¿Confianza en la economía o economía de la confianza?

Las malas expectativas económicas pueden provocar sentimientos que se convierten en una pandemia que se transmite a impulsos y que infecta todo el sistema nervioso de un país

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Por paradójico que pueda resultar en un entorno de evidencias empíricas y de verdades incontestables como es la economía, son los sentimientos morales como señalaba Adam Smith o las percepciones subjetivas las que, con una extensión cada día mayor, vienen a predeterminar el comportamiento de los agentes económicos y, por añadidura, del propio sistema en su conjunto. La pura racionalidad cede frente a la psicología de los "animal spirits", concepto acuñado por Keynes en 1936 y que autores como Akerlof y Shiller acabaron categorizando en cinco tipos: la confianza, la equidad, la corrupción y mala fe, la ilusión monetaria, y el papel de las "historias".

Como toda percepción subjetiva, la desconfianza corre el riesgo de convertirse en una epidemia con índices de contagio relativos provocados habitualmente por la quiebra de determinados mecanismos de confianza asociados a la información, a la evolución de percepciones ligadas a indicadores evaluables e incluso mecanismos de confianza vinculados al correcto funcionamiento de la regulación de los diferentes sectores. En efecto, el comportamiento de la confianza podría guardar y guarda en muchos casos una relación directa con la evolución de los datos macroeconómicos o de la propia estabilidad o inestabilidad institucional, pero, siendo así, también es cierto que la confianza no se sostiene en muchos casos por un juicio predictivo de meras variables o indicadores, sino que hay un factor endógeno, de raíz antropológica y cultural, que emana del espacio inaprensible de las expectativas y de las frustraciones, que puede ser medido en la medida que se verbaliza. En el primer caso, la economía conductual entronca con el conocimiento profundo que pueden tener los policy-makers” y los analistas de los indicadores económicos "fundamentales" y está anudado a procesos de análisis complejos y avanzados. En cambio, para agentes económicos que tienen un acceso menos formalizado a la información veraz y macroeconómica elaborada por investigadores y otros especialistas, la confianza se gesta por inducciones y deducciones basadas en perspectivas íntimas y en juicios especulativos.

De convertirnos en meros lectores de indicadores, contribuiremos como cómplices a la devastación de la esperanza interna

La confianza es definida por la Real Academia Española de la Lengua (RAE), en una primera acepción, como la "esperanza firme que se tiene de alguien o algo", aunque también hay otra acepción que describe el término como "ánimo, aliento, vigor para obrar". Los ingleses, a pesar de su economía semiológica en el lenguaje, son expertos en diferenciar acepciones con voces diferentes: por un lado, "trust" que viene a ser una valoración personal de un sujeto sobre algo o alguien, y, de otra parte, "confidence" que se asimilaría en castellano al sentido propio de la palabra "certeza" de que algo va a ocurrir o va a evolucionar de una manera concreta. Fueron la falta de credibilidad o la desconfianza dos factores que se propagaron a una velocidad incontrolable en 2007 y que provocaron un efecto de precolapso que dio paso a una de las peores crisis vividas en Occidente en los últimos cincuenta años. Fue el triunfo lamentable de la "emotion" sobre el "mood", o lo que es lo mismo, la derrota de la visión a largo plazo en manos de la pulsión psicológica del corto plazo, que generó un sentimiento muy fuerte que desactivó los eslabones de confianza perdurables en cualquier economía moderna. En la práctica, además, está comprobado que la desconfianza es un factor emocional que anida muy rápidamente mientras que la restauración de la certidumbre exige un periodo largo de incubación no exento de recaídas.

El ICEA como síntoma

Llegado a este punto, cabe preguntarse si el deterioro reciente del Indicador de Confianza Empresarial Armonizado (ICEA) que elabora el Instituto Nacional de Estadística (INE) denota una réplica sísmica de la misma caída de la confianza producida en 2007. No en vano el retroceso experimentado en el ICEA en el último trimestre es el más pronunciado desde que comenzó a elaborarse en 2013, y afecta a la baja a todos los sectores económicos, con independencia del tamaño del establecimiento y en las diecisiete Comunidades Autónomas. El porcentaje de establecimientos empresariales que piensan que la marcha de su negocio será desfavorable entre octubre y diciembre de este año se ha situado en el 19,4%, porcentaje superior al del trimestre anterior (16,7%). Por su parte, el balance de situación (diferencia entre repuestas favorables y desfavorables) respecto al trimestre anterior ha descendido en 4,3 puntos, afectando de manera singular a los sectores de la construcción, otros servicios, industria, transporte y hostelería, y, por último, comercio.

Hay dos circunstancias que inequívocamente afectan a la progresiva pérdida de confianza empresarial y cuya ponderación es impracticable: por un lado, la proximidad de la crisis de 2007 que provoca un efecto reactivo muy intenso como resultado de los efectos que causó y cuyo impacto todavía persiste, lo que conlleva una prevención doble, y, de otra parte, la pérdida de confianza empresarial promedio de los países pertenecientes a la OCDE, en una envolvente financiera donde los tipos de interés de la zona Euro están a niveles mínimos. En ese entorno de estabilidad monetaria, el debilitamiento de la confianza deriva inexorablemente de una crisis de expectativas en la productividad de futuras inversiones de los diferentes operadores económicos. Y en ese hábitat de relaciones de interdependencia empresarial, la confianza desciende a un ritmo considerable tanto internamente como en aquellos países con los que mantenemos una estrecha relación comercial.

La desconfianza es una pandemia que se transmite a impulsos y que infecta todo el sistema nervioso de un país. No son datos de contabilidad nacional pero contabilizan impresiones sentimentales que acaban generando o degenerando en un clima empresarial deseable o indeseable. La confianza es un valor crítico, a la vez que muchas veces irracional, que abona el terreno de la certidumbre y del arte de lo predecible. Por ello, en un momento en que se constata que se pierde la confianza en la economía, es tiempo para construir y creer en una economía de confianza a largo plazo, donde el realismo y el posibilismo configurado bajo expectativas factibles sustituya al pesimismo prevalente a corto plazo. De convertirnos en meros lectores de indicadores, contribuiremos como cómplices a la devastación de la esperanza interna. Y lectores ya hay muchos en este país.

 

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