Emprendiendo fracasos, la paradoja de emprendedores

Por lo general, cuando uno trabaja para otro en una compañía, si erra en repetidas ocasiones el camino se vislumbra hacia un destino cierto: la calle. Sin embargo, los emprendedores podemos permitirnos fallar una y otra vez…

Patpitchaya / iStock

Resulta curioso la admiración que levantamos los emprendedores entre nuestros círculos. Cuando uno hace saber que ha creado una empresa algo parece mutar en el ambiente y no son pocos los que cambian el prisma para deificar al ‘valiente’. Y si ya se tiene la oportunidad de comentar que la compañía de reciente creación es rentable, uno se convierte en una especie de gurú al que solicitar consejo y apoyo en todo tipo de ideas, proyectos laborales e incluso planes de vida. 
 
Y es paradójico porque los emprendedores somos unos completos fracasados
 
Por lo general, cuando uno trabaja para otro en una compañía, si erra en repetidas ocasiones el camino se vislumbra hacia un destino cierto: la calle. Sin embargo, los emprendedores podemos permitirnos fallar una y otra vez… Y me explico: 
 
En la trayectoria general de un emprendedor, una vez superada la fase del break even -o incluso durante el proceso para alcanzar este punto de equilibrio entre lo que el dinero que has metido en una idea y el que has obtenido de ella-, es bastante usual la creación de diferentes proyectos con vistas a acelerar el crecimiento empresarial y hacerse con ciertos nichos de mercado donde se presume hay un filón. Es lógico, uno ya tiene la tranquilidad de que su negocio está produciendo frutos y, por tanto, puede permitirse apostar. Pero como ocurre con casi todas las apuestas, el resultado no es seguro. Y así ocurre con decenas de proyectos que se tornan en un absoluto fiasco.  
 
En mi experiencia he podido crear dos líneas de negocio que jamás han llegado a cuajar, proyectos de comunicación interna que nunca han llegado a buen puerto, cursos de formación que no se han terminado de completar y decenas de ejemplos más que podríamos poner sobre el tapete. Y esta es la tónica habitual de los emprendedores. Gremio que, por cierto, tiende a juntarse entre sí para crear proyectos colaborativos cuyo destino, siguiendo la dinámica comentada, suele ser el olvido. 

El éxito como hijo del fracaso

Sin embargo, un día, el emprendedor, de cuya estrategia empresarial es perfectamente conocedor y sabedor de qué es lo que funciona y qué no, decide volver a innovar y arriesgar y sí, ese día es el que da con la tecla. 
 
Un emprendedor no es exitoso porque ha logrado crear un modelo de negocio sostenible y económicamente rentable. Un emprendedor es un triunfador cuando, pese a haber conseguido lo anterior, trabaja día a día por seguir creciendo, innovando, fracasando y aprendiendo. Como una especie de circulo vicioso (o virtuoso) que sostiene esa imagen colectiva de valientes y gurús hechos a sí mismos. 
 
Se nos habla constantemente de la importancia de la innovación, de evitar la zona de confort, de actualizarse y vivir en un permanente estado de formación. Y en efecto, ahí reside una de las claves más importantes si queremos que nuestro negocio no sólo sobreviva, sino que crezca año a año, pero para eso hay que tropezar en mil piedras y aprender que el éxito es en gran parte hijo del fracaso. 

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