El sector financiero ante la crisis: 2008 frente a 2020

Las diferencias entre la crisis de 2008 y la que sobrevendrá como consecuencia de la pandemia de coronavirus son muchas, posiblemente una de las más importantes va a ser el papel que van a jugar los bancos en 2020.

Mercados durante la pandemia
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Durante las últimas semanas, muchos han sido los análisis que se han llevado a cabo respecto a las posibles similitudes y diferencias entre la crisis de 2008 y la crisis actual. Ni por razones temporales, ni por los hechos causantes ni por el estado de partida de las diferentes economías nacionales pueden detectarse muchas semejanzas. Pero quizá la pieza que diferencia sensiblemente unas circunstancias de las otras es la posición de partida del sector financiero, verdadero problema en la crisis anterior y eventual palanca de salida de esta.

En 2008, las entidades financieras tenían umbrales de liquidez insuficientes para afrontar coyunturas difíciles de duración determinada, así como una gestión inadecuada de los riesgos y un exceso de apalancamiento en los mercados. Muchos bancos en todo el mundo se encontraban antes de la crisis anterior en una situación de desequilibrio entre su nivel de recursos propios, en particular los instrumentos capaces de absorber pérdidas, y sus niveles reales de riesgo contraído.

Los reguladores y supervisores reaccionaron en todo el mundo, a partir de las decisiones adoptadas y los criterios aprobados por el G-20 y el Consejo de Estabilidad Financiera, dando lugar a la aprobación de nuevos estándares globales, los llamados “Acuerdos de Basilea III” que implicaron un reforzamiento considerable del nivel de recursos propios de las entidades de crédito con la introducción de nuevos colchones de capital que les permitirán afrontar momentos difíciles. También se produjo un endurecimiento considerable en los requerimientos de liquidez y una fuerte limitación del apalancamiento de las entidades. A estas medidas, se añadieron otras que reforzaron la calidad del gobierno corporativo, de la gestión del riesgo y alinearon las políticas retributivas con objetivos de estabilidad a largo plazo. 

De ser el problema a ser parte de la solución

Reforzar la solvencia en aquel momento ha permitido actualmente que las entidades financieras formen parte de la solución y no sean un problema prioritario. En cifras, la Autoridad Bancaria Europea indicaba hace escasas fechas que el volumen del capital de la mejor calidad, el llamado Common Equity Tier 1, más conocido como CET1, ha pasado de un nivel del 9 por ciento en 2009 hasta un 15 por ciento al final del año 2019, situándose hoy muy por encima de los requerimientos regulatorios vigentes. La Autoridad Bancaria Europea no sólo ha concluido con la afirmación de que sus niveles de solvencia se habían robustecido fuertemente, lo que les permitiría afrontar con garantías los efectos más adversos de esta crisis, sino que también se había producido una mejora muy considerable en cuanto a la presencia de esos activos deteriorados en los balances bancarios de modo que la ratio de activos non performing en los bancos europeos ha pasado de un 7,1 por ciento en 2014 a un 3,1 al comienzo de esta crisis.

En España la tendencia es equivalente, y, de acuerdo con los datos que acaba de publicar el Banco de España, se ha producido en ese mismo período un incremento en el CET1 de un 30 por ciento, aproximadamente. Si observamos otros ámbitos de su actividad, los supervisores bancarios y, entre nosotros, el Banco Central Europeo y el Banco de España, también se han mostrado muy exigentes con los bancos europeos en la reducción de los niveles de activos deteriorados, los ya famosos “NPLs” o activos non performing, en la terminología del sector. 

También se ha endurecido la normativa contable, especialmente con la aprobación del estándar global conocido como IFRS 9, que implica un fuerte incremento de los niveles de provisión no sólo de los créditos deteriorados sino también, y como se ha visto ya con ocasión de la presentación de resultados del primer trimestre por parte de los bancos en todo el mundo, en previsión de las pérdidas esperadas como consecuencia de la crisis que estamos afrontando. 

¿Y si el Covid-19 hubiera llegado con un sistema financiero débil?

Además, los reguladores y supervisores bancarios han querido también contribuir a maximizar la capacidad de prestar de las entidades de crédito, aplazando en este año deberes de implantación regulatoria, y también actuaciones supervisoras, liberando algunos colchones de capital, y proporcionando criterios flexibles para la interpretación y aplicación de la regulación prudencial y contable vigente. De hecho, incluso se les ha prohibido temporalmente la distribución de dividendos a sus accionistas, lo que no ha sucedido por ejemplo con los bancos norteamericanos, y también se han introducido limitaciones en cuanto al pago de la remuneración variable.

A fecha de hoy, si se siguen los debates en la Comisión de Reconstrucción del Congreso de los Diputados, se podrá comprobar cómo todavía subsiste la dialéctica incisiva contra el sistema financiero en la medida que fue el principal beneficiario, según ciertas opiniones, de las medidas de saneamiento económico y financiero. Pónganse a pensar qué ocurría hoy si el sector financiero no estuviese adecuadamente musculado y coadyuvase activamente a inyectar liquidez al sistema económico. Imagínense. 

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