Machismo y falta de responsabilidad: la cultura del cuñado en Silicon Valley

Los magnates tecnológicos del siglo XXI acumulan enormes cantidades de dinero y de poder, que ejercen con poca o ninguna responsabilidad

En 1955 el creador de James Bond, Ian Fleming, escribió su novela Moonraker, donde el agente británico investigaba a un insólito villano: Hugo Drax, alguien que se había hecho tan rico que era capaz de mantener su propio programa de cohetes privado y que era un posible riesgo para la seguridad del Reino Unido. Hoy en día ese argumento, que en su día era tan exótico, resulta que es una realidad. Y que no es uno, sino dos magnates los que tienen un programa espacial pagado de su bolsillo y gestionado de acuerdo a sus intereses privados: Elon Musk, exfundador de PayPal y dueño de la empresa automovilística Tesla, y Jeff Bezos, el dueño de Amazon.

Los magnates a lo Hugo Drax ya no existen sólo en las páginas de las novelas de Fleming, sino que son una realidad y controlan a nivel mundial, no sólo sectores económicos estratégicos, sino el ejercicio de diferentes derechos y libertades a escala global. No todos son -como Drax- villanos, pero sí muchos ejercen su enorme poder sin ser conscientes de sus competencias o con abierto desprecio a las leyes por las que nos regimos el resto de los mortales.

Ávidos de datos y, literalmente, de sangre

Otro exfundador de PayPal, Peter Thiel, controla Palantir, una empresa que rastrea las redes mundiales y es capaz de conseguir los datos de casi cualquier persona; desde el punto geográfico exacto donde se encuentra a sus opiniones políticas. Palantir no tiene más norma ética que la de servir a quien le pague, por lo que uno sólo puede encomendarse a la deidad de su elección para que nadie quiera poner el microscopio sobre uno mismo. Thiel, además, es conocido por su mal carácter e invirtió más de ocho millones de dólares en demandas sólo para acabar con un medio de comunicación con el que no simpatizaba, la extinta revista digital Gawker. Todo esto sin personarse en los tribunales, sino patrocinando una demanda del exluchador de lucha libre Hulk Hogan contra el medio hasta que le llevó a la quiebra.

Thiel, simpatizante declarado de Donald Trump, ha expresado más de una vez su deseo de que los megarricos como él puedan vivir en barcos-islas que naveguen por aguas internacionales y no estén sometidos a las molestas leyes estatales (y a sus correspondientes impuestos). Elon Musk tiene un proyecto parecido, sólo que él espera vivir y trabajar desde Marte. Thiel también es conocido por haberse interesado en proyectos de prolongar la juventud, consistentes en inyectarse la sangre de personas más jóvenes.

El presidente y fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, ha tenido en sus manos proteger al mundo de manipulaciones electorales, venta de datos personales, noticias falsas y mensajes incitando al genocidio (como en Myanmar) e hizo poco o nada. Y en sus comparecencias ante el Senado de los Estados Unidos, no pareció entender del todo que su red social pudiera condicionar la manera en la que miles de millones de personas en el mundo ejercen sus derechos fundamentales.

Aunque estos sean nombres concretos, son sólo ejemplos de una cultura que permea a casi todo el sector tecnológico donde hombres con pocas habilidades sociales y escasa sensibilidad tienen una enorme influencia sobre la vida de los demás.

Machismo disfrazado de apertura de miras

La periodista de Bloomberg, Emily Chang, describe en su libro “Brotopia” un ambiente en Silicon Valley donde un montón de hombres que se consideran a sí mismos progresistas y abiertos de ideas, estimulan comportamientos sexistas, soluciones simples a problemas complejos e interminables series de fiestas alimentadas por drogas varias.
 
En 2018, la empresa de medios SourceMedia hizo una encuesta acerca de esta “Bro Culture” -en español se podría traducir como “Cultura del machote” o “cultura del cuñao”- a 386 personas que trabajan en el sector tecnológico.

Los resultados no avalan las protestas que despertó el libro de Chang: el 12% de las personas entrevistadas afirmaron haber sufrido avances sexuales no deseados en el trabajo, el 16% el haber sido testigos de estos y el 42% conocer incidentes de acoso sexual sufridos por otras personas.

“Muchos participantes no se sienten avergonzados y mucho menos arrepentidos” de las situaciones de acoso sexual, explicó Chang a Vanity Fair. “Al contrario, hablan con orgullo de cómo han transgredido la tradición en sus vidas privadas, de igual manera que hacen con la tecnología que producen”. Y compartir esta supuesta “mentalidad liberal” para el sexo supone que muchas mujeres se sienten obligadas a pasar por el aro si quieren entrar en una industria donde aun son minoría si quieren, al menos, tener una oportunidad.

Carlos Hidalgo

Carlos Hidalgo

Ansioso por aprender. Intento ser periodista. Subproducto cultural del cuñadismo New Age. Antes ha pasado por las redacciones de 'El Plural' y en 'El País'.

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