Qué pasaría si las abejas se pusieran en huelga

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Es una fantasía hipotética que nos sirve para visualizar el valor económico de estos insectos. Según datos de diversas organizaciones medioambientales, dicha tasación está calculada, a nivel mundial, en 250.000 millones de euros. De ese coste laboral, Europa debería aportar unos 22.000 millones y España 2.400 millones: cada uno de nosotros les debemos a las abejas 53 euros al año por su trabajo.

Más de las tres cuartas partes de los principales tipos de cultivos alimentariosmundiales se benefician de la polinización por insectos (no solo abejas). Estos himenópteros contribuyen además a la producción de medicamentos, biocombustibles, fibras naturales, materiales de construcción, instrumentos musicales, artesanía..., según el informe sobre polinizadores y producción alimentaria del ipbes, una institución internacional auspiciada por Naciones Unidas. No es de extrañar que la Royal Geographic Society británica nombrara en 2009 a las abejas “la especie más valiosa de la naturaleza”.

A pesar de ello, diversas amenazas causadas por el ser humano las están poniendo en peligro. Según un reciente artículo publicado en la revista Science, en 2050 unos cinco mil millones de personas en todo el mundo podrían experimentar pérdidas en la producción agrícola debido a la escasez de polinizadores.

El de las abejas es solo uno de los muchos ejemplosque demuestran por qué debemos proteger la biodiversidad, una extraña palabra —el 59 % de los ciudadanos europeos nunca la ha oído o no sabe qué significa, según el Eurobarómetro— que no significa otra cosa que “la diversidad de recursos vivos del planeta. Más que solo una cantidad es la pluralidad de genes, de hábitats, de especies…”. El responsable de esta explicación es Unai Pascual, economista del centro de investigación Ikerbasque y uno de los responsables del artículo de Science.

El científico vasco es además uno de los responsables de “La Evaluación Global sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas”, el informe científico más importante realizado hasta la fecha sobre esta cuestión. Elaborado conjuntamente con el ipbes (Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services), señalaba que más de un millón de los ocho millones de especies vegetales y animales conocidas se encuentran en peligro de extinción a nivel global, un fenómeno “sin precedentes” y “acelerado”, destacaban. “Sabemos que si se empobrece tiene efectos en cascada importantes en cómo la naturaleza puede proveernos recursos. Damos por hecho que la naturaleza nos los da sin más, pero hay un equilibrio muy frágil que depende de la biodiversidad. Es el seguro de vida de la humanidad”, subraya Pascual.

Desde la Fundación Biodiversidad, del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, recuerdan que la rentabilidad de sectores como el forestal, pesquero, agrícola o turístico está muy claramente ligada a la salud de los ecosistemas. Otras industrias, como la farmacéutica o la cosmética, dependen del material biológico y los recursos genéticos para fabricar sus productos. Por ejemplo, el sector farmacéutico mundial depende entre un 25 % y un 50 % de la biodiversidad. Otras empresas se inspiran en la naturaleza para diseñar nuevos productos o tecnologías. Es la denominada “biomímesis”, con múltiples ejemplos: paneles solares inspirados en hojas, sistemas de refrigeración basados en termitas, fibras resistentes que imitan las telas de araña, etcétera.

Según el estudio, las consecuencias socioeconómicas de la disminución de biodiversidad serían graves

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) calculó recientemente los “elevados” costes de la “inacción” en conservación de la biodiversidad: de 1997 a 2011 el mundo ha perdido entre 3,63 y 18,13 billones de euros al año en servicios ecosistémicos. El 40% de la economía mundial depende de un ecosistema sano y biodiverso, según datos de la Fundación Biodiversidad, que destaca que “conservar la biodiversidad es una necesidad. Si queremos beber agua, respirar aire y alimentarnos, necesitamos que la naturaleza funcione. Y si rompemos ese equilibrio, tendremos problemas, pero el planeta Tierra se autorregulará y seguirá vivo sin nosotros”.

Otra forma de ver la importancia de la biodiversidad: comprobar el ahorro económico que supone invertir en ella. Un ejemplo clásico proviene de las montañas Catskill en el estado de Nueva York, publicado en la revista Politics and the Life Sciencesen 2002. Descubrieron que invirtiendo 1.000 millones de euros para la conservación de los terrenos de la zona, mejoraban la calidad del agua y evitaban construir una nueva planta de tratamiento que costaría 6.000 millones de euros.

Las inversiones además no requieren de grandes sumas para los beneficios obtenidos. Según otro informe de la ONG The Nature Conservancy, con solo 7,25 euros por persona se cubriría la brecha de financiación pública necesaria para plantar y mantener suficientes árboles en las ciudades, lo que supondría unos beneficios para la salud que potenciamente ahorrarían millones de euros a los contribuyentes. En este sentido, como recuerda el investigador de Ikerbasque, “la biodiversidad urbana reduce los costes de perturbaciones como lluvias torrenciales, o los aumentos de temperatura en las ciudades. Tendríamos que encontrarnos con la biodiversidad al salir de casa, más allá de los parques nacionales”.

En un contexto como el actual, marcado por el cambio climático, la biodiversidad es clave para enfrentarse a los impactos que ya está provocando. Pascual apunta que la agrobiodiversidad —contar con la mayor diversidad de especies de interés alimentario posible— “es esencial para adaptarnos a lo que nos venga”.

La labor de proteger y recuperar la biodiversidadcorresponde a toda la sociedad, aunque, como indican desde la Fundación Biodiversidad, las empresas, más aún las grandes, son claves: “Algunas han empezado a adquirir un compromiso con la biodiversidad. Porque, aunque es más obvio en algunos sectores que otros, la necesitan y se ven afectadas si se pierde”. Pascual matiza que no debería dejarse en manos de la voluntariedad de las empresas, sino que debería haber un sistema regulatorio que controle qué hacen y nos proteja.

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