En la nueva Guerra Fría las armas son los chips

China y Estados Unidos se disputan la supremacía global a golpe de inteligencia artificial. Europa necesita reaccionar si no quiere ser irrelevante en este campo

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Internet es hijo de la Guerra Fría. Su primera encarnación fue ARPANET, la red académico-militar creada por la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de EE. UU. a finales de los años sesenta. Sus antecedentes se hallan en el sistema de estaciones de radar computarizado diseñado por el MIT unos años antes para alertar de un ataque nuclear soviético. Se llamaba SAGE (Semi-Automatic Ground Environment) y funcionaba como una red capaz de transmitir información al instante entre distintos puntos. Todas las empresas que participaron en su desarrollo eran estadounidenses. IBM hizo los sistemas de computación; Burroughs puso las comunicaciones; Western Electric diseñó y construyó las veintitrés torres de control que harían de nodos; y el Laboratorio Lincoln integró el sistema. La idea de externalizar la fabricación de sus componentes para ir más deprisa y abaratar los costes de producción habría parecido suicida. ¿Poner la seguridad nacional en manos del enemigo?

China, la fábrica tecnológica del mundo

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Hoy la tecnología se fabrica en China. El 90 % de los dispositivos electrónicos, incluidos móviles, portátiles y servidores, vienen de allí. Hasta ahora todo parecían ventajas. Las políticas neoliberales de la década de los noventa desviaron la producción a países subdesarrollados donde la ausencia de regulación laboral favorecía ciclos de vida cada vez más cortos de productos cada vez más baratos. Y el primer mundo se reservaba la inteligencia, en forma de marcas y patentes. El tercero solo ponía el músculo.

Pero el pasado octubre, una investigación de la compañía estadounidense Bloomberg reveló que las placas base de los servidores de Super Micro Computer, Inc., un hardware habitual en la nube de Amazon, Apple y numerosos ministerios de Defensa, habían sido infectadas con microchips espía del ejército chino durante su fabricación. Las empresas mencionadas negaron haber sido intervenidas. Los especialistas en seguridad internacional y tecnología de vigilancia coincidieron en que el ataque era técnicamente viable y políticamente probable. China es un músculo con dientes... y con cerebro. En mayo de 2017, cuando Ke Jie, considerado el mejor jugador de Go de la historia, fue vencido por AlphaGo –el algoritmo de inteligencia artificial (IA) de Google– en tres partidas, el Gobierno chino tuvo su momento Sputnik. La tecnología los había machacado en su propio juego. Xi Jinping, presidente del país, activó un programa para el desarrollo de la IA que ya se ha puesto a la altura de Estados Unidos. Ha contado con dos grandes ventajas competitivas para hacerlo: un Gobierno totalitario y una cuarta parte de la población mundial.

Una amenaza invisible pero omnipresente

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A diferencia del hardware, la IA resulta invisible, pero es omnipresente y gestiona todos los aspectos de nuestra vida. Es micro y es macro, existe en lo crítico y en lo banal. El mismo algoritmo que determina el precio de nuestros billetes de avión de forma exclusiva para nosotros en función del mercado, la estadística y nuestro historial de búsquedas es el que decide el precio del suelo en las grandes ciudades. El algoritmo que calcula el valor de nuestro seguro médico es el mismo que condiciona el desarrollo de vacunas contra las superbacterias.

El mismo asistente virtual que te ayuda a ser más estiloso es el que hace fluctuar el precio del algodón en Bangladés. Se ha infiltrado en los transportes, los hospitales, las finanzas y los mercados. Decide quién merece un trasplante, un crédito bancario o un disparo mortal desde un dron. Con dos potencias mundiales compitiendo por dominar el mercado mundial de esos algoritmos, podemos hablar de una nueva guerra fría.

Las desventajas de Europa

Europa es una potencia que no fabrica hardware ni posee los servicios de inteligencia más fuertes, pero depende de estos dos factores. Francia ha empezado a blindarse con restricciones a la inversión extranjera en ciberseguridad, robótica, IA, semiconductores y servidores de datos. Pero no basta con bloquear nuestras bases de datos, vigilar cada placa base que entra y poner aranceles. Necesitamos construir nuestras propias herramientas. Podría ser el momento Sputnik de Europa. Podría ser el momento de inventar una nueva Red.

Artículo publicado en ‘Muy Interesante’ nº 453
Marta Peirano

Marta Peirano

Su último libro 'El enemigo conoce el sistema' (Debate, 2019) analiza las consecuencias de la economía de la vigilancia y su impacto en las campañas políticas. Su charla TED '¿Por qué me vigilan si no soy nadie?' ya tiene más de 2,5 millones de visitas

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