No recuerdo qué es el horario

Tras unas vacaciones decidí emprender y ahora empleo más horas, me esfuerzo el doble y me preocupo el triple, pero he dejado atrás las tardes largas y monótonas.

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Tardes largas después de una comida rápida. El café se consume rápido y el cuerpo pide otro, pero la cabeza dice “no”. Son las 16:10 en una gran empresa y los segundos pasan pesados. Los compañeros consultan la hora cada pocos minutos y el sol ya se ha ido poco después de las 17:00. El jefe, a unos metros, exhala la paradoja de resbalarse respaldo abajo con parsimonia, mientras su mera presencia impone el respeto por el horario de 37,5 horas del convenio de la publicidad. Son las 18:30 y está mal visto tirar el boli tan pronto, así que esperamos haciendo algunos retoques innecesarios en documentos creados a desgana, y poco a poco vamos saliendo. A las 19:00 no queda nadie en toda la planta.

Así, cinco días rutinarios que nos hacen no saber la diferencia entre un martes y un jueves, hasta que dan las mil quinientas que dan paso al fin de semana y un murmullo de alegría empieza a brotar entre el 90% de la plantilla que sale escopetado a desfogarse a los bares de Chamberí. El otro 10% hace las veces de contraste y echa humo por tener que pringar unas horas más, robadas, sin ser recompensados más que con un email frío enviado desde otra franja horaria con sol y playa: OK.

Una vez conseguí recuperar los días no disfrutados en verano y me los llevé a enero del año siguiente. Fueron mis últimas vacaciones, aunque también fue la última vez que las necesité. La abstracción en que caí durante 14 días fue absoluta. Olvidé por completo la rutina y florecieron algunas ideas. Al volver pedí el finiquito y dos semanas después salí por la puerta con una tarjetita de 4,99 € firmada por unos cuantos. Unos amigos, a otros no les consigo recordar.

Aprender y disfrutar de lo que haces

Emprendí, lo hice de golpe y con cuatro duros en la cuenta. Me metí en un tinglado gordo y empecé a acumular problemas. O más que problemas, preocupaciones. Fui, poco a poco, sumergiéndome en un mundo del emprendimiento en el que todo va a mil kilómetros por hora, en el que no se deja de hacer cosas increíbles ni un solo día y en el que hay una comunidad de la que hay mucho, pero mucho que aprender; y ahora no sé cómo pude vivir fuera de este universo aparte.

Hoy ya no tengo la misma sensación hacia el trabajo. Empleo más horas, me esfuerzo el doble y me preocupo el triple. Pero cuando hay sentido, cuando se está implicado por un proyecto propio y se descubre a gente maravillosa que disfruta con lo que hace, el empape vital tiene tal magnitud que el objetivo diario ya no es completar un horario sino cumplir objetivos. Y cumplir objetivos, trasladado a un proyecto personal, significa conseguir cosas en la que uno cree. Ahora, cuando miro atrás, me veo a mí mismo en un entorno extraño: no me reconozco.

No estaba en mi hábitat. Hoy, veo la importancia de dedicar todo mi esfuerzo, todo mi “yo”, en proyectos en los que creo. Los emprendedores elegimos cada acción en concordancia con un orden de principios propio. Y no lo digo solo yo, es un mantra que se repite entre todas las personas que conozco que se han decidido por lanzarse a la aventura. Y la línea general es escuchar “no sé si sería capaz de volver a trabajar en una gran empresa”.

Poner las ideas propias a prueba es un ejercicio extremadamente satisfactorio. Se da rienda suelta a la creatividad y se descubre que somos muy capaces de muchas más cosas de las que pensábamos. Todos. Salir del entorno jerárquico de la empresa nos hace descubrir que, por supuesto, uno es capaz de liderar un proyecto, con esa firma personal, y entrar en un entorno donde personas de a pie consiguen cosas únicas.

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