One Health: salud 3x1 para una crisis global

Hemos de cambiar las prioridades políticas y de financiación.Tuvimos mucho tiempo para prepararnos pero no nos lo tomamos en serio. Quizá con el próximo virus que, sin duda, vendrá.

gente con mascarilla
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En la salud pública existe una santísima trinidad que se llama One Health: una sola salud humana, ambiental y animal. Su enfoque se ha revelado esencial para afrontar los próximos retos sanitarios, pero no es nuevo. Los expertos en salud pública, los veterinarios y los ecólogos llevan años insistiendo en la necesidad de trabajar todos a una; y ahora que un nuevo virus transmitido por otro animal nos ha puesto el mundo y la economía patas arriba, se hace más que evidente. No habrá salud para los humanos en un planeta enfermo. «Tenemos un solo mundo y una sola salud». Son palabras de Antoni Trilla, jefe del servicio de Medicina Preventiva y Epidemiología del Hospital Clínic de Barcelona, en un artículo publicado en febrero de 2020 en la revista Medicina Clínica. El investigador del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) expresaba su preocupación por la enfermedad infecciosa surgida en la ciudad de Wuhan —de más de once millones de habitantes y muy conectada internacionalmente— que en aquel momento ya se extendía por 24 países, con casos importados y secundarios.

«El impacto económico de cualquier epidemia es notable, pero en este caso podría alcanzar una magnitud sin precedentes. Según algunas estimaciones, en 2020 podría producirse una caída del 0,5-1 % del pib de China. Sin lugar a dudas, el mundo entero lo notaría». Que se quedaba corto solo lo sabemos ahora. Todos nos quedamos cortos. Lo más valioso de la nueva trinidad es su insistencia en comprender el impacto global de la enfermedad: el enfoque de «una sola salud» que engloba tres ámbitos interdependientes.

Para referirse a esta noción, que se instauró con fuerza a comienzo de la década de 2000, suele utilizarse el término inglés, One Health, que entre especialistas es de uso común. Pero, para el gran público, la idea de que aquello que les suceda a los animales y al medio ambiente repercutirá en su salud es relativamente nueva. Incluso puede que a algunos les suene a mantra de jipis «abrazaárboles». No han ayudado ciertos discursos de personalidades públicas que en los peores días de la primera ola, cuando aguantábamos la respiración aterrorizados por el colapso sanitario, hablaban de que «la naturaleza nos está dando un aviso ante la explotación humana». No, no es buena idea dotar a la naturaleza de personalidad propia, y menos aún de una crueldad tan implacable como la del dios vengativo del Antiguo Testamento. Lejos de narraciones apocalípticas y moralinas pseudotrascendentales, lo cierto es que la crisis de salud pública de nuestro mundo globalizado tiene mucho que ver con una crisis ecológica.

«El cambio climático impacta en las enfermedades», declaraba a SINC en una entrevista reciente el divulgador científico Carl Zimmer, columnista en The New York Times. «Por ejemplo, muchos virus como el dengue y el zika son transmitidos por mosquitos. Un clima más cálido podría permitir a estos insectos extenderse más al norte y al sur del ecuador, trayendo enfermedades a millones de nuevas víctimas», continuaba. Hay muchos otros problemas de salud que conciernen a todo el planeta, como la resistencia a los antibióticos, la seguridad alimentaria, las enfermedades crónicas y los trastornos mentales. Pero sin duda, el mayor temor de los expertos en salud global son las enfermedades zoonóticas, que saltan de otros animales a los humanos. Ha pasado con el virus del sida, la gripe aviar, el SARS en 2003, la gripe A en 2009 y el MERS en 2012. Por eso, con el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 los expertos, como Zimmer, insisten en que estábamos avisados: «Debemos reconocer que se trataba de un desastre del que se nos había advertido durante más de 30 años. Tuvimos mucho tiempo para prepararnos y no nos lo tomamos en serio. Este es un solo virus, pero hay muchos otros en animales salvajes que podrían propagarse y causar el mismo daño o peor». 

murciélago
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¿Por qué no lo vimos venir? ¿Qué es tan difícil de entender en la idea de «una sola salud»?

El 11 de marzo de 2020 la OMS elevó la epidemia a categoría de pandemia. Un año después, muy a nuestro pesar, hemos asimilado la idea de que conviviremos con este virus mucho más tiempo del que nos gustaría, de que seguiremos adaptándonos a la vida pandémica durante varios años más; de que cada cierto tiempo será necesario reducir al máximo nuestros contactos y limitar actividades no esenciales de alto riesgo; y de que es el momento de sustituir prioridades económicas cortoplacistas por otras a medio y largo plazo. Haya que confiar en que, cuando pase lo peor de esta pandemia, hayamos logrado adoptar y generalizar, para siempre, normas básicas de conducta como mantener las manos limpias, dejar de compartir vasos o pedirles a los trabajadores febriles que se queden en casa. Hoy ya pensamos en estos términos, pero la pandemia nos pilló desprevenidos. A mí la primera. A veces trato de imaginar qué habría pasado por mi cabeza si, meses antes de recibir la primera alerta informativa sobre el nuevo virus, me hubiesen mostrado mi propia vida actual. Por ejemplo, unos segundos de vídeo de mí misma en este mes de enero cubierta por tres capas de ropa térmica y rodeada de nieve, charlando con dos amigas en una terraza a 3 ºC sin quitarnos las mascarillas más que para beber un sorbo. No habría entendido nada. Llevar mascarilla por la calle era una extravagancia asiática, y aprovechar el sol de invierno abrigados con mantas a la intemperie, del norte de Europa. No habría podido reconstruir la escena echándole imaginación y conocimientos. Ni en mi mayor pesadilla podía esperar que un virus afectara a mi vida tan profundamente y, sin embargo, yo estaba informada. ¿Qué esperaba de un nuevo patógeno en un mundo superpoblado, globalizado y en emergencia climática?

También es cierto que resulta fácil hablar a toro pasado. La investigadora del Instituto Catalán de Nanociencia y Nanotecnología Laura Lechuga, que ahora lidera un proyecto europeo para crear test rápidos de detección del SARS-CoV-2, nos contaba que hace unos años su colega Jordi Serra-Cobo, dedicado a la vigilancia epidemiológica, le hablaba de crear biosensores para analizar muestras de murciélagos. «Un día estos coronavirus nos van a dar un susto», le decía él, y a ella le sonaba lejanísimo: «En aquel momento, ¿a quién le interesaban los murciélagos y la vigilancia de los virus?». De ahí las dificultades para conseguir financiación para proyectos de investigación… hasta 2020.

En la misma línea se expresan los virólogos Isabel Sola y Luis Enjuanes, colíderes del mayor laboratorio de coronavirus de España, en el Centro nacional de Biotecnología (cnb-csic). En las crisis provocadas por el SARS y el MERS, su grupo de investigación logró diseñar prototipos de vacunas que se quedaron en un cajón porque, como narraba Sola, «desapareció el peligro inminente y con todo eso también la financiación». «Se trabaja a toda máquina cuando hay una necesidad urgente y luego, cuando desaparece, ya nadie se acuerda», insistía Enjuanes, pero «la experiencia demuestra que cada ocho o diez años sale un coronavirus mortal para los humanos». Ahora que el concepto de «una sola salud» se empieza a popularizar, es el momento de que se instale también en las prioridades políticas y de financiación.

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