Los bancos centrales abandonan la ortodoxia y se adentran en lo desconocido

Reguladores y gobiernos se ven forzados a improvisar para abordar una crisis económica nunca antes vista, en la que una pandemia ha obligado al cierre prolongado y casi simultáneo de los mercados de todo el mundo.

Representación artística de un agujero de gusano
Representación artística de un agujero de gusano

En una de las películas basadas en la saga televisiva de Star Trek, los participantes en una conferencia de paz parafraseaban a Shakespeare brindando "por el país desconocido", que si en Hamlet se refería a la muerte, en Star Trek se trataba del futuro. Sea lo que sea, la economía en tiempo del coronavirus está bien dentro de lo desconocido. Mientras los bancos centrales se apresuran a rescatar a sus economías de la crisis derivada de la crisis humanitaria del coronavirus covid-19, empiezan a salirse de los dogmas a los que nos tenían acostumbrados en las últimas décadas y se ven forzados a innovar y a poner en marcha políticas que nunca habían puesto en práctica. Y puede que esto sólo sea el principio.
 
Enfrentados a una situación inédita, los bancos centrales se han embarcado en nuevos esfuerzos que permitan mantener los créditos fluyendo y prepararse para la recuperación en cuanto se levanten las restricciones sanitarias. Sin embargo, la doctrina de la austeridad y el control de los flujos monetarios, imperante desde mediados de los años 70 del siglo XX, ha hecho que las instituciones se enfrenten a esta crisis con las balas contadas para poder realizar políticas de estímulo. Así, los reguladores no tienen más remedio que experimentar, porque los meses y años venideros van a resultar cruciales, mientras el mundo comience a renquear de nuevo hacia el crecimiento económico.

'Ya veremos cómo nos las apañamos luego'

En los Estados Unidos, la Reserva Federal está comprando deuda municipal, bonos privados y haciendo préstamos a medianas empresas; traspasando sus propias "líneas rojas" para que los mercados de crédito sigan en activo. Por su parte, el Banco Central Europeo está comprando deuda devaluada a cambio de hacer prestamos baratos y el Banco de la Reserva de Australia está comprando deuda pública para mantener estable su prima de riesgo.
 
Todas estas políticas, más otras a lo largo de todo el mundo, van mucho más allá de las decisiones tomadas en los peores días de la crisis financiera de 2008.
 
El propio presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Jerome H. Powell ha confesado en unas declaraciones “online” que están “cruzando líneas que no se habían cruzado antes”, pese a la doctrina anterior de evitar los llamados “riesgos morales” -políticas que crean una falsa seguridad y hacen que se corran riesgos innecesarios-, la razón para reaccionar con austeridad a la crisis pasada. “Estamos en un momento en el que sólo puedes ir haciendo cosas y ya veremos cómo nos las apañamos después”, explicó Powell.
 
Uno de los motivos por los cuales gobernantes y reguladores se están adentrando en terreno inexplorado es que nunca ha habido una crisis económica provocada por el cierre simultáneo de las economías de todo el mundo por una pandemia. Así, mientras China da con cuentagotas los datos del impacto económico de la covid-19 en su economía, los Estados Unidos ya han confesado que entraron en recesión en febrero, mientras que la Comisión Europea prevé la mayor caída del crecimiento desde la Segunda Guerra Mundial. “La actividad económica cayó un tercio de la noche a la mañana”, explicó el Comisario Europeo de Economía, Paolo Gentiloni en mayo. Para colmo, la crisis nos ha pillado en periodo en el que los bancos aún mantenían una política de bajos tipos de interés, heredada de la crisis de 2008, dejándoles sin uno de los recursos ortodoxos para estimular el crédito, y la actividad económica, forzándoles a entrar en el terreno del “ensayo y error”.

'La alternativa hubiera sido peor'

Así, estas nuevas políticas se suman a una ola de políticas de gasto emprendidas por gobiernos que hace sólo unos meses eran los principales profetas de la austeridad. Alemania, Francia, los Estados Unidos, España y muchos otros países han empezado a lanzar miles de millones de euros a sus economías, ya sea a través de bajadas de impuestos, créditos baratos o ayudas directas, buscando que la política monetaria (que corresponde a los bancos centrales) y la política fiscal (que corresponde a los gobiernos) se complementen para encarrilar la economía.
 
Pero, aparte de la salida de la crisis, la fase de recuperación va a plantear sus propios desafíos y seguramente fuerce a los bancos centrales a seguir siendo creativos para evitar que las secuelas del coronavirus dañen de manera permanente sus economías o traigan una fase de retraimiento en la que los precios -en lugar de subir sin control, como se temía- se contraigan, como síntoma del decrecimiento económico. Así el BCE, junto al resto de bancos centrales del mundo, tendrá que pasar de la fase en la cual se estimulan los créditos a otra en la que tendrán que ver de qué manera se gasta el dinero para que las economías crezcan nuevamente.
 
