Nos Falta Corazón

No perdamos la oportunidad de poner corazón en nuestro trabajo, a nuestras empresas. No consume recursos, no exige grandes planes y los beneficios son enormes

Muñecos trabajando sobre un corazón

Arranca el 2021 y no dejo de leer entradas y aportes de grandes empresarios, directivos, consultores, asesores sobre las cualidades que requieren hoy las empresas y corporaciones, teniendo en cuenta los grandes desafíos ante este futuro incierto (agilidad, resiliencia, flexibilidad y bla, bla, bla…), el martilleo de la digitalización y la imprescindible humanización de las empresas.

Y pienso lo poco habitual que resulta conectar el mundo de la empresa con el corazón (paradójicamente, habiendo tanto corazón dentro de cada empresa). ¿O es que una empresa no puede/debe tener corazón? Parece como si las personas (directivos, mandos, profesionales, clientes) al incorporarse a su puesto de trabajo, o al ponerse en modo profesional, se quitasen el corazón, lo aparcaran y se lo volvieran a colocar una vez termina su jornada (o ni siquiera que es peor).
Por eso he querido recuperar el sentido común, también en este inicio de año, y dedicarle una columna a ese corazón, tan necesario en las empresas. Porque sin corazón empresarial, sin latido ni pálpito, no hay vida en la empresa en su conjunto, ni llega la sangre a cada área (a cada miembro).

Desde ese punto de vista, ese corazón en una empresa significa, ante todo, humanidad; que no es ni más ni menos que lo que diferencia al ser humano de las cosas. Pero vayamos más despacio, aun a riesgo de traer conceptos que pueden sonar vintage: ¿Qué significa tener corazón en una empresa?

Tener ánimo

No se trata de las fórmulas mecánicas como “ánimo con el cierre de año, ánimo con los objetivos” que parecen más un “te acompaño en el sentimiento y a ver qué puedes hacer”. Tener ánimo es tener fuerza, energía para afrontar, para acometer, para emprender. Tener sangre en las venas también en el trabajo. Y esto no es sólo exigible a los que tienen sobre sus hombros la responsabilidad de la empresa (propietarios, gerentes o directivos) pero no cabe duda que los de arriba, los que toman decisiones tienen que ser una fuente de energía para los demás, e insuflar ese ánimo para que se transmita a todas los miembros de una organización. No hay peor jefe o responsable que el carente de buen ánimo o “desanimador” o el que anima a base de pompones, a modo de espectáculo puntual donde nos jugamos todos los puntos.

Tener valor y temple

Siempre he tenido claro que las empresas (y personas) con corazón, son valientes y templadas. No pueden no serlo porque, para ir a pecho descubierto, ser transparente, mostrando y defendiendo tus valores (independientemente de las modas) hay que ser valiente. Es tener el valor de decir, hacer y cumplir, siendo coherente con esos valores. La valentía no se presupone: hay que demostrarla en las empresas y es muy necesario hacerlo. Se trata de dar la cara al comunicar, al explicar, estar abierto a las críticas, soportarlas y entenderlas. Para eso, hay que tener valor. Y el temple es una de las cualidades que más puedo admirar en un empresario o en un gerente, porque implica el equilibrio, la reflexión para enfrentarse con serenidad a situaciones complicadas, difíciles y hasta peligrosas. Esa serenidad siempre viene del corazón y su equilibrio.

Tener capacidad de compasión y franqueza

Muchas veces he tenido la tentación de formular la siguiente pregunta en encuestas de clima, y reconozco haber formulado esta pregunta en entrevistas de trabajo: “¿Cuándo fue la última vez que sentiste compasión por un compañero o compañera?” Esto descoloca mucho y no se trata de emular las fechorías de algunas pruebas de selección o la estupenda obra El método Gronholm. Se trata de comprobar cómo de importante es el corazón en el trabajo de esa persona, el peso que le da al estado de ánimo de sus colegas y la afectividad (que no es lo mismo que el sentimentalismo) desde la madurez.  

Y hay que ver: estando “diseñados” para ser compasivos, ejercitamos poco la compasión (padecer con), ponemos poco en práctica el sentir la pena o la ternura (sí, he escrito ternura) para identificarnos con los demás y acompañar ante los males que aquejan al otro. ¡Parece mentira, pasando tantas horas con nuestros compañeros! Y más hoy, cuando somos testigos de auténticos dramas laborales: ERTE, EREs, despidos, finalización de contratos o reorganizaciones. Y cuando preguntamos, no lo hacemos para acompañar, sino para indagar a quién se ha despedido, cómo fue, y qué dijo, etc.

Junto a la compasión, sumo a la franqueza, que es la base de un corazón sano y está muy relacionada con el valor -antes mencionado- y la libertad que presupone y post-supone la sinceridad. Porque cuando la franqueza es seña de identidad de una empresa, se es más libre para pensar, hacer, opinar (independientemente del puesto) y además, se ensancha la puerta de la libertad para seguir adelante, crear, innovar, fallar, iterar y, en suma, mejorar.

Por último: Demostrar magnanimidad, generosidad y sensibilidad

Si hay algo realmente profundo en esa humanidad, hecha corazón empresarial, son estos tres aspectos que considero de matrícula de honor:

La magnanimidad, entendida como benevolencia, como grandeza y desprendimiento de lo propio y generosidad.  La magnanimidad, eso sí, va muy ligada a la personalidad de “los de arriba” y es algo que conecta con la Ética, la Justicia y que permite establecer metas para mejorar cómo ser como empresa. Presupone conocerse muy bien como empresa (en el todo y las partes) y ser consciente de su cultura, sus valores, sus fortalezas (sus debilidades también) y sentir estima hacia ello. En caso de cumplirlo, más que empresas, se convierten en rocas. No hay demasiadas, pero he de decir que algunas sí he conocido a través del ejemplo de sus directivos o propietarios.


Por último y no menos importante, está la sensibilidad empresarial. ¿Puede ser una empresa sensible? Si, claro. Volvamos a señalar que las empresas se componen de personas. La sensibilidad está relacionada con la facultad de sentir o pensar y alcanza la predisposición natural de las personas por ser compasivas, humanas y tiernas. Esto se puede observar desde la forma de enviar un correo electrónico, descolgar el teléfono, iniciar una teleconferencia, dar la bienvenida a una reunión…hasta en una visita, mientras uno espera en la recepción.

En resumen, no perdamos la oportunidad de poner corazón en nuestro trabajo, a nuestras empresas, incorporando y asegurando espacio para contar con estos ingredientes. Eso lo cambia todo. Prefiero empresas, personas con corazón, a cargadas de razones, balances, saldos positivos o notas de prensa (que hoy valdrán y mañana quizás no). El corazón no pasa de moda, la capacidad de manifestar afectividad va de dentro hacia fuera, no consume recursos, no exige grandes planes, presupuestos, localizaciones. ¿A qué esperamos? No hay excusas

Continúa leyendo