En busca de empresas europeas que se conviertan en campeonas mundiales

El mercado único ha sido un éxito, pero cada Estado miembro ha querido tener su propio campeón nacional y europeo en distintos sectores considerados estratégicos.

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Durante décadas, se ha venido pensando que la existencia en los Estados Unidos, en Japón y, más recientemente, en China, de grandes empresas capaces de convertirse en campeones mundiales de sus respectivos sectores obedecía a la existencia de un gran mercado nacional capaz de ofrecer las economías de escala necesarias para desarrollar con éxito sus productos en el mercado doméstico, en primera instancia, y en el mercado mundial, con posterioridad.

A la altura de los ochenta del siglo pasado, los líderes europeos, conscientes de que las barreras aduaneras y otros obstáculos clásicos al comercio intracomunitario ya habían sido demolidos, pero persistían otras muchas barreras normativas y técnicas para la construcción de un mercado único europeo con plena libertad de intercambios, impulsaron en 1986 el Acta Única Europea. El objetivo era culminar la plena integración del mercado interior en 1991 y sembrar el campo europeo para la germinación de grandes campeones europeos y mundiales.

Treinta años después, el mercado único comunitario es una realidad y un éxito. En los mercados libres, ha permitido la creación de grandes grupos europeos líderes mundiales, como Inditex, Daimler o Carrefour.

Paradójicamente, ha sido en los mercados regulados donde estos campeones mundiales no han cristalizado. No hay empresas europeas de servicios de electricidad, gas o telecomunicaciones constituidas en líderes mundiales. Tampoco las hay en el sector de la banca o en el de los seguros. Y no las hay porque han sido las propias autoridades nacionales las que han impedido la materialización de fusiones transfronterizas y la consiguiente creación de grandes grupos europeos. Cada Estado miembro ha querido tener su propio campeón nacional y europeo en distintos sectores considerados estratégicos. Y, claro, esto no solo es posible sino que choca de lleno con la concepción de las políticas de creación de campeones mundiales de matriz europea mediante el impulso del mercado único.

Sin embargo, ha sido la revolución impulsada por las empresas tecnológicas tanto en los Estados Unidos como en China, Japón y Corea del Sur la que ha detonado el cambio de paradigma. Los líderes europeos no han podido digerir que de los Apple, Samsung, Huawei, Microsoft, Google, Amazon, Facebook o Twitter, ninguno de ellos tenga pasaporte europeo.

En las condiciones de un mercado comunitario en libre competencia, a esta crisis pandémica deberían sobrevivir las empresas más eficientes, las mejor gestionadas, con independencia de su nacionalidad. Todo ello redundaría en beneficio del consumidor y, de paso, facilitaría la gestación de grandes campeones europeos liderados por los mejores.

Los Estados miembros con mayor potencia financiera van a poder intervenir y reforzar competitivamente a sus empresas para el escenario post Covid. Podrán afrontar su actividad en ese escenario con el refuerzo del “doping” financiero suministrado por la inyección de dinero público y podrán, potencialmente, hacer caer a otras empresas europeas más eficientes pero que no hayan podido contar con las ayudas de su respectivo Estado. Con todo esto, la política europea de competencia va a quedar fuertemente deslegitimada durante muchos años.

De hecho, los nuevos campeones europeos de los sectores considerados estratégicos no los configurará un mercado libre propulsado por la eficiencia, la mejor tecnología, el mejor capital humano y la mejor gestión, sino que se diseñarán en una mesa política en la que primará la capacidad de negociación de cada Estado miembro.

No cabe duda de que un país con unas finanzas públicas sólidas, con crecimiento económico sostenido y que no requiere ayudas financieras por parte de otros Estados miembros o que incluso las presta, tendrá una capacidad de negociación política en el reparto de la tarta de los futuros campeones nacionales muy superior a la de un país con dificultades financieras que requiere la asistencia de otros Estados miembros.

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