La receta tradicional de los bancos centrales para estimular la economía era bajar los tipos de interés, así sale más barato pedir dinero prestado y menos rentable el tenerlo inmóvil en la cuenta bancaria. Pero es que tras una década de tipos de interés al 0% o negativos, esta vía está más que agotada y hay que ensayar medidas menos convencionales. Así, el Banco de Japón está comprando participaciones en fondos de inversión y el BCE ya tiene en marcha un plan de compra de bonos públicos y privados, mientras que se espera que sus equivalentes en el resto del mundo tengan que adoptar decisiones parecidas más pronto que tarde.

Los ortodoxos siguen advirtiendo contra una inflación que nunca llegó

Y, por una vez, el BCE no recriminó a España y a Italia que hayan empezado a gastar y a endeudarse para atenuar las consecuencias de una crisis que va a golpear duramente a ambos países, muy dependientes del comercio internacional y el turismo, ambos aún seriamente dañados por la pandemia. España ha vuelto a superar el 100% del PIB en su deuda, pero “las consecuencias de no gastar hubieran sido peores, declaró Paolo Gentiloni.
 
En una de sus reuniones de principios de junio, el Banco Central Europeo anunció que pondría en marcha de nuevo la máquina de imprimir billetes hasta emitir 1,35 billones de euros, para asegurar créditos baratos para consumidores y empresas de la Eurozona. Además, el banco ya prestando dinero a los bancos comerciales a tipos de interés negativo (-1%) con la condición de que estuviera destinado a créditos al consumo. El BCE está, literalmente, pagando dinero para que se realicen prestamos.
 
Mientras que se espera que la Fed (la Reserva Federal de EEUU) también desplome los tipos de interés y los mantenga así casi indefinidamente, para que los inversores tengan cierta seguridad para poner en marcha su dinero. La mayor parte de las previsiones indican que también siga con la política de compra de deuda pública y privada, aumentando el déficit de los Estados Unidos también a largo plazo.
 
Algunos de los guardianes de la -hasta ahora imperante- ortodoxia de la austeridad señalan con preocupación estas políticas, indicando que pueden causar un serio desequilibrio entre oferta y demanda que puede desembocar en lo más temido por los economistas de la escuela de Chicago: la inflación. La subida de precio de productos sanitarios y alimentos básicos es, según ellos, una prueba a favor de su teoría.

El peligro no está en que suban los precios, sino en que caigan arrastrando todo lo demás

Pero, por primera vez en mucho tiempo predomina la visión contraria, expresada en las palabras de Gentiloni: la alternativa era peor. Ahora bien, si la demanda ya daba señales de agotamiento antes del coronavirus, ¿servirán las medidas de los bancos centrales para estimular la demanda de tal manera que sirva para que la economía vuelva a arrancar con la suficiente rapidez tras haberse calado con la pandemia? Es más, ¿servirá para poder estimular la creación de empleo y mantener los precios más o menos estables?
 
Sin embargo, tras décadas de imponer austeridad para evitar una crisis inflacionaria que nunca llegó, el mayor temor de los antaño ortodoxos es ahora la deflación, que ya asomaba la cabeza antes de la crisis sanitaria. “Estoy entre los que piensan que esta crisis es esencialmente desinflacionaria, en el sentido de que algunos de los problemas que tuvimos con la baja inflación se están acumulando”, declaró el gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos.
 
¿Por qué es tan malo que bajen los precios? Pues porque puede ser señal de que los no se vende lo suficiente, debido a que la gente no tiene dinero, por lo que economía seguiría, no sólo con el freno de mano puesto, sino echando marcha atrás, lo que puede empeorar aún más la situación.
 
Y aunque unos datos del paro (en Europa y en EEUU) menos malos de lo previsto pueden indicarnos que estas políticas expansivas están empezando a dar resultados, la salida de la crisis se prevé desigual. Tan desigual que, según la propia Comisión Europea, es posible que perjudique especialmente a los países que ya estaban perjudicados por la crisis de 2008 y atados por las recetas de austeridad posteriores. Y para solucionar esto hace falta algo más que los bajos tipos de interés. Ahí entran las políticas fiscales, los salarios, las políticas activas de empleo y tal vez recuperar uno de los grandes tabús de la ortodoxia: las ayudas directas y más inversión del Estado para ponerlo todo en marcha. Unas políticas que, según el servicio de estudios de CaixaBank, serán “cruciales para evitar efectos persistentes sobre la demanda y mitigar el riesgo de deflación”.

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Carlos Hidalgo

Carlos Hidalgo

Ansioso por aprender. Intento ser periodista. Subproducto cultural del cuñadismo New Age. Antes ha pasado por las redacciones de 'El Plural' y en 'El País'.

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