El iluso que creyó embridar a la Inteligencia Artificial

Los seres humanos se han diferenciado de otros animales por el uso de la inteligencia, el desarrollo tecnológico puede provocas que dentro de poco dejemos de ser los más listos de la clase.

Evolución
Pict Rider / iStock

Somos inteligencia encarnada sobre cuerpos humanos, que no son otra cosa que artefactos imperfectos de carbono, organizados en músculos, huesos, nervios, órganos, vísceras y humores. Habita en nosotros una inteligencia que no alcanzamos a comprender del todo, que rige hasta cierto punto nuestras vidas y que nos diferencia de otros seres vivos. Hasta ahora, al modo de Prometeo, éramos la única especie conocida poseedora de la sagrada llama de la inteligencia. Bueno, se nos podría alegar, también los delfines, las orcas, los chimpancés y los cuervos la poseen. Sin duda, pero en otra medida y proporción. En nuestra especie la inteligencia se sublima y alcanza niveles superiores, si es que niveles pudieran existir en estas cuestiones.  

Pues bien, pronto dejaremos de ser los más listos de la clase. Estamos construyendo, arrastrados por el vértigo de lo nuevo, una Inteligencia Artificial, portentosa, veloz, eficaz, certera, sí, pero ¿confiable, también? No, no lo es. Por eso, el debate está servido. ¿Quién nos protege de ese ser colosal, de inteligencia lúcida y cósmica, que todo lo sabe de nosotros? Los inocentes creen que las leyes serán nuestro guardián, los advertidos saben que la norma, por bienintencionada que sea, siempre llegará tarde a una realidad digital que se construye con una velocidad inusitada y desconocida hasta la fecha. Y en esas estamos, con el debate ético y normativo sobre la mesa, sin que sepamos muy bien del todo el cómo comenzar siquiera a domar este potro desbocado.

Filósofos y tecnólogos se afanan es delimitar perímetros y normas éticas para una nueva moral digital. ¿A quién debe atropellar el coche autónomo que debe optar en milisegundos? ¿Al anciano sentado en el banco o a la niña que se cruza? Bien está este noble esfuerzo de regular y moralizar, sabedores como somos que, siempre, en algún lugar del planeta, al modo de las modernas Islas Tortugas, los corsarios y cyberdelincuentes estarán maquinando maldades digitales. Piratas digitales, siempre temidos, cuando no las propias compañías o los estados que comercian y explotan nuestros datos al punto de llegar a subyuganos directamente con ellos. Cambridge Analitics, los espías rusos o las omnipresentes cámaras chinas son buena muestra de ello.  

El debate ético y normativo está sobre la mesa, sin que sepamos muy bien del todo el cómo comenzar siquiera a domar este potro desbocado.

Todo depende de cómo se use la herramienta

Las tecnologías digitales, como las anteriores, en teoría al menos, ni son buenas ni malas en sí, depende el uso que hagamos de ellas. El cuchillo unta la mantequilla o degüella, en función de las intenciones de la mano que lo empuña. La radioactividad sana el tumor o asesina a mansalva, como desgraciadamente bien sabemos. Así, la Inteligencia Artificial nos puede ayudar a cuidar el medio ambiente y la calidad de las aguas, o nos puede esclavizar o dejarnos en el paro de por vida. Por eso, debemos reflexionar mucho sobre los límites, controles y usos de estas portentosas herramientas digitales, un debate tan preciso y conveniente como condenado, en buena parte, a llegar tarde y a quedar orillado en la melancolía estéril del bienpensante estéril.

Las grandes tecnológicas americanas abrieron foros para dilucidar sobre las cuestiones éticas, confiando en la autorregulación como mejor árbitro posible. En esa misma línea, se acaba de publicar el Libro Blanco sobre Inteligencia Artificial, que abre un proceso de exposición pública para que los interesados puedan opinar, matizar o enriquecer. Bien está lo que está bien. Para animar el debate, el documento lanza una serie de cuestiones a debate. ¿Puede afectar la IA a la seguridad? ¿Puede violar los derechos fundamentales? ¿Puede conducir a resultados discriminatorios? ¿A quién exigir responsabilidades de los errores y los daños? La respuesta evidente a estas tres primeras preguntas es evidente. Sí, claro que sí. Puede violar nuestro derecho a la intimidad, pueden extorsionarnos, pueden discriminarnos. Y clamamos por leyes que nos protejan, sabedores, como lo somos, que ninguna ley podrá gobernar lo ingobernable, lo ubicuo, lo incorpóreo, lo apátrida. Por eso, firmamos sin leer las condiciones que las grandes plataformas digitales, confiando en la bondad divina de los Larry Page de turno. No podemos desembarcarnos de esta nave en marcha, porque, sin presencia digital, sencillamente, no seríamos. Relajémonos, pues, y disfrutemos del portento.

No podemos desembarcarnos de esta nave en marcha, porque, sin presencia digital, sencillamente, no seríamos

Camino de la creación de una nueva especie inteligente

La Inteligencia Artificial es una evolución natural de la especie humana y fruto de su pulsión genética e inevitable del llegar más y más lejos. Y estamos llegando más lejos de nuestros propios límites orgánicos. Sublimamos nuestra inteligencia al depositarla sobre los sistemas inteligentes. Por vez primera, la inteligencia abandona los órganos de carbono para encarnarse en circuitos y procesadores de silicio. En unas décadas, se producirá la conocida como singularidad y la IA tomará conciencia propia. Se habrá convertido en una nueva especie inteligente, separada de la nuestra, pero hija evolutiva, al fin y al cabo.

Y mientras el prodigio se consuma, discutamos sobre los límites éticos y estéticos de la IA, sobre libros blancos y normas del Big Data, con la sana e ilusoria esperanza de gobernar un rayo, de almacenar un océano, de mesurar el firmamento. Que pequeños somos, frente a la Inteligencia que nos gobernará… 

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