De todo a casi nada: las 'start ups' se desinflan

Las grandes empresas de Silicon Valley empiezan a darse cuenta de que olvidaron lo más básico de los negocios: tienen que dar dinero

Durante los últimos dos años, las nuevas e innovadoras empresas con fuerte relación con la tecnología, conocidas como start ups, han crecido en número y tamaño con tal rapidez que experimentaban serios problemas para poder contratar personal. A la vez, sacudían mercados que se consideraban como bien establecidos, como el del alquiler de coches con conductor o los hoteles, pasando por el alquiler inmobiliario.
 
Mientras start ups como Uber o AirBnb se encogían de hombros por poner en peligro empleos en el sector del taxi o el hotelero en nombre del progreso, crecían desmesuradamente durante todo este tiempo, pero sin obtener un solo balance positivo en sus cuentas durante una década. Por no hablar de otro de sus efectos, como es el de ayudar a encarecer brutalmente el alquiler de viviendas y oficinas en las grandes ciudades y en los destinos turísticos de todo el mundo.
 
Aún así estos emprendimientos tecnológicos se veían a sí mismos como una fuente inagotable de creación de empleos, un incentivo a la modernización de la economía, de las legislaciones nacionales y como imprescindibles revolucionarios en sectores a los que consideraban atrincherados.
 
Pero el caso es que la mayor parte de las empresas que venían a cambiarlo todo y a producir inagotables riquezas, están empezando a despedir a gente y a ajustar gastos. Porque, aparte de las rondas de inversión donde se les regaban con cientos de miles de euros, estos negocios necesitan cumplir con un requisito: generar ingresos y ser rentables.

Uber pierde miles de millones cada trimestre y se ha depreciado un 80% tras salir a Bolsa

Se acabó la financiación a ciegas, toca ganar dinero

Más de treinta empresas a nivel mundial han despedido a más de 8.000 trabajadores durante los últimos cinco meses, según publicó el New York Times. Y cada vez menos start ups de reciente creación acceden a financiación desde el último trimestre de 2019, situándose en los niveles más bajos desde 2016, según la consultora especializada Pitchbook.
 
Nombres tan familiares como Mozilla, la fundación detrás del navegador Firefox, o el portal web de preguntas y respuestas Quora, han tenido que prescindir de personal. Lime o Bird, empresas que alquilaban patinetes eléctricos, se han retirado en silencio de varias ciudades y han empezado a recortar gastos. El presidente de Lime explicaba en el blog de la compañía que se retiraban de 12 ciudades y que, tras tres años, la empresa cambiaría de orientación y se dedicaría a “ganar dinero”.
 
La empresa de alquiler de oficinas WeWork atraviesa una seria crisis tras una fallida salida a bolsa y la dimisión de uno de sus fundadores. Todo ello tras ser convertirse en el mayor arrendador privado en ciudades como Londres o Nueva York.
 
Brandless, la empresa de comercio electrónico de productos de marca blanca que quería competir con Amazon, ha echado el cierre.
 
Uber no levanta cabeza desde su salida a Bolsa y sigue sin dar beneficios, mientras es adelantada por la española Cabify, que, con un valor estimado menor, ganó 3 millones de dólares en el último trimestre de 2019. Uber perdió 1.200 millones de dólares y su valor se ha reducido en un 80% desde que saliera a los parqués.

Tras años después de fundar Lime, su presidente dice que ahora se centrarán "en ganar dinero"

¿Cuál es el verdadero valor de la disrupción?

Robot pizzero de Zume
Aunque no te lo creas, este robot se llama Bruno y también ha sido despedido

Por el camino se quedan todo tipo de iniciativas, como Zume, la empresa de camiones-pizzería donde un robot ponía el tomate a las pizzas, Juicero, la emppresa de exprimidores de zumo que te cobraba 700 dólares por un aparato que licuaba una bolsa que bien podías estrujar tú con las manos, o Faraday Future, una empresa de automóviles eléctricos que tres años y 1.200 millones de dólares después sigue sin haber producido -ni vendido- un solo coche.
 
Según escribió Hettie O’Brien, columnista del New Statesman, este olvido de que las cosas tienen que ser rentables y proveer de servicios, proviene de "los fallos de un sistema que aún tiene que entender bien el valor de la disrupción y no pensar que el mero hecho de romper las reglas o alterar el sistema supone un bien económico o moral por sí mismo".

Carlos Hidalgo

Carlos Hidalgo

Ansioso por aprender. Intento ser periodista. Subproducto cultural del cuñadismo New Age. Antes ha pasado por las redacciones de 'El Plural' y en 'El País'.

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