Coronavirus, dos años antes

La crisis sanitaria ha sido el tercer jinete del nuevo Apocalipsis que vaticiné hace unos años. El Estado debe salir robustecido de esta crisis, garantizando el equilibrio permanente entre lo público y lo privado.

Casi ochenta años de certidumbre y de seguridad en Occidente es un periodo extraordinariamente extenso para combatir circunstancias excepcionales, en las que no se necesitan héroes, sino que lo que se necesitan son Estados fuertes que contrarresten el pánico de lo indefendible y lo impredecible. Y cuando se habla de Estado fuerte, y a pesar de la apología oportunista de algún sector político, no me refiero a un reforzamiento de lo público sin ninguna valoración axiológica, sino a un robustecimiento del Estado, como coalición pública pero también privada sobre la que se configura el contrato social desde hace dos siglos y medio. Hace algún tiempo, con poca fortuna como augur, vine a explicar que los nuevos cuatro jinetes del Apocalipsis eran la crisis de seguridad, acelerada desde los atentados del año 2000, la crisis económica, macerada a fuego lento en 2007, y que quedaban dos grandes crisis por llegar: la crisis sanitaria y la crisis del Estado cíborg, crisis final que nos devolverá al estado original del buen o mal salvaje sin solución ni defensa.

Las autoridades políticas están habituadas a una gestión de riesgos controlada y anticipable, y aún así, los sistemas de repuesta muchas veces no son los más adecuados. Los responsables económicos tienden a hallar respuesta sincrónica a los desequilibrios clásicos que puedan afectar al presupuesto o a la balanza comercial, incluso a las fluctuaciones de tipos de cambio o la variación de los tipos de interés del mercado. Hay dos shocks que históricamente han vencido a cualquier economía pública ideada para tiempos de paz, como son los colapsos provocados por las guerras y las pandemias. Por otro lado, y por lo que se refiere a las crisis sanitarias, hay tres factores de propagación derivadas de la mundialización , como son los fenómenos de la urbanización, la movilidad global y el cambio climático. 
 

Enfermedades que requerían atención urgente

Para paliar los posibles daños derivados de pandemias, la OMS publicó hace dos años (febrero de 2018) una lista de enfermedades con potencial endémico prioritarias que requerían atención urgente de Investigación y Desarrollo. En el repositorio de enfermedades figuraban la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, la enfermedad por el virus del ébola, enfermedad por el virus de Marburg, fiebre de Lassa, el SARS, enfermedades de Nipah y henipaviral, fiebre del valle del Rift, Zika y el coronavirus causante del síndrome respiratorio de Oriente Medio. Esta enfermedad se describe en el texto como una enfermedad respiratoria causada por un coronavirus transmitido por camellos y humanos, con una tasa de letalidad del 35 por ciento, para la cual no había vacuna disponible si bien se trabajaba en el desarrollo de la misma a través de la Coalición para la Innovación en la Preparación para Epidemias (CEPI).

A diferencia de lo que algunos insensatos pensaban, y por mucho que las enfermedades infecciosas y la mortalidad había disminuido mucho en las últimas décadas, el mundo sigue librando batallas contra los antiguos patógenos, como la peste, que ha diezmado a la humanidad durante siglos, y contra patógenos desconocidos y nuevos, como el coronavirus. Las consecuencias económicas del coronavirus van a ser desoladoras, y hay quien las cifra ya, en el mejor de los casos, en un caída del PIB español en torno a 13 puntos porcentuales, que sumado al desequilibrio presupuestario y financiero que nos espera, sume la económica española en una década muy dura de recuperación y de sacrificio. Con impacto notoriamente más limitado, el costo anual de la influenza pandémica se elevó a 500.000 millones de dólares USA (0,6 por ciento del ingreso mundial). Por ejemplo, en Liberia, el PIB cayó ocho puntos porcentuales entre 2013 y 2014 durante el brote del Ébola en África occidental a pesar de la reducida tasa de letalidad en el país durante el periodo de referencia.

La importancia de la alerta temprana

Si hay una conclusión que no admite controversia en tiempos de cuarentena, es que los Estados deben desarrollar su capacidad de respuesta mediante un sistema de alerta temprana, máxime cuando se pueden optimizar los recursos tecnológicos para obtener información pertinente y eficaz. Hubo un tiempo hace siglos que no parecía que fuese a regresar, en el que los barcos varaban en el puerto durante la cuarentena decretada para evitar la propagación de las epidemias por las ciudades de costa. En la era cibernética, la vigilancia tiene que ser fiable de modo que existan sistemas interrelacionados que permitan identificar temporánemamente el problema allí donde surja. Es más, es probable que determinados países tiendan a controlar la información que se suministra, habida cuenta de los efectos que tal información puede tener sobre la economía nacional del país de origen de la epidemia (turismo y comercio esencialmente). De hecho, la epidemia del SARS se podría haber contenido mejor si China hubiese informado con mayor antelación a la OMS sobre el brote inicial.

Adicionalmente, aparte de mejorar la financiación de I+D+i, la colaboración internacional se presenta ya no como una oportunidad sino como una necesidad. La fragmentación por países, en un contexto político de protección de los intereses internos, hace muchas veces que esa cooperación sea inexistente o los incentivos para que se produzca, escasos. Mientras en España nos afanamos por describir la bondad del sistema de adquisición centralizada, probablemente se debería avanzar con mayor perspectiva global, y propender a un modelo de acumulación internacional de vacunas y medicamentos, de modo que la reacción biomédica comparta las ventajas del conocimiento y de la farmacia internacional, frente a la tendencia endógena de reducir la repuesta a los mecanismos nacionales de contramedidas biomédicas. Con todo, ahora no es tiempo de radiografiar el futuro, sino que el presente requiere de medidas de emergencia. Habrá tiempo para la reflexión y quizá para el cambio. O quizá el tiempo no servirá una vez más para contrarrestar los errores pretéritos. 

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