Vivir sin inflación, ¿sabremos?

Habrá que innovar en la negociación colectiva

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Hubo un tiempo, cuarenta años atrás, en el que la palabra inflación suscitaba los males del infierno por llegar. Frente a la inflación solo cabía adelantarse, es decir pactar salarios por encima de la inflación y fijar precios añadiendo una tasa de inflación esperada y un poco más. Es decir protegerse. A ese modelo se llamó “inflación a la latinoamericana” (más de dos dígitos al año y, desbocados, hasta tres) que algunos pronosticaron para España cuando arrancó la democracia.

Políticos y economistas predicaron que semejante sesgo inflacionario era destructivo y la ciudadanía compró esas ideas de tal manera que se fueron tejiendo pactos de rentas entre sindicatos, patronales y demás agentes económicos hasta evitar lo de los dos dígitos anuales durante el período entre 1980 y 2000. Puestos en este siglo, con la novedad  de la moneda única europea, el euro, el temor a la inflación desapareció de tal manera que la media anual de entonces acá, 19 años, ha quedado en el 2,5%, con decidido sesgo a la baja ya que durante los seis años del ciclo de recuperación (2014-19) la media anual no llega a un punto. Para este año y el próximo los pronósticos apuntan a un IPC medio anual del 0,7 y 1%.

Los guardianes de la moneda (el BCE) pretenden que el dinero disponible haga posible que el IPC no supere el 2% anual y sufren por una tasa inferior al 1%. Para alcanzar el objetivo tendrían que reducir la cantidad de dinero disponible pero no se atreven a ir por ese camino ya que perjudicarían el crecimiento, por eso de que en economía lo que va bien al hígado va mal al bazo. Vivir con inflación alivia a los que tienen capacidad de generar rentas, pero agobia a los que no tienen esa posibilidad. Vivir sin inflación complica a los ahorradores y a los endeudados (aunque los intereses sean bajos).

Vivir con inflación alivia a los que tienen capacidad de generar rentas, pero agobia a los que no tienen esa posibilidad

Hoy las mayores preocupaciones sociales se centran en los bajos salarios y en la precariedad y seguridad del empleo. ¿Cómo gestionaríamos esos desafíos sin inflación?  Pues malamente, aunque algunos se dejen seducir por ese espejismo del corto plazo que produce ilusiones. Con la inflación bajo mínimos la negociación colectiva tiene que enfocarse hacia los problemas centrales de la gente: la precariedad y los sueldos bajos; también hacia el mantenimiento del empleo y el reciclaje de ese 20% de los empleos actuales, especialmente los menos cualificados, que están amenazados de desaparición por la digitalización, que no es un proceso elegible o rechazable, más bien inevitable y con inquietante rapidez.

Vivir sin inflación, con carácter simultáneo a políticas monetarias supranacionales conformistas, activistas, desafía a la teoría económica tradicional, incluidos los ortodoxos alemanes. Hay que revisar los manuales y evitar ser víctimas de teorías económicas periclitadas, las que decía Keynes que anidan en las mentes de algunos políticos mal ilustrados.

Los españoles supieron evitar la tentación de la inflación hace cuarenta años ahora hay que evitar otras amenazas, especialmente el “precariado”, la exclusión y los déficits educativo y tecnológico.   

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