Lo que queda de los Pactos de la Moncloa

Las diferencias de la posición inicial de muchos partidos políticos del Congreso de los Diputados parecen dificultar mucho que se llegue a un nuevo acuerdo global sobre la economía como el que se alcanzó en 1977.

Adolfo Suárez y Felipe González
Adolfo Suárez y Felipe González a finales de los años 70 en el Congreso de los Diputados / GTRES

Explorar el pasado puede ser una fuente de entretenimiento estéril o una oportunidad. De hecho, nuestra simpleza emocional y hasta racional nos impele a elaborar teorías básicas sobre lo que ocurrió, que el tiempo, además, acaba laminando. Es más, la acción tribal de los partidos políticos y el gregarismo del nuevo narcisismo de masas llevan a construir una narrativa de lo que aconteció al uso y consumo de cada formación. Desde esta perspectiva, es sorprendente el relato que cada político actual ha hecho de los Pactos de la Moncloa, en algunos casos una síntesis no filtrada de Wikipedia y rincón del vago. 

Porque entre ese momento y este instante, hay no pocas diferencias históricas y sociales, aunque también hay oportunidades compartidas que exigen un patriotismo pragmático y prevalente. La grave situación económica requirió en aquel momento un esfuerzo patriótico sin precedentes, que debía anteponer los intereses comunes y de Estado a los de partido. El núcleo más profundo de aquel momento era el entendimiento, una raíz que debía hacer posible superar las diferencias y alcanzar un acuerdo perdurable que truncase la crisis, en prosperidad.

"Toda la Historia es, en cierto modo, contemporánea, porque pervive en nuestro presente y configura en nuestro futuro" es una frase ilustrativa que se contiene en el texto de la presentación de los Pactos de la Moncloa. De hecho, de aquellos Pactos sobrevive actualmente un espíritu fundacional de una democracia plena. Porque en eso estriba una primera diferencia, toda vez que los Pactos de la Moncloa fueron un dispositivo necesario, en aquel verano y otoño de 1977, para romper con el modelo autárquico del franquismo y evolucionar hacia un nuevo modelo democrático basado en derechos y libertades en el marco de una economía abierta. 

Había, pues, un fundamento político irreprochable, sustentado en un concepto político de nación, que, a pesar de ciertas tensiones territoriales, no admitía dudas. En cambio, 43 años después, un número importante de representantes políticos en el Congreso de los Diputados cuestionan la razón misma de ser del actual Estado autonómico. ¿Cabe entonces pensar que algunos de los participantes en el proceso de recuperación actual históricamente se sitúan, al menos en la cronología de la historia, en una fecha indefinida posterior a 1975 y anterior a octubre de 1977? Porque, de ser así, la asimetría de partida es relevante. 

Puntos de partida diametralmente distintos

Para los más renuentes a lecturas históricas, y frente a lo que se viene diciendo, los Pactos de la Moncloa se dividieron en dos Acuerdos: un Acuerdo sobre el programa de saneamiento y reforma de la economía y otro Acuerdo sobre el programa de actuación jurídica y política, ambos aprobados el 27 de octubre de 1977, aunque bien es cierto que el peso del Pacto recayó en la parte económica (política de saneamiento económico, reforma fiscal, perfeccionamiento del control del gasto público, política educativa, política de urbanismo, suelo y vivienda, reforma de la Seguridad Social, reforma del sistema financiero, política agrícola, pesquera y de comercialización, política energética y estatuto de la empresas pública). Y es precisamente en la parte económica, ya en el resumen inicial del trabajo, donde se reconoce, con absoluta nitidez, que España debe adaptarse a una economía libre de mercado: "La coincidencia de este diagnóstico debe servir, a juicio de los reunidos, de base para adoptar las medidas que, dentro del marco de una economía de mercado, resultan imprescindibles para sanear y reformar la actividad económica y que puedan permitir su superación y consiguiente relanzamiento". A la vista de este fundamento radical, surge una nueva cuestión: habida cuenta de las declaraciones profundamente estatistas e intervencionistas de algunos grupos políticos, ¿están en condiciones todas las formaciones políticas en la nueva Comisión en aceptar que España debe seguir siendo, en línea con las principales economías del mundo, una economía libre y de mercado? Porque, de no ser así, las diferencias de partida son excesivamente amplias.

A diferencia de aquella etapa histórica, actualmente no hay una persistente y aguda tasa de inflación como tampoco España es una economía postautárquica sin referencias supranacionales. En aquel momento, además de forjarse un clima de cooperación responsable que coadyuvaba a la consolidación de la democracia, había una preocupación unánime para sanear la economía a través de dos grupos de acciones: las dirigidas a equilibrar la economía con actuaciones a corto plazo y las encaminadas a la realización de importantes reformas que encaucen la economía y la sociedad hacia un futuro de progreso. El doble flujo de luces, a corto y a largo plazo, es esencial también en este momento, de modo que no pignoren el futuro las medidas que configuran la acción inmediata. Una actuación descoordinada y asincopada restará capacidad de crecimiento en el futuro, y, por consiguiente, una pérdida histórica de competitividad con otras economías de nuestro entorno.

Podría ser que eso que se denomina con petulancia de nuevo político "nueva normalidad" no sea más que una oportunidad para impulsar un cambio de paradigma en lo político, en lo económico y hasta en lo social. Evidentemente, no debe ser así. Porque todo pacto que se alcance en este momento ha de llevarse a cabo sobre la base de otro pacto inaugural como fue el constituyente, sin que sea ahora el momento ni el lugar para abrir ese debate. No es tiempo de beligerancia de partido, sino de beligerancia social, aquella que hace de la función política una de las máximas responsabilidades que se pueda otorgar. La Historia es convexa y nos coloca a cada uno en circunstancias ignotas que nunca podrían haber sido advertidas. La certidumbre se ha reemplazado por la incertidumbre pero no debemos remitir en el esfuerzo. Es la hora de la responsabilidad. 

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