El empleo del futuro: ¿mejor, peor o inexistente?

Los avances tecnológicos y la era digital hacen inevitable un cambio en el concepto tradicional del trabajo

Robot de seguridad en China / Getty

Todo se transforma y muta, nada parece permanecer ante el vendaval digital que sacude los cimientos de nuestra civilización. La economía digital cambiará aspectos sociales y económicos que ahora ni siquiera sospechamos. Eso hace que cunda el temor. ¿Perderemos el empleo? Rifkin, en 1995, ya vaticinó el fin del trabajo. Se equivocó: a día de hoy, veinticinco años después, hay más empleos en el mundo que entonces. Pero, ¿y en el futuro? Los tecnopesimistas consideran que en el futuro habrá poco empleo y de escasa calidad, mientras que los tecnooptimistas piensan que nacerán nuevos empleos que sustituirán con creces a los que vayan quedando obsoletos. El debate está servido y el tiempo será el juez inapelable que lo dilucide.

No sabemos cómo será el empleo del futuro, pero sí sabemos que será diferente al que hemos conocido hasta ahora. El actual sistema de empleo, basado en un contrato entre empresa y trabajador, y que compromete tiempo de trabajo a cambio de un salario, todo ello con determinadas condiciones y garantías, nació a finales del siglo XIX y se fue consolidando y regulando a lo largo del XX, dotándolo de derechos y vinculándolo al sistema paralelo de protección social. Así, en la actualidad, vinculado a la nómina que cobramos, se cotiza a la Seguridad Social por determinadas prestaciones sociales, como pensiones, desempleo, formación o incapacidad laboral. Y de esa manera, hemos ido financiando las pensiones de nuestros abuelos y el desempleo a los que perdieron el empleo.

Pero el sistema entra en crisis. Primero por las pensiones, debido, entre otras causas al desequilibrio demográfico. De ahí las propuestas tan novedosas como quiméricas de hacer cotizar a los robots, que suena muy bien pero que resulta imposible de llevar a la práctica, entre otras cosas porque resulta imposible delimitar, por ejemplo, donde termina un sistema inteligente y dónde comienza un robot. Pero en estas líneas querríamos centrarnos en los cambios en el empleo, que serán tan intensos como inciertos a día de hoy.

Las empresas mantendrán un núcleo estable de trabajadores bien formado, bien pagados y de confianza y externalizarán todas las funciones que no consideren del corazón del negocio.

Dar más importancia al valor que al tiempo de trabajo

Sin duda alguna, serán las tecnologías las responsables primeras de los cambios de modelo. Ya lo vemos con las Uber, Deliveroo o Glovo de turno. Se tiende a romper la relación laboral por cuenta ajena – el empleo normal de una empresa – para mantener una relación mercantil, considerando al trabajador como un autónomo. Sin entrar en el fondo de la cuestión, nos basta este ejemplo como muestra de los profundos cambios que se avecinan y que no han hecho sino comenzar. En general, podemos advertir una tendencia clara. Las empresas querrán comprar valor y no tiempo de trabajo. Esto es, pagar resultados y no tiempo. Eso significaría un cambio radical para la actual concepción del contrato de trabajo, como ya sabemos. Las empresas mantendrán un núcleo estable de trabajadores bien formado, bien pagados y de confianza y externalizarán todas las funciones que no consideren del corazón del negocio. Las tecnologías permiten que esta externalización se pueda realizar desde cualquier lugar del mundo.

Los nuevos modelos de empleo dificultan la diversidad generacional en las empresas, ya que los jóvenes se adaptan con mayor rapidez a los cambios tecnológicos que los trabajadores maduros. Los empleos tecnológicos serán muy demandados y bien pagados, lo que generará una alta rotación en estas funciones. Y, atención, que la caída demográfica convertirá al talento joven en un bien escaso, sobre todo en pueblos y en ciudades medias, dado la tendencia que existe a emigrar hacia las grandes ciudades, en las que las posibilidades laborales son mayores. El gran reto se presentará en los mayores de cuarenta y cinco años, que deben recibir formación al tiempo que se mentalizan de la necesidad de cambio, adoptan la actitud adecuada y se esfuerzan en continuar aportando valor. Los trabajadores maduros no pueden descolgarse de la marcha de los tiempos, sería un derroche injusto y cruel que no podemos permitirnos.

Los modelos de empleo cambian y las oficinas, también. Las empresas olvidan los despachos individuales para crear zonas de trabajo compartido, con salas de reunión aisladas y con mucho espacio para encuentro y descanso. Este nuevo concepto arrancó en Silicon Valley y se ha impuesto en las empresas más vanguardistas.  

Todo cambia, como decíamos al principio. El Estado, las normas y leyes laborales, las empresas y los trabajadores tenemos un gran reto por delante: mantener empleo suficiente, tanto en cantidad como en calidad. Y para ello todos tendremos que cambiar y adaptarnos a la nueva realidad, que no se detendrá para esperarnos. ¿Seremos capaces de conseguirlo? Pues en la respuesta a esta pregunta reside el propio futuro de nuestro empleo y bienestar.

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