y constituyen una sociedad de pastores gobernada por hombres en la que ellas deben irse a vivir con los parientes del marido. Esto anula sus alianzas familiares y provoca que pierdan todo margen de maniobra. Por el contrario, para el pueblo khasi, en la India, el patrón de convivencia posmarital es diferente: la esposa puede quedarse en el pueblo o irse a uno nuevo. Esta norma otorga más poder a la mujer, ya que se queda con su red social y familiar. Abuelas, madres y hermanas viven juntas toda la vida, y eso les permite apoyarse las unas a las otras.

Los estudios antropológicos contemporáneos demuestran que los humanos seguimos usando el matrimonio como una estrategia para ascender socialmente. Existe una tendencia a casarnos con personas de nuestro mismo estatus o superior, porque esto incrementa nuestras posibilidades de supervivencia.

Pero el poder de las mujeres no siempre es oficial. En las sociedades más complejas y patriarcales, las fuentes de las que emana el poder son informales o indirectas. Por ejemplo, en la aldea de Conambo, en el Amazonas ecuatoriano, conviven dos etnias: una está formada por descendientes de los záparos, y la otra, por los achuares. Las mujeres de ambas comunidades han logrado ascender de estatus gracias a sus habilidades diplomáticas. En este lugar, ellas son políticamente más relevantes y se detecta un potente liderazgo femenino. Su poder proviene precisamente de su capacidad para desarrollar alianzas con la facción opuesta y para mantener las que ya poseen dentro de la suya. Una red social que los hombres no son capaces de tejer. Estos tienen lazos con otros de su facción, pero no mantienen apenas comunicación con los de la contraria.

Por lo tanto, esta habilidad para la negociación y la mediación es una de las ventajas del liderazgo femenino. De hecho, en Conambo, a la mujer con capacidades para dirigir al resto se la llama amu –en quechua– o junn –en achuar–. Son conciliadoras e intervienen en todo tipo de conflictos: desde los derechos de acceso a las tierras comunales hasta demandas de paternidad. Su estatus político depende de estas habilidades para saber organizar a la gente, dirigir las acciones de otros, solucionar conflictos, hablar bien y ser persuasivas.

Otro ejemplo de poder informal y liderazgo femenino en la sombra lo tenemos en la Confederación Iroquesa, que habitaba en Norteamérica hasta que fue destruida en 1779. A pesar de ser un grupo de tribus muy violentas, de las que no se esperaría una igualdad entre géneros, lo cierto es que las mujeres fueron muy poderosas. Las guerras contra los europeos y las largas temporadas de caza obligaron a los hombres a estar ausentes la mayor parte del año. En este nuevo escenario, ellas mantuvieron la continuidad de la unión iroquesa y no les quedó otra salida que hacerse con el mando. Ordenaban los matrimonios y proporcionaban la mayor parte del alimento, y también decidían su distribución. Su poder no provenía de ninguna ley, solo fue la consecuencia de un momento histórico. Al quedarse juntas, tenían un alto estatus social y compartían su influencia. Estaban en una situación de igualdad frente a los varones.

Algo similar ocurrió con los mosous de China. Fueron tantos los hombres que, o bien murieron en las guerras, o bien se hicieron monjes budistas, que las mujeres eran las que cuidaban de los campos, recogían las cosechas y se encargaban de alimentar a las familias; pero lo más importante es que tenían la autoridad para crear e imponer normas.

Ventajas del liderazgo femenino

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En general, el liderazgo ejercido por mujeres posee muchas ventajas, según las evidencias obtenidas de las investigaciones con ciertas sociedades tradicionales. Pero ¿qué pasa en las organizaciones modernas? Los resultados demuestran que las habilidades que poseen y las estrategias que emplean coinciden con las de esas otras mujeres que forman parte de comunidades de cazadores-recolectores y tribus.

Una investigación conducida por J. Brad Chapman, experto en dirección y profesor de la Universidad de Nebraska Omaha (EE. UU.), cuyo objetivo era descubrir las diferencias de liderazgo que existen entre hombres y mujeres en organizaciones o empresas, obtuvo conclusiones interesantes. Cuando ellas quieren influir en las decisiones y los objetivos del grupo, tienden a usar estrategias más flexibles y forman coaliciones, mientras que los hombres son más interesados y se aprovechan de esas alianzas para mejorar su estatus personal.

También la psicóloga estadounidense Alice Eagly llevó a cabo una revisión a partir de los cientos de artículos e investigaciones sobre el liderazgo femenino que existen. Los metaanálisis descubrieron que la forma de actuar de la mujer es más de tipo interpersonal. Es decir, se comunica con muchos miembros, mientras que ellos están más centrados en la tarea y sus relaciones son más limitadas. Las habilidades sociales de las mujeres eran superiores, y se mostraban más democráticas e invitaban a participar en más ocasiones a los compañeros. Estos, por el contrario, eran evaluados como más autoritarios y directivos. Pero cuanto más se ascendía en la jerarquía de la organización, en los puestos más altos de dirección, las diferencias en el estilo eran menores en cuanto al uso del poder. La razón puede estar en que, en los procesos de selección de altos directivos, las cualidades deseadas o criterios que se aplican son los mismos para ambos y están diseñados originalmente para hombres.

Otros estudios sobre liderazgo femenino conducidos por el equipo de Eagly incluyeron en sus análisis otras formas de entender el buen liderazgo al integrar conceptos que se manejan hoy en día en el mundo de las organizaciones. Es el caso del llamado liderazgo transformacional, que, según sus ideadores –James MacGregor Burns y Bernard Bass–, consiste en pensar más en el largo plazo que en el presente, motivar a los empleados mediante el estímulo de su creatividad y ser un ejemplo para ellos. Y también el del liderazgo transaccional, que subraya la habilidad de un líder para establecer recompensas, transmitir adecuadamente las tareas a cada sujeto, realizar intercambios con los subordinados y preocuparse además por los intereses individuales de los trabajadores. En ambos modelos, las mujeres obtenían mayor correlación en esas aptitudes, así como en las actitudes, ya que el mismo estudio delató que los hombres son más propensos a tener estilos pasivos de liderazgo o a intervenir solamente cuando el problema ya es demasiado grande.

Adicionalmente, Eagly detectó algo muy interesante sobre la opinión que se tiene de las mujeres en puestos de responsabilidad en nuestras sociedades y que delatan reminiscencias de la antigua dominación masculina. Para los grupos, independientemente del género del entrevistado, ellas eran peor aceptadas como jefas en determinadas circunstancias, como cuando, por ejemplo, les tocaba mandar o ser autoritarias. En otras palabras: son mal vistas cuando se comportan como lo hace un hombre y son penalizadas cuando ocupan cargos típicamente masculinos. Debido a estos resultados, se llegó a la conclusión de que las mujeres tienen que demostrar más que los hombres cuando llegan a un nuevo puesto de trabajo con responsabilidad.

Las raíces de todas estas capacidades más desarrolladas en las mujeres tienen un origen ancestral. Resaltan sus capacidades diplomáticas, ya que son más eficaces a la hora de cohesionar al grupo y frenar la agresividad de los hombres, un deseo e impulso que parece innato en ellas. La razón es que las hembras de mamíferos sociables llevan millones de años más preocupadas por el equilibrio del grupo. Las mujeres, de manera inconsciente, actúan así debido a que ellas y sus crías son las más vulnerables cuando viven en un colectivo que pierde el control o se sumerge en una guerra.

 

Este artículo original salió publicado en la revista Muy Interesante nº 444.

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