Si no puedes dejar de volar, al menos planta árboles

Compensar la huella medioambiental que uno deja al viajar por aire es una forma burguesa de lavar la conciencia. Pero varios estudios muestran que cultivar árboles es una forma eficaz de aborber el CO2

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No me lo esperaba: mi huella de carbón está por encima de la media española. Muy ligeramente, un 1%. Me parece una injusticia cósmica, un insulto a una vida que yo suponía de elevada conciencia medioambiental. No tengo coche, no tengo hijos, no como animales y he declarado la guerra al aire acondicionado. Voy en bici a todas partes, apago siempre las luces y no compro prácticamente nada que no haya tenido una vida anterior ni tiro nada que no se haya roto de manera irremediable después de múltiples reparaciones.

¿Qué es exactamente lo que he hecho mal? La respuesta es simple: coger aviones. Mis viajes de trabajo producen una media de cuatro toneladas de emisiones anuales. Sobre todo los transatlánticos. Solo un avión de Madrid a Nueva York genera más contaminación que un año entero de calefacción en un hogar europeo. Tendría que empezar a coger trenes, que suponen solo el 0,7 % de las emisiones totales de CO2. Los aviones producen el 3 %. El transporte por carretera mucho más.

Según la Asociación Ferroviaria Española, un tren de ocho vagones equivale a 15 autobuses y 1.000 coches de un solo pasajero. Uno puede renunciar al coche (yo ni siquiera tengo carnet de conducir). Pero uno no siempre puede dejar de coger aviones, sobre todo cuando los coge por trabajo, no por placer. Pero podría contratar 354 pinos para que trabajen sin descanso un año entero sin recreo ni vacaciones para procesar el CO2 que produce mi escandaloso estilo de vida. Me lo ha sugerido amablemente la misma herramienta que ha calculado mi exorbitante factura medioambiental: el Proyecto Wren.

Wren hace dos cosas. Primero, determina tu huella medioambiental con una pequeña encuesta diseñada en la Universidad de Berkeley que combina tu estilo de vida con las estadísticas correspondientes a tu región, con datos del Banco Mundial. Después, propone una suscripción mensual a un catálogo de proyectos medioambientales que sirven para contrarrestar tu derroche. Un poco como ir a confesar y regresar a casa habiendo apadrinado a un alcornoque. La cuestión es: ¿sirve de algo? Investigadores de la Universidad de Stanford dicen que sí.

900 millones de héctareas más

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Sabemos que los árboles absorben el CO2 de la atmósfera. Un estudio reciente de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich calculó que había 2.800 millones de hectáreas de bosque en el planeta, pero se podrían plantar 900 millones más, sin alterar terrenos dedicados a la agricultura. Esa masa pulmonar sería capaz de procesar hasta 205.000 millones de toneladas de carbón, dos tercios del total que ha sido liberado en la atmósfera desde la Revolución Industrial. Es la masa que no deja respirar a la Tierra, y crece cada día. Esta primavera, las lecturas de los centros de referencia, el observatorio de Mauna Loa en Hawái y el de Izaña, en Canarias, confirmaron que habíamos batido la cifra récord de 415 partes de dióxido de carbono por millón. Por eso los polos se funden, las ranas y las ballenas se mueren y cada verano es el más cálido jamás registrado. Lamentablemente, los árboles tardan décadas en desarrollar el total de su capacidad. Eso significa que, cuanto antes empecemos, mejor.

El estudio de Stanford encontró que los programas de compensación de emisión de carbono son un excelente incentivo de cambio para pequeños agricultores que, típicamente, ceden su terreno a negocios que sobreexplotan y empobrecen el suelo con ciclos y especies “productivas”, generando la clase de monocultivo que requiere una gran cantidad de recursos y tratamientos herbicidas y antifúngicos que envenenan el planeta por tierra, mar y aire.

Más interesante, subvencionando una gestión más sostenible del suelo se obtienen beneficios por encima de la captura de dióxido de carbono. También favorece la biodiversidad y, con ella, la supervivencia de especies protegidas. También protege a las comunidades más vulnerables de las violentas mafias vinculadas a la explotación agrícola, especialmente en África y Latinoamérica.

Control con drones y satélites

¿Cómo sabes que ese dinero se usa para salvar el mundo y no para construir condos en paraísos tropicales? Los fundadores de Wren saben que esa es la segunda mejor excusa para no enrolarte en un programa de donaciones, independientemente del objetivo. Por este motivo, Wren solo trabaja con proyectos cuya evolución es documentada regular y detalladamente con drones y datos de satélite. Aquí una nueva ventaja que no reflejan los informes: dicen que mirar árboles reduce la presión sanguínea y el estrés y aumenta nuestros niveles de energía y nuestra felicidad. Los japoneses hasta tienen un nombre para eso: shinrin-yoku. Y todo por el precio de un viaje en taxi al aeropuerto.

Por supuesto que es una manera completamente burguesa de lavarse las manos y que lo mejor sería no quemar combustibles fósiles. Pero, si realmente no te queda más remedio que coger ese vuelo, y cuántas veces hacemos cosas que no queremos para pagar el alquiler, siempre puedes coger el transporte público y gastarte el dinero del taxi en regenerar el planeta y frenar la sexta extinción.

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