La economía post-coronavirus: un modelo nuevo

La hecatombe es tan mayúscula, tan colosal, que no somos aún capaces de calibrar ni su magnitud ni alcance.

Wall Street vacía
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El coronavirus ha resultado ser mucho más terrible de lo que nos advirtieron en un principio. Golpea a todos, de todas las edades, a una velocidad inimaginable. Resulta imposible vislumbrar a día de hoy el perímetro de la tragedia. Somos incapaces de calibrar la mortandad que causará ni el tiempo que el contagio seguirá asolando al planeta. La OMS ya advertido que la pandemia puede costar millones de vidas y algunos modelos estadísticos nos advierten de que la crisis puede aún durar meses. No lo sabemos. Por eso, sólo nos cabe acatar estrictamente las recomendaciones de las autoridades sanitarias, colaborar individualmente al esfuerzo común y confiar en que los jinetes del apocalipsis alejen su macabra galopada cuanto antes. 

Pero, aun siendo lo más importante, no queremos hablar de salud, sino de economía. O de lo que quede de la economía, que es otra manera de enfocarlo. Si hablar de futuro es toda una temeridad es circunstancias habituales, aún lo es más en estos tiempos de absoluto desconcierto, en los que el mayor cisne negro que vieran los tiempos ha llegado para trastocarlo todo. Pero lo haremos. ¿Qué pasará con nuestra economía estos próximos meses? Pues, como todo, dependerá de la extensión y profundidad de la pandemia y de la reacción de los diversos organismos públicos afectados, ya que los privados a estas alturas ni tienen fuerza ni tesorería. En cualquier caso, la recesión es ya inevitable a estas alturas, sin descartar una profunda depresión acechante. Entraremos en una economía de guerra, con una creciente participación pública dado que significativo porcentaje de la economía privada quedará literalmente, en la más absoluta de las ruinas. Para compensar el desaguisado, es probable que la recuperación sea más rápida y sana que la del 2008.

Entraremos en una economía de guerra, con una creciente participación pública dado que significativo porcentaje de la economía privada quedará literalmente, en la más absoluta de las ruinas.

Más rápida, sí, pero distinta, también, porque el mundo post-coronavirus ya no será el mismo que dejamos atrás hace unas semanas tan solo. El modelo económico que vivimos durante estos 20 últimos años – crisis subprime incluida – ha cabalgado sobre dos líneas básicas, la globalización y lo que inicialmente se conoció como revolución tecnológica para consolidarse posteriormente como economía digital. Al caer las fronteras, los sistemas digitales permitieron la gestión global de las organizaciones. Eso tuvo como consecuencia inmediata el traslado de los centros fabriles a aquellos países más competitivos por nivel de salarios y eficacia. Y, claro está, China se llevó la palma. Occidente se quedó como reservorio – temporal – de talento y diseño y Extremo Oriente como la gran fábrica del mundo. La economía digital/global generó también un nuevo fenómeno, el turismo de masas, alentado por los viajes low cost y del todo incluido. Cientos de millones de personas nos lanzamos entonces por esos mundos de dios, sin dejar paraje virgen sin hollar por nuestro deseo de emociones y sensaciones. Con esa movilidad extrema crecieron las aerolíneas, los hoteles, las agencias de viajes y los guías turísticos, regando con fina lluvia de dólares, yenes, euros y divisas varias las economías locales. El mundo se convirtió en un enjambre hiperventilado, en el que nos movíamos de aquí para allá, espoleados, por la interconexión digital y la promesa de paraísos remotos y excitantes. 

 

Dos imprevistos, nuevos paradigmas

Pero, como reza la sabiduría popular, el hombre propone y Dios dispone. En esas estábamos cuando saltaron dos imprevistos. El primero, la guerra – por ahora comercial– entre EEUU y China. El gigante americano, consciente de que el modelo globalización/tecnología conllevaría a la supremacía de los asiáticos, decidió cambiar las reglas del juego. Y comenzó entonces una guerra comercial en la que en vez de tanques se usaron aranceles y aduanas. El paradigma globalización se resquebrajó por dónde menos podíamos esperarlo, por Estados Unidos, tradicional impulsor del liberalismo y paladín de las fronteras abiertas. Y enredados como estábamos con los primeros combates comerciales entre las dos superpotencias en liza, no vimos venir la segunda de las sorpresas, el COVID-19, un terrorífico Cisne Negro que llegó con su vendaval de pánico y muerte para trastocarlo todo.

Ya veremos hasta donde nos lleva esta película de terror apocalíptico de la que sólo hemos visto las primeras escenas, suficientes para comprender que grandes cambios van a sacudir los modelos económicos que hasta ahora conocimos. Por eso, no nos dejaremos llevar por el pánico para tratar de vislumbrar cuáles serán algunos de esos nuevos paradigmas que dominarán la economía mundial del post-coronavirus.

El COVID-19 es un terrorífico Cisne Negro que llegó con su vendaval de pánico y muerte para trastocarlo todo

El miedo a nuevas pandemias se hará crónico y la humanidad querrá protegerse. Para ello, además de las inversiones en investigación, vacunas y sanidad, se tenderá a restringir el turismo de masas. El turismo se hará más selectivo, o bien cargando con impuestos vuelos y hoteles, o bien imponiendo algún tipo de restricción. Algunos países, como Italia o España, enganchados al elixir cómodo de los torrentes millonarios de turistas y visitantes tendrán que reciclarse. Cruceros, playas atestadas y cascos históricos saturados serán malos recuerdos, por un tiempo, de una pesadilla que nunca querremos que se vuelva a repetir, campo abonado de contagios e infecciones.

Por otra parte, el modelo económico del que fabriquen otros se limitará. La crisis nos ha hecho aprender en carne propia los riesgos de la extrema dependencia que teníamos de las fábricas orientales. Por eso, se impondrán medidas proteccionistas para favorecer la producción doméstica, lo que, por una parte, encarecerá el producto, pero, por otra, permitirá el desarrollo de industrias y de medianas empresas a día de hoy inviables. La decisión ya está tomada y EEUU lleva tiempo apostando por ella. El resto de países occidentales no tardaremos en seguirle. 

 

La Unión Europea se hará consciente de la necesidad de empresas propias en sectores estratégicos, sobre todo tecnológicos

Desconfiaremos los unos de los otros. La guerra EEUU-China se recrudecerá y la Unión Europea, de manera lenta, titubeante y descoordinada, como siempre, se hará consciente de la necesidad de empresas propias en sectores estratégicos, sobre todo tecnológicos, en las que el dominio oriental y americano resulta apabullante. El modelo europeo, tendrá esencia de colaboración público/privada.

La agricultura, por otra parte, la gran olvidada del modelo anterior, rejuvenecerá ante la sociedad consciente, ahora sí, de la imperiosa necesidad de garantizar una alimentación segura y cercana

Y todo ello, en un entorno económico con una fuerte presencia de lo público, heredera de la economía de guerra/nacionalizadora a la que nos veremos abocados si esta crisis dura más de un mes. El sector privado se irá rearmando con nuevos actores, pues muchos de los tradicionales quedarán barridos por el vendaval vírico. Daños colaterales del confinamiento, le dirán, mientras su recuerdo se diluye en la melancolía y el olvido. 

El virus, ya veremos cuándo, pasará. Y volveremos a salir, a trabajar, a reír. Pero lo haremos en un mundo distinto al que conocimos. No sabemos si mejor o peor, pero seguro que diferente. Dado que así es, estemos atentos a las oportunidades que haberlas, a buen seguro, las habrá. Ánimo y suerte, porque los vamos a necesitar. 

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