Cultura científica: ¿necesidad o emergencia?

La desinformación no es nada nuevo, como tampoco lo es la falta de cultura científica. Sin embargo, el poder de difusión de bulos sobre salud, creencias pseudocientíficas y afirmaciones sin contrastar se ha multiplicado con la tecnología

¿Recuerdan la cantidad de páginas que se escribieron (y se leyeron) en 2011 sobre la prima de riesgo? Todos necesitábamos entender qué era ese dichoso concepto porque afectaba a nuestro bolsillo, nuestra seguridad y nuestro bienestar.

Yo, que soy periodista de ciencia, pensé en aquel momento que las decisiones relacionadas con la ciencia también afectan a nuestro bolsillo, nuestra seguridad y nuestro bienestar; pero a los de mi gremio nos cuesta convencer al lector para que se siente y lea información que le permita entender por qué es fundamental respetar el calendario de vacunación, qué podemos afirmar sobre los transgénicos y los cultivos ecológicos, por qué es preferible una ciudad con más bicis que coches, qué se sabe sobre la relación entre inmigración y criminalidad, sobre la brecha de género o las nuevas metodologías educativas.

Las opiniones sobre estos temas, guiadas por criterios que ignoran o, peor aún, que manipulan las pruebas, son peligrosas. Aunque la desinformación no es nada nuevo, el poder de difusión de afirmaciones sin contrastar se ha multiplicado con la tecnología. Todos hemos recibido un mensaje de Whatsapp con un bulo basado en "evidencia" científica. Algunos pueden parecer inocuos; sin embargo, cada vez que nos tragamos mentiras disfrazadas de información, dejamos abierto el coladero a la siguiente mentira. Adormecemos nuestra capacidad de detectar engaños. Nos conformamos con mensajes muy simples para explicar las cosas que suceden, que suelen venir acompañadas por menos certezas de las que desearíamos. Acabamos asumiendo como buenas explicaciones incompletas y sesgadas que nos llevan a tomar malas decisiones. Nos quedamos, en definitiva, más indefensos y vulnerables.

Durante años hemos confiado en que la credulidad se curaría con cultura científica; que para fomentar el pensamiento crítico nos hacía falta acortar la distancia entre la academia y la ciudadanía. Nos apoyábamos en el modelo de déficit, propuesto en la década de 1980 por los científicos sociales. Según este, la hostilidad del público hacia la ciencia se atribuye a que la gente no la entiende bien y, por tanto, no se informa. Para superar este gap, los expertos, que sí poseen la información, deberán transferírsela al resto de los mortales.

Esperábamos que, de esa manera, la educación nos protegiera de falsas creencias, pero entre los que desconfían de las vacunas y los adeptos a pseudoterapias abundan las personas con una buena formación.

Consulto los estudios de quienes saben de esto. Los sociólogos Pep Lobera y Jesús García-Rogero lo analizan en el informe de la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología de 2016, un exhaustivo trabajo realizado con una muestra de más de 5.000 personas en todo el territorio nacional por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT).

La mayoría confía en la homeopatía

“Estudios de diferentes países han encontrado un mayor uso de terapias complementarias y alternativas entre personas con estatus socioeconómicos elevados, con profesiones intelectuales y con mayores niveles educativos”, detallan Lobera y García-Rogero. Por un lado, poseen la capacidad económica para acceder a tratamientos alternativos (caros y no cubiertos por el sistema público de salud), y por otro, tienen información sobre estas terapias.

Los datos de 2016 revelan que la mayoría de los españoles confía en la homeopatía y la acupuntura: el 59% y 68,6%, respectivamente. En el siguiente estudio, de 2018, no solo preguntaron por la confianza en pseudoterapias, sino que también preguntaron por su uso. Un 14,4% de los españoles las ha utilizado de manera complementaria, y solo un 5,2% en sustitución a la medicina.

Quienes simpatizan con las pseudoterapias creen que toman las riendas de su proceso curativo, en lugar de adoptar una posición pasiva ante el sistema de sanidad pública, que uniformiza y recorta los tiempos de atención a cada paciente. El problema no es que los consumidores de pseudoterapias rechacen el conocimiento, sino que creen que estas también son ciencia, de alguna manera. Y eso tiene que ver con que se legitiman desde las farmacias (y desde algunos medios) al tratarlas de manera equivalente a la medicina convencional. Puede que la clave esté en la información. Pero los datos no garantizan que la gente cambie de opinión; al revés, la avalancha de información puede provocar un efecto rebote. La resistencia a la corrección fáctica es tozuda.

Tiro por la culata

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En un famoso estudio, publicado por Nyhan y Reifler en Political Behavior en 2010, los participantes de cuatro experimentos leían noticias simuladas que incluían una afirmación engañosa y después, una corrección. Al contrario de lo esperado, el efecto de las correcciones fue contraproducente en muchos casos. Los conservadores que recibieron información sobre la ausencia de armas de destrucción masiva en Irak se convencieron aún más de su existencia. Este efecto se ha llamado backfire, o "tiro por la culata". Cuanto más insistamos en explicarle a alguien que está equivocado, más se convencerá de que tiene razón.

Aunque quizá no sea para tanto. En 2019, la misma revista publicaba un estudio sobre cinco experimentos en los que las correcciones no desencadenaron rebote. Según este, los ciudadanos sí tienen en cuenta los hechos, aunque desafíen su ideología. Ojalá sea así.

Mientras los científicos sociales exploran estos fenómenos, instituciones y asociaciones llevan décadas trabajando por la cultura científica hasta llegar a planes gubernamentales como #ConPrueba. Gracias a un importante trabajo de fondo de personas dedicadas a la comunicación pública de la ciencia y a su estudio, vamos dilucidando qué cosas no funcionan.

¿Y qué es lo que sí funciona? Según me explica Pep Lobera, profesor de Sociología en la Universidad Autónoma de Madrid, en las sociedades en vías de desarrollo el modelo de déficit continúa dando buenos resultados. Por ejemplo, en África las campañas de vacunación orientadas a las madres son positivas. Sin embargo, en las sociedades posindustriales, el alto grado de desconfianza en las instituciones pone las cosas más difíciles.

El papel del periodismo

"Sí sabemos algunas cosas, por ejemplo, que es un desastre tratar a las personas como si fueran idiotas, despreciarlas o ridiculizar sus ideas erróneas”, dice Lobera. También apunta que desconfiamos de fuentes interesadas (industria farmacéutica, gobierno), y aceptamos mejor informaciones de fuentes fiables e independientes. Y un mensaje potente: “Es legítimo dudar”. “Hay que decirle a la sociedad que sus dudas están bien y animarla a explorar juntos, involucrarla en procesos de investigación”, reflexiona Lobera. Me gustaría pensar que el periodismo desempeña un papel importante en estos procesos.

Estoy convencida de que cualquier medio que quiera ser prestigioso debe ocuparse de la ciencia y la investigación para tratar cualquier tema en profundidad y construir esa cultura científica que alimentará un pensamiento crítico. Se trata de dotar a los ciudadanos de una herramienta poderosa para combatir creencias de todo pelaje que la evidencia no sostiene. Los periodistas de ciencia tenemos trabajo por delante. Bienvenido sea.

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