Se buscan niños. Razón España

De acuerdo con los discursos de los partidos políticos en las últimas elecciones, la decadencia demográfica de España se ha convertido en una cuestión de Estado.

GTres

Fue un Decreto de 22 de febrero de 1941 el que instituyó los premios de natalidad, cuyo fundamento social rezaba la siguiente justificación: "La prole numerosa es beneficio inmenso que la familia presta a la sociedad; por eso es justo que la sociedad premie y estimule a quienes con gran sacrificio levantan la excepcional carga familiar". Se entregaban dos premios nacionales de 15.000 pesetas respectivamente al matrimonio español que mayor número de hijos haya tenido y al matrimonio español que conservase mayor número de hijos vivos. Entre las condiciones para obtener la recompensa era menester cumplir con determinados requisitos preferentes tales como ser solicitante subsidiario del Régimen o haber muerto por la Patria alguno de los hijos del solicitante.

En la actualidad, en España lejos quedan esas imágenes en sepia de familias alineadas de mayor a menor que podían sumar una convocatoria de la selección española de fútbol. Y es que, de acuerdo con los discursos de los partidos políticos en las últimas elecciones, la decadencia demográfica de España se ha convertido en una cuestión de Estado, cuando hasta fechas recientes era un mero estado de la cuestión. La natalidad ha dejado de ser un discurso con deriva moral o religiosa para convertirse en clave de bóveda del modelo de organización social. Probablemente algunas formaciones políticas hayan llegado tarde al reconocimiento del desmoronamiento demográfico, si bien al menos han reconocido que el problema existe y que hay que abordarlo. Porque incluso cuando se clama por la repoblación de la España vaciada habrá que poner inicialmente las bases para un crecimiento de la población, porque difícilmente se puede fijar en el territorio la población que no existe.

Invierno demográfico, infierno demográfico. Y es una epidemia colectiva que azota no sólo a Occidente sino que empieza a propagarse por todo el mundo, con un ritmo de natalidad asimétrico. La Unión Europea a 27, sin Reino Unido, ha registrado en 2018 el menor número de nacimientos desde hace muchas décadas (las series de Eurostat empiezan en 1961, cuando los bebés fueron 58% más que ahora, con 21% menos de población). Y la diferencia negativa entre nacimientos y muertes fue en 2018 la mayor en siglos, en años sin guerras o grandes epidemias. Pero, ¿qué tienen en común Estados Unidos, Noruega, Finlandia, Irlanda, Islandia, Ucrania, Moldavia, Andorra, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Turquía, Irán, Egipto, Sudáfrica, Colombia, Panamá, Costa Rica y Puerto Rico? En 2018 todos ellos registraron su mínimo histórico de fecundidad. ¿Y en qué se parecen esos países a China, Reino Unido, Italia, España, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Rumanía, Croacia, Montenegro, Macedonia del Norte, Sri Lanka y Qatar? También estos últimos tuvieron en 2018 el número menor de nacimientos por 1.000 habitantes de su historia.

La crisis de nacimientos en España

España es una pieza más de este desmantelamiento poblacional: 1,25 hijos por mujer en total en 2018, un nivel paupérrimo que no hace sino descender cada año (1,31 en 2017). Algo menos de 370.000 nacimientos en total en 2018, un nivel propio de hace unos cuatro siglos. En 1976 nacieron 676.000 niños, casi el doble de los nacimientos registrados en 2018. Únicamente en ocho provincias hubo más nacimientos que muertes en España en 2018, y en total, en el conjunto de España, hubo 56.751 más muertes que nacimientos.

Si se mantuvieran las pautas de fecundidad del año pasado en los próximos lustros, el 38% de las españolas no tendría nunca ni siquiera un hijo (no hay datos de los hombres, pero serán iguales o ligeramente peores). Entre las Comunidades Autónomas donde más mujeres no tendrían nunca un bebé propio: 46% en Canarias; 42% en Galicia; 41% en Asturias, Castilla y León, Castilla La Mancha y La Rioja. Canarias fue la región más infecunda, probablemente también de Europa, por delante de Asturias. En conjunto, las españolas tuvieron un 43% menos de niños que los precisos para el relevo generacional.

Si se mantuvieran las pautas de fecundidad del año pasado en los próximos lustros, el 38% de las españolas no tendría nunca ni siquiera un hijo

Los datos de procesos de maternidad cubiertos por la Seguridad Social en el primer semestre de 2019, recién publicados, auguran una nueva caída de nacimientos. A nivel nacional, el descenso fue del 2% interanual- pese al aumento en la afiliación a la Seguridad Social, destacando por Comunidades Autónomas, el desplome de Navarra (-14%), Asturias (-8%), Galicia (-7%) y Baleares (-6%). Por provincias, destacan las caídas de Lugo (-17%), León y Gerona (-15%), Soria (-10%), Álava y La Coruña (-9%).

Ahora bien, y como ya se ha indicado antes, frente a quienes constriñen el problema a nuestro país y responsabilizan de la baja natalidad a las políticas públicas en España, haya que recordar que en 2018 ya se registró el mínimo histórico de hijos por mujer en los cuatro países con mayor renta per cápita del mundo: Luxemburgo, Singapur, Irlanda y Noruega. En ellos, por cierto, se dan subvenciones materiales elevadas a la natalidad y en muchos de esos países existen prácticas de conciliación muy a sentadas desde hace décadas. Con esta constatación se pone de manifiesto que la escasez de medios materiales no es la causa principal de que se tengan tan pocos niños en las sociedades contemporáneas, sino que estamos ante una crisis cultural sistémica e intensa de los modelos de sociedad y valores mayoritarios en nuestro tiempo. Y no parece reversible a corto plazo, aún menos si no se toma consciencia del drama presente pero esencialmente del drama futuro. No se puede hablar de sostenibilidad si no hay natalidad. Tan obvio y tan extraño.

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