Marx sigue vivo

El marxismo produjo monstruos, pero Karl Marx sigue siendo un pensador con plena vigencia cuyos análisis influyen mucho más de lo que generalmente se admite.

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Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, ahora toca transformarlo. Lo dijo Karl Marx en su célebre Manifiesto del Partido Comunista y hasta el final de su vida nunca olvidó el sentido de esa afirmación porque sus ideas no eran más que un proyecto político para acabar con un capitalismo que veía como fuente de opresión. Invirtiendo los términos de la filosofía de Hegel, Marx parte de la noción de que la existencia determina la conciencia. La realidad no es la expresión de la razón ni lo real es racional, como pensaba el autor de la Fenomenología del Espíritu. Por el contrario, Marx afirma que el pensamiento y la conciencia están determinados por la realidad material del mundo. Pensamos desde lo que somos, sostiene. Las ideas nunca son puras.

Dando un paso más allá, Marx dirá que la realidad primordial son las estructuras económicas que configuran a la sociedad en clases: la aristocracia, la burguesía y el proletariado. Solo se puede pensar desde la pertenencia a una clase, desde una posición social que nos hace percibir el mundo de determinada manera.

Prusiano de nacimiento

Marx, nacido en Treveris en 1918 (la Trier prusiana desde 1914), era originario de una familia judía y había estudiado filosofía en Bonn. Se casó con una baronesa alemana, y trabajó buena parte de su vida como periodista, lo que le acarreó serias dificultades materiales hasta que conoció a su amigo Friedrich Engels. Este le ayudó a introducirse en el mundo de la economía.

Cuando Marx era joven, observó un enorme desarrollo del capitalismo y un empeoramiento de las condiciones de vida de la clase obrera, sometida a extenuantes jornadas de trabajo con un salario miserable. Los proletarios no tenían limitaciones en sus horarios, ni existían unos sindicatos que les defendieran ni poseían unos derechos reconocidos. Podían ser contratados y despedidos sin coste alguno y no cobraban si se ponían enfermos. Tampoco disfrutaban de pensiones de jubilación ni de seguros por accidente laboral. Un mundo cruel y opresivo, perfectamente descrito por Charles Dickens en sus novelas.

Indignado por la explotación de los más débiles, Marx acuñó el término de “alienación”, que define tanto la incapacidad de los trabajadores de pensar en función de sus intereses como el beneficio que cada capitalista extrae del esfuerzo físico de sus empleados.

Materialismo dialéctico

En Bruselas, en la Liga de los Justos, Marx y Engels fraguaron y escribieron el 'Manifiesto del Partido Comunista'. Las 23 páginas del panfleto fueron publicadas en alemán en Londres, en 1848.

La consecuencia de la alineación es la falsa conciencia de la clase obrera, que sustenta todos los mecanismos de dominación del capitalista. Partiendo de este concepto, Marx sentó las bases del materialismo dialéctico, que supone interpretar el mundo en función de los intereses de la clase obrera.

Materialismo porque lo que impera en el capitalismo son las relaciones de producción, lo que equivale a decir que las ideas responden a esos intereses materiales. Y dialéctico porque, siguiendo la filosofía de Hegel, el movimiento de lo real parte de la oposición entre dos momentos en equilibrio inestable: la tesis y la antítesis. El capital y el trabajo tienen una relación esencialmente dialéctica en la que los dos pugnan por repartirse las plusvalías y el control de los medios de producción.

A partir de esta concepción, Marx sostiene que el movimiento obrero debe organizarse para luchar contra un capitalismo cuyo fin es acumular plusvalías mediante la explotación de la mano obrera con la ayuda de la técnica. El objetivo del materialismo dialéctico debe ser la implantación de un socialismo que ponga en manos de los obreros la propiedad de los medios de producción.

Una utopía de igualdad y fraternidad

Marx creía que el triunfo del socialismo, cuya última fase es un comunismo donde la dictadura del proletariado ha abolido las clases, debía producirse en las sociedades industrialmente más avanzadas como Inglaterra o Alemania. Pero falleció en 1883 y jamás imaginó que la revolución socialista triunfaría en 1917 en un país rural y atrasado como Rusia.

Marx se equivocó en este punto crucial y jamás pudo prever que el comunismo soviético se extendería por Europa a lo largo del siglo XX, dando lugar a una confrontación bélica con el fascismo en una guerra que acarrearía 60 millones de muertos. Pero el pensador alemán siempre soñó en las largas jornadas que empleó para escribir El capital en la Biblioteca Británica que el comunismo acabaría por imponerse al capitalismo como una idea liberadora y redentora de una humanidad explotada por las clases dominantes.

El capital y el trabajo tienen una relación dialéctica en la que pugnan por repartirse las plusvalías y el control de los medios de producción

En este sentido, el marxismo era, sobre todo, para Marx, una utopía que pretendía liberar a los hombres de los prejuicios religiosos para instaurar un nuevo orden social y económico donde reinara la igualdad y la fraternidad.

El marxismo tal vez produjo unos monstruos que escaparon a las intenciones de su creador, pero es cierto que en buena medida todavía vivimos en un mundo regido por las leyes de los mercados y de la economía, que condicionan las decisiones políticas y la organización social. Marx, por tanto, sigue siendo un pensador con plena vigencia, cuyos análisis nos han influido mucho más de lo que generalmente se admite. No parece exagerado decir que su espíritu sigue vivo 200 años después de su nacimiento.

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