No solo los políticos pecan de corruptos: ¿te has analizado?

Este comportamiento humano tiene causas culturales, psicológicos y biológicas y, por cierto, no es un problema exclusivo de la clase política y los empresarios

Gürtel, Nóos, Púnica, Filesa, los ERE de Andalucía... Cada vez son más los casos y los acusados de corrupción que se sientan en los banquillos de los juzgados españoles. Para ser exactos, 2017 dejó 411 presuntos corruptos en un total de 97 procesos judiciales. Así las cosas, no sorprende que España se haya convertido en el segundo país del mundo donde más preocupan este tipo de abuso de poder y los sobornos, según el último Barómetro Global de la Corrupción.

Pero este problema no solo es cosa de políticos y magnates. Recapacita un momento. ¿Alguna vez has hecho trampas jugando al parchís mientras nadie miraba? ¿Has aprovechado un enchufe para obtener un trato preferencial en un hospital u otro servicio público? ¿Te has guardado en el bolsillo la vuelta de tu compra en el supermercado sabiendo que te habían dado dinero de más? Si tu respuesta es afirmativa, es que, a pequeña escala, eres corrupto.

Cómo de fácil es corrompernos depende de la actividad de las neuronas de una región del casco pensante llamada giro frontal inferior izquierdo. Cuando nos dan a elegir entre seguir las normas u obtener una gran suma de dinero, estas neuronas se activan. Y resulta que cuanto más se encienden, más fácil es que un individuo opte por enriquecerse a expensas de su rectitud moral, según un estudio chino publicado por Frontiers in Behavioral Neuroscience.

 

El poder predispone al fraude

Lo que no se puede negar es que el poder puede aumentar nuestra predisposición al fraude. Entre otras razones porque cambia el cerebro. Sukhvinder Obhi, de la Universidad Mc- Master (Canadá), encontró una base neurocientífica a la conocida como paradoja del poder, es decir, esa que hace que, una vez que alcanzamos un puesto que supone un ascenso en nuestro estatus social, perdamos algunas de las capacidades que nos ayudaron  conseguirlo. Fundamentalmente, la empatía. Según sus pesquisas, el cerebro de los sujetos poderosos se vuelve bastante torpe a la hora de identificar opiniones y sentimientos ajenos. Lo que sucede es que, bajo el influjo del poder, las neuronas espejo que se ocupan de imitar a nuestros congéneres quedan anestesiadas. Un simple ascenso o una subida de sueldo ya afecta negativamente a la empatía, tal y como muestran los escáneres.

El único consuelo es que no todos sucumbimos por igual a la falta de ética. Otra investigación llevada a cabo por Katherine De-Celles, de la Universidad de Toronto (Canadá), reveló que el poder no nos transforma: solo amplifica nuestra identidad moral. Si somos unos egocéntricos egoístas, acceder a una posición de poder lo agravará. Pero si somos individuos compasivos y generosos, subir en el escalafón social o político también potenciará esos rasgos. E, incluso en la cima, seguiremos pensando más en el bien común que en nuestro propio beneficio. Otro hecho indiscutible es que, una vez se empieza a pecar de corrupto, resulta difícil parar. Al principio, cometer un fraude nos cuesta porque nuestro sentido de la moralidad hace que, después, nos sintamos fatal. La culpa genera sufrimiento. Y la amígdala, una estructura cerebral asociada a las emociones, intenta ahorrarnos esa congoja frenando los comportamientos deshonestos. Sin embargo, una vez superada la resistencia inicial, la cosa cambia por completo. La sensación desagradable que causa la falta de honestidad se atenúa, el cerebro se vuelve más tolerante con las conductas amorales y empiezan a pesar más las ventajas de engañar.

La corrupción afecta a tu salud

Si supiéramos que la corrupción puede afectar a nuestra salud, puede que nos lo pensásemos dos veces antes de cometer fraude. Sobre todo hablamos de infecciones que se tratan con antibióticos. La resistencia de los microbios a estos medicamentos es mucho mayor en países corruptos, según leímos hace poco en PLOS ONE. Por otra parte, la corrupción ajena tampoco nos deja indiferentes. Vivir en un país con altos índices de corruptela institucional y fraude nos predispone a mentir y a violar las reglas. Es decir, la honestidad individual peligra allí donde gobiernan sujetos que incumplen las normas.

Con todo, borrar de un plumazo la corrupción no haría que el mundo fuera un lugar mejor. Hace unos años, científicos norteamericanos de las universidades de Tennessee y Harvard demostraron que este comportamiento ayuda a que la cooperación social se mantenga. Sucede que la mayor parte de la sociedad colabora porque existen fuerzas policiales que los obligan a hacerlo: si no cooperan, son penalizados, algo que todo el mundo quiere evitar. Pero sin fuerzas del orden que los controlasen, los individuos andarían escasos de motivación para colaborar. Y –aquí viene lo curioso– sin poder ni corrupción, esas fuerzas del orden no tendrían suficientes incentivos para hacer su trabajo. Eso explica, según los investigadores, que incluso en insectos sociales como las hormigas existan pulsiones corruptas.

Échale la culpa de ser corrupto a... 

  • El Triunfo: La deshonestidad se dispara tras imponerse en una competición. De acuerdo con un estudio publicado por PNAS, después de un partido, un torneo o un concurso, los ganadores tienen más riesgo de sucumbir a comportamientos de este tipo que los perdedores.
  • La Oscuridad: En un sitio donde contamos con poca luz, nos cuesta menos ser deshonestos y egoístas que en una habitación bien iluminada. Además, recién levantados nuestra moralidad alcanza su pico máximo, pero decae a medida que avanza el día.
  • Los Viajes: Una persona es más susceptible de corrupción cuantos más países ha pisado a lo  largo de su vida, según un estudio de la Universidad de Columbia (EE. UU.). Con independencia del tiempo que haya pasado en cada destino. Lo achacan al relativismo moral, a que las ideas sobre lo que es o no ético se forjan según la cultura en la que estamos inmersos.
  • La Testosterona: Una investigación llevada a cabo en Suecia señala que los líderes son más corruptos cuanta más testosterona corre por sus venas. También apunta que la hormona sexual masculina por excelencia les afecta más cuantas más personas se hallen “bajo su sombra” y más crezca su poder.

Los intermediarios: Un estudio experimental en el que participó la Universidad Carlos III de Madrid demostró que, en las transacciones económicas y legales entre funcionarios, la presencia de intermediarios incrementa significativamente la corrupción

 

Este artículo original corresponde a la revista Muy Interesante del número 448.

Elena Sanz Pérez de Guzmán

Elena Sanz Pérez de Guzmán

Ha trabajado para El País, MUY Interesante, El Mundo, Tercer Milenio, la editorial McGraw-Hill y La Sexta, obteniendo reconocimientos como el Premio Boehringer Ingelheim al periodismo en medicina o el Prisma de la Casa de las Ciencias al mejor artículo de divulgación.

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