La natalidad: una incógnita en los tiempos de coronavirus

La pandemia que nos asola es tan excepcional que impide hacer un análisis riguroso de las consecuencias que tendrá el Covid-19, pero la incertidumbre económica, casi seguro, que no tendrá piedad con las tasas de fecundidad y natalidad

Los estados de shock provocados por cualquier circunstancia anormal alteran el ecosistema de relaciones socioeconómicas, sin que pueda predecirse el impacto previsible que determinados indicadores puedan tener a medio plazo. La excepcionalidad es una condición que no permite proyectar de modo general precedente comparable, puesto que los estados singulares, cualquiera que sea el hecho causante, difieren enormemente en su alcance y en su magnitud territorial. En el caso de la pandemia, no es posible buscar contraste comparativo con otros fenómenos parecidos porque la extensión de la calamidad impide cualquier análisis riguroso de esa índole. Recientemente, como tuve ocasión de escribir en mi artículo anterior, se buscan como analogías las guerras mundiales y civiles para explorar posibles coincidencias, si bien, una vez más, ha de concluirse que son situaciones meridianamente disímiles.

Con todo, hay aspectos que, inexorablemente, se van a ver afectados de manera inmediata por la crisis sanitaria y que pueden tener unos efectos a largo plazo extremadamente graves. La fecundidad y la natalidad se van a ver perjudicadas en una dimensión impredecible, máxime cuando la curva, sin picos, de la demografía de los nacimientos en España se desmoronaba sin remisión y sin respuesta política eficaz. A partir de este momento, la incertidumbre económica venidera y hasta, y ojalá no ocurra, la inquietud sanitaria que puede provocar la sexualidad y la fecundación, van a causar un declive abrupto sin precedentes. 2021, por evolución, iba a ser el año en que se consolidaría la tasa de natalidad más baja de la historia, pero las cifras pueden alcanzar una devastación poblacional formidable, que tendrá efectos directos e inmediatos en el consumo, en la educación, en determinadas industrias (ocio infantil, juguetes, productos de consumo alimenticio infantil y otros) y también en la sanidad

El momento delicado de la natalidad antes del coronavirus

Entre 2002 y 2019 perdimos el 36% de los nacidos en España en el intervalo de edad de 20 a 34 años. En las provincias de Vizcaya y Asturias, el 50%. En Valladolid, Guipúzcoa, Álava y La Coruña, la caída fue del 45% o más, y todo ello en condiciones de vida predecibles y con relativa certidumbre económica y social, en un entorno institucional sin sobresaltos. Si se toman datos del Instituto Nacional de Estadística referidos a 2018, únicamente tres Comunidades Autónomas tienen más nacimientos que defunciones (Illes Balears, Madrid y Región de Murcia), aunque el saldo es negativo en toda las Comunidades Autónomas si solo tuviéramos en cuenta los hijos de españoles autóctonos que residen en ellas.

Este fenómeno, como he tenido ocasión de analizar en ocasiones anteriores, no es exclusivo de nuestro país. La tasa de natalidad de China marcó un nuevo mínimo histórico en 2019. En 2016, al año siguiente de abolirse la totalitaria política de hijo único, hubo un pequeño repunte del número de bebés, que dio paso, entre 2016 y 2019, a que los nacimientos se desplomaran en un 18%. Si, en cambio, tomamos como medida de comparación un país europeo próspero y orgulloso de su igualitarismo como Finlandia, la tasa de natalidad se situó en 2019 en 1,35 hijos por mujer. Son muchos menos nacimientos y fecundidad que durante los lacerantes años de las guerras ruso-finesas de 1939-1944, cuando el país tenía un tercio menos de población. 

La natalidad en tiempos de guerra

Como es inevitable la comparación con la Guerra Civil española, a pesar de las enormes diferencias entre aquellos años y el triste momento histórico que estamos viviendo, la tasa de fecundidad en España pasó de 3,3 en el año 1935 a tan solo 2,12 hijos por mujer en 1939, tasa que bien nos podría venir ahora para asegurar la reposición de la población en nuestro país. La concentración de las muertes entre varones en edad fértil y las incógnitas de la posguerra, a pesar de un ligero repunte en 1940, precipitó una caída de la tasa en los años 1941 y 1942. Por lo demás, tuvo lugar un retraso apreciable en la edad media al tener hijos, tanto en hombres como en mujeres, inducida por la movilización generalizada de los más jóvenes durante la contienda. Así, la edad media de fecundidad femenina en 1939 fue de 31,97 años y la de fecundidad masculina, 36,27 años.  

Si complementamos el análisis con las tasas de natalidad, el patrón de conducta es muy parecido. La caída fue especialmente grave en 1939, con 200.000 nacimientos menos de los esperados. En total, el número de nacimientos se redujo en el periodo 1936-1939 en torno a 400.000, a los que habría que añadir otros 180.000 entre 1940 y 1942, toda vez que no pudieron recuperase las tasas de la preguerra. La distribución de la disminución de la natalidad entre ambas zonas fue muy similar, con un patrón de agravamiento de la situación en ambos territorios hasta 1939. Existen algunas diferencias en cuanto a la intensidad relativa, que fue mayor en la zona nacionalista durante los años 1937 y 1938, y mayor en la zona republicana en 1939.

La medición del impacto de esta crisis sobre la natalidad se podrá ver registrada objetivamente en los próximos años. Y también la esperanza de vida próxima. Aunque pueda sorprender, por desmemoria, en 1900 la esperanza de vida era tan solo de 34 años, llegando a alcanzar en 1930 la edad de 50 años. No se puede ejercer desde esta tribuna el arte de la predestinación pero queda claro que el golpe y la caída serán duros. Nuevos tiempos para replantearse el reto demográfico en España. No había excusas hasta ahora que valiesen y no las puede haber ahora.

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