Cómo y cuándo emprender siendo una abogada joven

Quizás si estás leyendo estas líneas estés planteándote dar el salto de montar tu propio despacho. Descubre la experiencia personal de una abogada joven que se abre camino entre las leyes.

Una gran abogada me dijo en mis inicios que la abogacía era la profesión liberal por excelencia, y no puedo estar más de acuerdo. Y a pesar de que lograr un puesto de relevancia en un bufete de tamaño grande o mediano proporciona estabilidad económica y proyección profesional, lo cierto es que las satisfacciones que se logran organizando uno mismo su trabajo y su tiempo, sin depender de unas reglas de organización externas, son muchas. Al principio genera vértigo y miedo, pues no sabemos qué nos vamos a encontrar fuera y la competencia es feroz. Pero nadie dijo que fuera fácil…

Si estás leyendo esto, quizás estés planteándote dar el salto de montar tu propio despacho. Creo que lo idóneo es trabajar un tiempo en un despacho por cuenta ajena para aprender de profesionales con experiencia en la profesión, adquirir bagaje, pero también puede hacerse nada más terminar la carrera. El primer paso es cumplir con los trámites burocráticos; darse de alta en el régimen de autónomos (RETA, Mutualidad de la Abogacía, Altermutua…), darse de alta en el Colegio de Abogados, contratar los seguros necesarios para el ejercicio y, en caso de constituir una sociedad, elegir la forma que tendrá.

 

Debemos hacer un plan de negocio, incluso aunque el proyecto sea pequeño, en el que se recojan las líneas básicas de administración y organización de nuestra empresa, incluyendo un plan de viabilidad y un análisis de competencia. He aquí el problema; un abogado tiene formación jurídica, pero pocas veces conoce de empresas y finanzas. Y si montamos un despacho, estamos montando un negocio, por lo que los conocimientos en esta materia son básicos. Existen modelos de negocio fabulosos que sirven como base, y seguro que otros compañeros han emprendido antes que nosotros y pueden guiarnos en su elaboración.

Cuando decidimos emprender (y esto también es extrapolable a cualquier otra profesión), no podemos pensar que ponemos una placa con nuestro teléfono y llueven los clientes, al menos no es así para los que comienzan en la profesión. El boca a boca sirve en los inicios, pero debemos nutrirnos de otras vías de captación de clientes. Es necesario que los demás sepan qué hacemos y cómo lo hacemos, ya que se puede ser el mejor abogado del mundo jurídicamente hablando, pero si el mercado no lo sabe, no nos sirve de nada. La inversión en marketing y redes sociales es fundamental, pero hay que ser claro con la imagen que quiero proyectar a los demás, y ser coherente con ella.

Una buena opción es asociarse con otros compañeros en la misma situación, para compartir gastos y conocimientos. Siempre he sido partidaria de la especialización, por lo que puede ser una oportunidad para rodearse de compañeros con diferentes especializaciones, y entre todos compartir clientes y también inquietudes laborales.

La formación continua es un punto fundamental; pero debemos abrir la mente y no actualizarnos solamente en materia jurídica, que es evidente; la formación en habilidades profesionales como la oratoria, gestión de equipos o negociación es un básico, así como la constante renovación en marketing, finanzas o nuevos modelos de negocio. Vivimos en un mundo en constante cambio, y debemos adaptarnos y aprovechar las ventajas que la tecnología nos ofrece.

Por último, no podemos olvidar la importancia del networking, pieza fundamental para tejer tu red de contactos y obtener conocimiento del mercado. Estos eventos son oportunidades para hacer crecer tu negocio y crear conexiones tanto con compañeros como con potenciales clientes. Posicionarte y hacerte ver como especialista en una materia concreta lleva a que te conviertas en referente para tus propios compañeros, y cuando alguien les consulte sobre algún “abogado bueno en…”, la primera opción serás tú.

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