Inmigración y desigualdad social en las ciudades españolas

Esta es la fotografía de cualquier barrio de una gran ciudad de España, donde la población de aluvión interno que caracterizó el desarrollismo franquista se sustituyó por una inmigración extranjera sin precedentes en nuestra historia.

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Han transcurrido más de treinta años desde que tuve la ocasión de vivir por primera vez once meses en Madrid. Durante este periodo de tiempo, la inmigración ha supuesto una transformación completa de la fisonomía espacial de nuestro territorio urbano y, por consiguiente, de la vida de las personas. La economía urbana ha experimentado una profunda transformación, fruto de factores tales como los efectos económicos de la aglomeración, la atracción de mano de obra más productiva o la acumulación natural de capital humano. Esta es la fotografía de cualquier barrio de una gran ciudad de España, donde la población de aluvión interno que caracterizó el desarrollismo franquista se sustituyó por una inmigración extranjera sin precedentes en nuestra historia. 

Veamos algunos datos. A expensas de conocer el impacto que ha tenido el coronavirus en nuestro país en términos de flujos migratorios, hasta el inicio de la crisis, las entradas medias anuales se situaban en torno a 700.000, volviendo a situarse la tasa en niveles propios de antes de 2008. En la actualidad, el porcentaje de personas nacidas en el extranjero se sitúa en el 15,2 por ciento del conjunto de la población española. Pero, ¿como se distribuyen dentro de nuestro territorio? Un 16,8 por ciento de inmigrantes tiene su residencia en Madrid o Barcelona, frente al 13,8 por ciento de población inmigrante que se concentra en municipios de menos de 10.000 habitantes. Es lógico que exista una tendencia sociológica para concentrar la población inmigrante en determinados municipios de mayor población. Ahora bien, habida cuenta de las necesidades variables de cada entorno (urbano/rural), se puede advertir que el destino laboral es diferente.

Tal esa así que en las ciudades de menos de 100.000 habitantes, según un estudio reciente de FUNCAS, los inmigrantes tienen una probabilidad de pertenecer a la clase trabajadora manual 19,8 por ciento por encima de los españoles nativos. Esa brecha aumenta un 7,2 por ciento en ciudades de tamaño medio (hasta 350.000 habitantes), para acabar de ampliarse esa diferencia en ciudades por encima de un millón de habitantes hasta un 20 por ciento adicional. En definitiva, cuanto más grande es la ciudad, mayor es la distancia entre autóctonos e inmigrantes en su probabilidad de trabajar en ocupaciones de menor cualificación. Lo mismo ocurre con la clase trabajadora de servicio donde la desigualdad de acceso de la población inmigrante respecto a la autóctona es muy marcada, máxime donde juegan factores determinantes como la educación universitaria (la posesión de un título universitario incrementa 63,2 por ciento la probabilidad de pertenecer a la categoría de trabajos de servicio).

Queda claro, entonces, que a la vista de todos estos antecedentes, la desigualdad entre autóctonos e inmigrantes, en cualquiera de las bolsas de clase de trabajo, aumenta con el tamaño del municipio de residencia. De otro modo, la desventaja de los inmigrantes en las grandes ciudades es mayor que en municipios de menor población como se ha puesto de manifiesto en numerosos estudios sobre el tema. Como también ocurre otro fenómeno socio laboral y es que las grandes ciudades operan como grandes focos de atracción de todo tipo de población, si bien ante esta circunstancia, los inmigrantes tienen menos oportunidades que los autóctonos fundamentalmente en trabajos vinculados a servicios. 

Hasta aquí los datos que evidencian empíricamente la desigualdad en la parte más baja de la estructura social de la población inmigrante. Pero habría que buscar una explicación a que esas diferencias sean tan agudas. Los costes de vida de un inmigrante en una gran ciudad, por mucho que se concentren en barrios o zonas menos costosas en términos de condiciones vitales, están condicionados a dos factores que los hacen vulnerables: por un lado, la ausencia en muchos casos de una red familiar que aporte apoyo financiero y, por otro lado, cierta segregación residencial y socioeconómica propiciada por los enclaves residenciales que busca la población inmigrante en las grandes ciudades, lo que puede tener un efecto contraproducente en términos educativos y laborales. De hecho, la necesidad de buscar ingresos rápidamente (necesidades en país de origen, costes iniciales de establecimiento en España) lleva muchas veces a la población inmigrante a buscar empleos precarios que impiden cualquier recorrido promocional ascendente. 

Acabo de escribir este artículo mientras viajo en un vagón de metro en Madrid. Desde la distancia que procura la memoria, recuerdo en 1992 que la práctica totalidad de la población que hacía uso del metro era autóctona, y, sobre todo, que en esa época, había más tiempo para contemplar el paisanaje, ahora que los móviles nos hurtan el ejercicio de la visualización social. Precisamente los móviles que nos igualan en la comunicación básica. Espero poder contar mi experiencia en el suburbano dentro de treinta años. Qué sorpresas nos deparará nuestro destino.

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